La cena del cuerdo

La cena del cuerdo

Muchas veces, solo desde el absurdo se puede explicar el caos que impone la realidad. Y el puñado de cuentos que conforman La cena del cuerdo llega para confirmarlo.

Hilarantes algunas, hirientes otras, cualquiera de las historias del presente volumen es capaz de sorprender al lector con giros inesperados, paradojas inusitadas o alguna crítica mordaz que pone en jaque nuestro raciocinio, cuando no en entredicho nuestro canon moral.

El amor, la muerte, el sexo, la inmortalidad son presentados desde perspectivas que amenazan con romper el molde que los aprisiona y la objetividad no pasa de ser otra gota de agua en medio de un océano subliminal.

Se trata, sin duda, de una lectura divertida y apetitosa, como rodaja de escritura bañada en miel.

Portada original
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Cuento

Año de publicación: 2024

Editorial: Quintanilla Ediciones

ISBN: 978-607-8419-96-8

Páginas: 129

País: México

Reconocimientos de la obra:

  • Seleccionada para integrar la Colección «Letras del Desierto».

La cena del cuerdo

 

Todos se hallaban razonablemente sentados en la mesa. Todos, excepto él —ridículo al fin— que había preferido sentarse a la mesa.

Como era nuevo en el barrio, accedió por cortesía a la invitación de sus vecinos para cenar. No obstante, sintió deseos de marcharse apenas se vio en la entrada de la casa. Una entrada sin timbre y, lo que es peor, sin puerta. El apremio por largarse se duplicó antes de que se acercara aquel extraño fantasma disfrazado de mayor¬domo. Antes, incluso, de las «buenas noches» y el «allá está la mesa».

—Juan Pérez. ―Alargó el brazo y su sola presentación provocó la primera crítica de la noche.

—¡Cursi! ―Fue el adjetivo que sustituyó al «mucho gusto» de cortesía.

Eso lo había dicho o gritado —porque hablar, en un principio, también representa un término medio— el más joven del grupo. Un muchacho de quince años, aunque aseguraba tener veinte, promotor número uno —dicho sea de paso, su dígito preferido— de la sutil ocurrencia de plantarse sobre el mantel a la manera egipcia. Esta pos¬tura, alegaba él, si bien era bastante incómoda, evitaba al menos las poses chinas, tan requetegastadas.

—¡Ahí está! Otra deficiencia en los hombres. Si fueses mujer podrías hacer alusión a Juana de Arco y eso te ayudaría mucho. ―Ahora hablaba la única fémina presente en la cena―. O si no a sor Juana Inés de la Cruz. Ella no participó en ninguna guerra, pero escribía bien y aquí estamos conscientes de la importancia del arte, por otro lado…

Mientras la anfitriona se perdía en argumentos cul¬turales, Juan se dedicó a estudiar su fisonomía y así pudo cerciorarse de que, efectivamente, era una mujer, pues hasta ese momento no se había convencido. Llevaba la cabeza rapada, no usaba maquillaje y, para colmo de males, se deshacía en gestos ridículos al pretender darle énfasis a la tímida sombrita de un bozo pacientemente cultivado encima de los labios.

—… y todavía se hacen llamar el sexo fuerte.