Sucedió en Saltillo

Sucedió en Saltillo

Imaginemos que ella se llama Sofía, y él, Mario. Claro, como Mario tiene apenas ocho años de edad, todos en La Minita le dicen Mayito. Sofía no es tan pequeña, hace poco celebró su quinceañera y su cuerpo, espigado, supera en estatura el promedio de sus amigas. Si bien una y otro no se conocen gran cosa, esa tarde común cambiaría su relación, si no para siempre, al menos durante el tiempo suficiente para recordarnos la fragilidad de la vida en una colonia, en una ciudad… en fin, en un país donde la violencia sigue imponiendo la agenda en la existencia diaria de sus habitantes.

La presencia de ambos en la tienda de abarrotes de la esquina no respondía a ningún motivo especial. Ella iba por refresco y él atesoraba entre sus manos una moneda de un peso, dispuesto a echar suerte en la máquina de chicles. Había varias personas más, cada quien en busca de los productos que necesitaba, en medio de una pandemia que no les permite pensar en otra cosa diferente al regreso a la ansiada cotidianidad, a la vida de antes, así dicen, cuando se podía caminar por las calles sin cubrebocas y los centros de diversión competían entre sí para juntar la mayor cantidad posible de clientes, sin importarles la distancia que debían guardar entre ellos.

¿Quién fue el primero en escuchar los frenazos? Da igual. Desde la tienda, todos sus ocupantes vieron cómo afuera se detuvo bruscamente un auto y, a continuación, una camioneta. De inmediato salieron de los vehículos un grupo de hombres. Algunos llevaban mascarillas, ad hoc con los tiempos actuales, otros ni eso. Lo que no le faltaba a ninguno eran armas en sus manos. Se metieron en el establecimiento dando gritos y sacaron a un par de personas de regreso a la calle.

Mayito empezó a llorar. Solo en ese momento se dio cuenta de que mamá y papá no estaban a su lado. Sofía se le acercó, un poco para consolarlo, un mucho para no sentirse sola. Ambos se acuclillaron, impulsados por ese instinto milenario de conservación que nos impele a hacernos más pequeños como si reducir nuestro tamaño, redujera, a la vez, nuestras posibilidades de salir lastimados.

Afuera, el puñado de hombres armados arremetía a golpes contra los dos que habían sacado de la tienda. Ya los tenían sobre el suelo y las patadas les llovían. La sangre comenzó a salpicar el asfalto. Las víctimas no ofrecían mucha resistencia y todo el mundo, en una costumbre recurrente y fútil, se preguntaba dónde estaba la policía cuando más se le necesitaba.

Mayito nunca había sentido tanto miedo. Se acurrucaba entre los brazos de Sofía con la misma confianza que hubiera demostrado de ser su madre. Ella también estaba aterrada y seguía la escena de reojo, sin destacarse demasiado. A los más chismosos ya les habían apuntado con una pistola al eco de una pregunta que sonaba a amenaza, no a curiosidad: «¿Tú qué chingados miras, cabrón?».

Y entonces sucedió el milagro. Doblando la esquina más próxima apareció una patrulla. No sonaba la sirena y, realmente, tampoco se notaba que llevara prisa. Sin embargo, enfilaba hacia la tienda de abarrotes, donde a su entrada, la paliza se llevaba a cabo y distaba mucho de pretender terminar.

Algunos suspiraron porque, al fin, aparecían los representantes del orden. Otros temieron lo peor y ya se imaginaban en medio del fuego cruzado. Motivo de portada para los diarios sensacionalistas del día siguiente.

Sin embargo, nada sucedió. La patrulla pasó despacio justo por donde se encontraban los matones que ni siquiera se voltearon a verla. Lo hizo con tanto cuidado que —podría pensarse— su conductor se cuidaba de no atropellar a víctimas o victimarios. Sin variar su velocidad cruzó la calle siguiente y siguió de largo.

En ese instante nadie se atrevió a emitir comentario alguno. Rezaban para que los delincuentes no tomaran represalias contra los testigos. Sofía y Mayito seguían temblando en un rincón de la tienda, entre la máquina de chicles y los refrigeradores de las bebidas.

Calcular qué tiempo duró aquello resulta difícil de precisar. Para la pandilla de maleantes pudo tratarse de un par de minutos. Para sus víctimas, diez o más. Para los testigos, quizás media hora. Para Sofía y Mayito sería la vida entera.

Luego los atacantes regresaron a sus vehículos y se largaron. Todavía pasaron algunas vueltas de reloj para que surgieran con escándalo, sirenas y neumáticos derrapando nuevas patrullas de distintas dependencias. Ahora sí, con toda la faramalla inimaginable. Pero ya nadie les hacía caso. Hubo quien incluso escupió al piso, frente a ellos, para demostrar su desprecio. No hubo arrestos. No hubo carpeta de investigación. No hubo nada.

A la mañana siguiente alguien diría que se trataba de un ajuste de cuentas, otro de un pitazo de una banda rival, no faltó el que apostara a que, en esa ocasión, no pasaba de ser una advertencia por un negocio malhecho o por hacer. Y eso fue todo. Pronto los decesos por el coronavirus volvieron a ganarse la atención del vecindario y se hizo notar en los corazones el deseo de regresar a la antigua normalidad, donde se caminaba sin cubrebocas, los negocios competían por tener la mayor cantidad de clientes posible en sus establecimientos y la gente no se moría por un virus invisible sino por un balazo o un corte en la garganta, como debe ser, como siempre ha sido.

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Publicado en Espacio 4

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