Soy cada personaje y, a la vez, ninguno

Héctor Manuel Prieto

Polifónico, multifacético y desgarradoramente sincero, Héctor Manuel Prieto ha lidiado con una vida que justifica por amplio margen su sensación de saberse, a un tiempo, ausente y omnipresente en cada una de las historias que escribe.

Basta asomarnos a Réquiem para un doble siete —ahora disponible en Amazon, en formato electrónico— para descubrir las experiencias de un hombre que, junto con su afán creativo, ha tenido que ser profesor, actor, migrante, guardia de seguridad, padre de un hermano, payaso, operador en una fábrica de vidrios y eterno tímido enamorado.

Sin embargo, justo este ajiaco vivencial lo ha convertido en un cubano con acento universal y si bien acepta que “no es un secreto la necesidad de estar en otras latitudes para redescubrir tu esencia”, en su caso, no le tiembla la voz para confesar que, desde las nieves de Syracuse, New York, donde hoy marca sus huellas, siente que nunca se ha ido de Cuba.

Su honestidad lo distingue, para con la literatura y sus propios ideales. Una característica que escasea en estos tiempos, sobre todo, en el ámbito artístico. Y aunque se autodefine como alguien “súper inseguro”, no le falta valor para considerarse “un crítico de la separación y de las fronteras” y, en consecuencia, apoyar abiertamente “el regreso masivo de los cubanos a la isla, y la reconstrucción de su sociedad, de su país”. Posición por la cual, algunos lo han acusado de flojo o comunista.

Pero Héctor Manuel Prieto está muy por encima de cualquier odio. Su literatura lo salva. Y cada vez que se sienta a escribir, aun sin la disciplina que él mismo quisiera imponerse, lo hace para todos con idéntica entrega y franqueza, igual a si todavía estuviera en el portal de una casa habanera, con un vaso de ron a su lado y las fichas de dominó sobre la mesa, “desde la experiencia global, pero como si aún viviese en mi tierra”.

Comencemos por lo más llamativo de tu libro. En Réquiem para un doble siete los temas de tus cuentos, e incluso el discurso que empleas en cada uno, parecen, por momento, ubicarse en las antípodas. Algunos son de un romanticismo desmedido mientras otros hieren por su crudeza introspectiva. ¿A qué atribuyes este contraste?

Bueno, primero que todo, me gustaría decir que se debe a lo más esencial de mi carácter, a lo más personal: soy un escritor muy perezoso. Y esto es importante. Además, a lo largo de mi vida creativa —debo advertir que escribo desde los diez años— nunca he sido demasiado organizado. Me salvó un poco quizás la sensibilidad, y ese don al que los otros llaman talento. Pero, lo que llaman disciplina, vino con el tiempo, los asesores, la lectura más crítica de los clásicos, en fin, el propio taller o escuela que ha sido la vida un poco más intelectual de todos estos años. El material que está resumido en Réquiem para un doble siete es apenas la mitad de un grupo de textos que se sucedieron durante una década, la de los noventa, digamos, después que cumplí dieciséis años. Soy hijo de padres divorciados, producto de dos familias muy diferentes en lo social, aclarando que en ambas ramas, la lectura, la música y el arte en general, fueron pasión. En mi casa siempre se leyó, se apreció el ballet y el cine. Mi padre era medio poeta, mis abuelos amantes de la historia, un tío pintor, mi madre una apasionada de la belleza estética, y muchos tíos y tías que nunca dejaron de apoyar al sobrino de la cultura. Pero, como te decía, me tocó vivir un tiempo muy difícil y enriquecedor, lo que en Cuba, nombrado así por Fidel Castro, se hico llamar el período especial en tiempos de paz. Te hablo con profundidad un poco más adelante sobre este tema. Mi padre, muy sorpresivamente, se fue de viaje a México, y emigró para siempre, y este hecho hizo que comenzara a ver la realidad circundante muy de golpe. Era yo un adolescente tardío, y me tocó afrontar cosas familiares bien duras, la enfermedad de mi madre, y un poco ser el padre de mi hermano menor. En la cuestión de escribir historias, ya con cierta seriedad, comienza en la secundaria, tuve una gran maestra, Ana Rosa, pero es en la figura de Mercedes Melo, y casi al mismo tiempo, en Amir Valle, donde encuentro el comienzo del oficio de narrador. La figura de un buen asesor literario, es en mi opinión, la génesis de una carrera en la mayoría de los escritores. Sería un excelente tema esto para una crónica distinta, pero como siempre, soy propenso a alejarme del cauce principal. Como dato curioso te cuento, que los mejores textos que debieron estar en este libro, se hallaban en una libreta que dejé olvidada en una tertulia, y no pude recuperar. Nunca podré perdonármelo. Considero, que escribir cuentos, jamás deben definir a un autor, sino más bien, su modo de ver la vida, y esto vale lo mismo para Maupassant, Quiroga, Chéjov o Borges. El modo de expresar el espíritu humano, es lo que me parece siempre el motor de una historia, y no su construcción per se. Si te fijas, Bradbury y London, eran en esencia dos autores muy cercanos, y tal vez más aún nuestro Onelio Jorge. Porque nunca se limitaron a seguir reglas sino a contar, cada cual con el discurso que les brindaba su realidad. Me impresionó mucho en mi adolescencia el dolor de Lovecraft, la osadía de Salgari, la poética de Wilde, y Homero. El Cid, el cantar de Roldán, la epopeya de Gilgamesh, y textos como Pippa Medias Largas y el viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, tesoros de la literatura nórdica, además de la maravillosa literatura para niños rusa, enriquecieron todo ese mundo creativo, que, se condensó no en lo imaginativo, sino más bien, en lo sentimental, en tratar de comprender a las personas, de mirarlas por dentro. También debo aclarar que fui a veces un tipo muy oscuro, muy enamoradizo pero poco aterrizado, y sin saberlo, el fantasma de los románticos me atenazaba, aun cuando yo no tenía la menor idea de qué se trataba. Réquiem para un doble siete es una escalera, o un carrusel, de etapas de mi vida, tristes, rebeldes, oscuras o contemplativas, y, muy importante, casi nunca, hablo sobre escritores, es más, rehúyo plasmar el oficio en las historias, o me burlo si se quiere un poco, en textos como “La sombra de los Dragones”, u, “Otra vez Amanda”.

En todas tus historias, desde las más tiernas hasta las más ríspidas, se nota una suerte de vacío —ya sea existencial, familiar o sentimental—, algo así como la bocanada de oxígeno que no te mata con su ausencia, pero necesitas para llenar completamente tus pulmones. ¿Por qué este reconocimiento constante de nuestra incompletitud?

Como te decía, mi realidad hizo que perdiera la inocencia, que aflorara el pragmatismo, a pesar de que nuestra generación fue de alguna manera, la más espiritual del período post revolución de 1959. Recuerdo que, a veces, cuando nos sentábamos en los talleres literarios, o en los parques, a escuchar los cuentos o fragmentos de novelas de los cofrades que recién comenzaban a proponer sus trabajos, solían extrañarse de mí, encontraba pequeños detalles en los entramados de la historia que se contaba que pocos notaban, y es que siempre he visto los textos como si fueran cine, los veo detrás de mis ojos en tonos sepia, y muy cercanos a la realidad. Yo sufría en la calle, en la guagua, en las tiendas. En cada persona había un conflicto, y yo mismo era la mar de conflictos. Sin embargo, cada uno de esos trece textos surgió por chispazos poco profundos. “Silencio”, por ejemplo, fue motivo de un brainstorm, me dijeron que escribiera sobre la vida después de la muerte, el mal hábito de fumar, el miedo a los espejos, etcétera, y yo lo ligué todo y salió ese texto tan demacrado y existencial. En una oportunidad, lo leí en público, y una muchacha me pidió el manuscrito dedicado. Me llenó de vanidad el hecho, imagínate, y me dijo con toda tranquilidad que ella había tenido cuatro intentos de suicidio, y que nadie había entendido tan bien qué se sentía… Entonces, resumo que yo nunca he tratado de esconderme tras las letras, ni esconder a nadie. Es lo contrario, yo soy cada personaje y, a la vez, ninguno. Posteriormente descubrí que más bien no era escritor ni poeta. Siempre he sido un hombre de roles ajenos. Un actor. Los seres humanos nunca estamos conformes, siempre vamos en busca de algo que ni sabemos, es por ello la divina imperfección, la gran diferencia con Dios. Y siempre lo tuve muy claro: en literatura, debemos cerrar la historia, y recordar cómo comienza. Quién cuenta, dónde está cuando lo cuenta, y si es creíble. Bueno, a veces yo me olvido de eso. Salen entonces textos oscuros, barrocos. Como decimos en Cuba, con bomba. Se me catalogó por un tiempo un autor de cuentos de atmósfera, sin una historia definida, pero con estadios sensoriales muy densos y conmovedores… jajaja, muy loco eso de las clasificaciones… eso sí, resulta que sin proponérmelo, logré tocar el corazón de la gente. En su incompletitud.

Te graduaste en Licenciatura en Pedagogía Musical, pero durante tu vida has tenido que ocupar trabajos muy disímiles, profesor, instructor en una casa de cultura, actor de teatro, guardia de seguridad —¡hasta payaso!— y ahora operador en una fábrica de vidrios. ¿Cómo crees que ha influido en tu proceso creativo este caleidoscopio laboral?

¡Mucho! Es precisamente este devenir de hidra laboral lo que me dio la sensibilidad que mencionas. Cuando tú estás entre la gente, te vuelves la gente en sí. Y a pesar de eso, debo decirte que me faltaron muchas experiencias por vivir, por no atreverme a más, siempre he sido súper inseguro y tímido, a pesar de que los que me conocen piensen lo contrario pues siempre he sido un ser extremadamente social. Lo más que puedo reprocharme en mi trabajo creativo, es la poca constancia. Hubo un tiempo en que me negué a seguir escribiendo, e hice música, teatro, o idiomas extranjeros. O nada. Hasta que un día, reflexionando sobre lo que me decía un amigo pintor acerca de la cuestión creativa, caí en cuenta de que lo mejor que me sale es escribir, y lo demás era pura actividad diletante. Ahora, te digo que yo no soy, ni seré, ese autor que se entrevista a menudo, todo serio y responsable del papel de la literatura… no, a mí me interesa la gente, por dentro y por fuera, y su multiplicidad, y sobre todo, cómo se ven a sí mismos en un plano mezclado de tiempo y espacio. Por eso me gusta tanto ahora esta tendencia del periodismo de barrio, tan popular en nuestra isla maravillosa.

Entonces, ¿te atreverías a confesar cuánto hay de experiencia propia y cuanto de ficción en Réquiem para un doble siete?

Es muy curioso. Los lectores me preguntan si a mí me sucedieron esas historias en mi vida personal. Y sí, claro, no puedo negarlo. En cambio, prefiero creer que como yo, cada uno de mis personajes son miles de personas a la vez. Tengo un alter ego que se repite en mis cuentos: Manolito… Pero, es como tú dices: realidad ficcionada, con mucha veracidad y honestidad implícita… He ahí su principal objetivo. Tocar fibras, los hilos del corazón humano. Chaplin cuenta que supo que El Chicuelo sería un éxito cuando empezó a notar, escondido entre el público de un cine de pueblo, que la gente lloraba en las escenas más conmovedoras, a pesar de que su película era esencialmente para divertir. Yo trato de hacer eso mismo. Y la vida es así también.

El cuento que da título al libro aborda la crisis que afecta a una pareja de jugadores de dominó. Simbiosis muy cubana que suele demostrar una fidelidad, en ocasiones, mucho más fuerte que un matrimonio. Sin embargo, la realidad termina por “trancarles” la partida. ¿Es esa tu percepción del “período especial” que golpeó —y sigue golpeando— la vida de millones de cubanos?

Mira, este texto cambió mi modo de crear. Fue a propósito de un ejercicio de narrativa que nos pidió el maestro Eduardo Heras León. En ese momento yo tenía muy cercano los textos de Onelio Jorge Cardoso, José Soler Puig y quería escribir como Cortázar, pero lo que veía en la calle y en mi casa, no estaba en consonancia con ese modo tan desleído que me maravillaba del argentino. Entonces, a través de esos viejos jugadores de dominó, desde la visión de un niño que va creciendo en esa atmósfera que a ratos parecía inamovible, yo conté la familia cubana degradándose sin poder evitar el peso de las circunstancias. Muy poca gente, que no vivió esa realidad, puede entenderlo. Aun cuando hayan nacido en la Cuba de los años en que se sucedieron. Y específicamente, hablo de la partida. Se fueron los valores, se rompió lo más importante para los cubanos: la familia. Yo soy hijo de inmigrante. Ahora mismo soy el producto de una familia emigrante. Y mi principal conflicto en la vida siempre fue la cuestión de la ausencia, o de no saber si pertenecía o no. El período especial, explíquese como una crisis generalizada de todo en una sociedad, no salvó ni exceptuó a nadie. Es el capítulo más doloroso de nuestra nación, porque cuestionó a una generación sobre su propósito como ciudadanos de un país, pero a la vez lanzó dolorosamente, al pueblo más familiar y costumbrista de sus raíces, a los cuatro rincones del planeta, y aún, cuando debía haberse aprendido la lección, continúa este éxodo, ahora quizás más vacío de conciencia, pero pleno de la búsqueda por sobrevivir, y eso lo descubres precisamente cuando caminas, como me pasa a mí cada invierno, bajo una nevada. Es muy doloroso descubrir la realidad de una sociedad desmembrada y ausente, incluso cuando estemos bien lejos en la geografía, no nos vamos del todo.

La primera aparición de Réquiem para un doble siete fue en Cuba y en formato impreso. Ahora, optas por sacarlo como libro electrónico desde Estados Unidos. ¿Aprovechas las facilidades tecnológicas que te brinda un país del primer mundo o reconoces las dificultades para acceder a una editorial en este feroz ámbito de mercadeo?

Cuando conocí en 1998 a un joven escritor norteamericano, precisamente neoyorquino, no quise creerle sobre lo difícil de publicar en Estados Unidos. Después, ya con un poco de camino andado, verifiqué lo difícil que resulta vivir de la literatura, y mucho más de la literatura de ficciones. He tenido la suerte de estar en ciudades del norte de Estados Unidos y Canadá, e imagino que sucederá lo mismo en el resto del mundo. Cada día se lee menos, a pesar de que el libro de papel no ha perdido su valor, la pantalla digital del móvil, y las plataformas de multimedia ganan la partida. Sí, en el metro de New York City u Ontario, he visto mucha gente leyendo novelas en libros de papel, o tumbados en las playas bajo el sol, o en los cafés, en fin… pero también veo libros con ediciones maravillosas rebajados al dos por ciento de su precio original en tiendas Outlets, y apenas se venden. Mi libro se vendió, por suerte, muy rápido en Cuba, en La Habana, más específicamente. No fue una edición nacional, sino apenas territorial, y agradezco mucho haber podido ver mi trabajo en librerías, a pesar de que pudo haberse reeditado… ahora, la plataforma que nos brinda Amazon, sea en código binario o físicamente en papel, es un regalo, y más aún, un incentivo para escribir, para publicar. En Cuba tenías que ganar un concurso para lograrlo, o, tener suerte, como yo la tuve, de gustarle a un editor que decidiera apostar por tu libro, y lo incluyera en un colchón editorial, que podría esperar años por salir a estante. En nuestro país se venden bien los libros. Lástima que se priorice mucho la literatura de corte político, orientada y revisada, a la de creación de ficciones, pero debo ser justo, se publica bastante en la medida de que hay pocos insumos en las editoras nacionales.

Si en lugar de publicar, habláramos de escribir, ¿dónde preferirías hacerlo, en Estados Unidos o en Cuba? ¿Por qué?

Eso no tiene discusión: En Cuba. Nunca me he ido de Cuba. Recuerdo que me hacía la idea de que cuando viajara mi literatura se iba a volver más universal, y es cierto. Pero, sentado en Central Park, estaba yo paseando por La Habana Vieja, por Santiago de Cuba, por Pinar del Río. Te puedo jurar que mientras más lejos estoy, más me acerca esta lejanía a mi tierra. Ahora, no es un secreto la necesidad de estar en otras latitudes para redescubrir tu esencia. Aquí no he tenido tiempo de dedicarme a escribir a tiempo completo. El cansancio físico y a veces la apatía, le gana a la creación, aun cuando cuento con todos los recursos, el oficio de la literatura se convierte en una necesidad dolorosa, y como inmigrante, he tenido que emplear mi tiempo en trabajos y actividades poco intelectuales. Además, como te dije, soy un creador muy perezoso. No obstante, de cada experiencia de viaje, se integra la memoria, y como dice Guillén, todo mezclado, todo mezclado. Espero en el futuro cercano, dedicar más tiempo y disciplina a impulsar la obra.

A muchos escritores residentes en Cuba se les critica por su mutismo ante las atrocidades cometidas por el gobierno; a otros, cuando abandonan el país, se les fustiga justo por lo contrario, pues despotrican hasta por el color de la hierba que dejaron atrás. ¿Cuál consideras que debe ser la posición de un escritor frente a la situación política, económica o social de su nación de origen?

Yo había prometido ser un autor sin demasiadas incursiones políticas. ¿Y sabes qué? De eso uno no se escapa. Pero, debo decirte, que trato por todos los medios de no herir sensibilidades, sin dejar de ser sincero. No es un secreto para nadie la línea bien dura que se ha seguido con los que disienten, los que se han atrevido a cuestionar el discurso oficial. Yo nunca saqué un dedo del plato, viviendo en Cuba, y la verdad, no tuve oportunidad de manifestar mis preocupaciones, ni hubo muchas oportunidades. No sabía ni siquiera que existían los blogs, y cuando lo supe, ni idea de cómo hacer uno. Erróneamente, se esparció la idea de que hacer un blog o una columna de manera independiente, con una postura alternativa, era motivo de traición o descrédito. Tuve que salir del país para descubrir que la multiplicidad de opiniones es muy justa, a pesar de que a veces veo estupideces colosales en ambas partes. Entonces, y sé que a muchos no le va a gustar esto, yo decido que estoy en contra de los bandos, del enfrentamiento. Digo que un escritor debe ser honesto consigo mismo. Si tu postura ha de ser radical, adelante con ello, pero desde la sinceridad, no desde la obcecada posición del odio. En efecto, la posición del gobierno cubano, cuando prometía una apertura al diálogo con sus intelectuales de la diáspora, dígase también una actitud más moderna y cívica con sus artistas y escritores residentes en Cuba, se ha endurecido muchísimo, recordando los tristes períodos del decenio negro y la parametración, en mi opinión, muy desacertada, y poco inteligente. También menciono la radicalidad inclusiva de sectores muy ciegos en cuanto al proceso cubano, desde las comunidades en el exterior, que basados en su experiencia negativa, y con sus razones discutibles o no, demonizan el ansiado diálogo entre todos los cubanos y su reunificación en conceptos de patria. A mí, y lo digo sin vergüenza, me acusan de flojo o permisivo cuando no me pongo radical. Me han llegado a llamar comunista, tendencia muy simplista y risible de los cubanos que viven en esta orilla, pero, de lo que si te puedo asegurar, es que soy, en esencia, un crítico de la separación y de las fronteras. Yo, y quizás sea muy loco decirlo, defiendo a ultranza el regreso masivo de los cubanos a la isla, y la reconstrucción de su sociedad, de su país, por muy utópico que se lea. Creo firmemente en ese derecho y es, además, un deber. Como intelectual, creo que la censura resulta cancerígena, que la educación viable y el acceso a la información, es el arma fundamental para ser libre. Es, evidentemente, lo que ha perdido el gobierno de Cuba, la viabilidad de lo correcto a la hora de censurar, o implementar esa censura, y he ahí su debilidad primaria. El mundo está viendo cada exceso, cada injusticia. Es, en tiempos de informatización e hipermedia, inútil ocultar ya, algunas verdades. Entonces, escribir y acceder a cierto público, te brinda poderes inusitados hace quince años atrás. Lo malo son las interpretaciones y sus consecuencias.

Una pregunta casi obligada cuando entrevisto a un escritor cubano —residente o no en el archipiélago— es su percepción sobre nuestra discutida polifonía temática escritural. Hay quien asegura que, realmente, los escritores cubanos tenemos una sola voz; en cambio, hay quien separa la literatura del exilio de la literatura al interior del país y no falta quien asegura que no existen una ni dos, sino múltiples maneras de hacer literatura entre los cubanos. ¿Con cuál de estas variantes te sientes identificado?

Desafortunadamente, no he leído lo suficiente la obra de mis colegas que viven fuera de Cuba y no quiero mencionar nombres para no ser injusto, por eso no puedo opinar demasiado, pero es evidente que va a existir esa marcada diferencia, por la cuestión circunstancial, y el cambio de pensamiento, aunque no necesariamente de opinión. Sí creo que influye la cuestión de vivir fuera de tu frontera como extranjero, te brinda cierta voz más desacralizada, más libre de exposición. No obstante, el sello cubano, su temática y discurso no cambian demasiado. Seguimos, aun bajo la nevada, pensándola en que bolá asere… Yo, disfruto todo tipo de literatura cubana, si no me trae el metadiscurso político de siempre. Descubrí hace poco autores cubanos que viven dentro de la isla, pero que no habían sido publicados aún para los lectores nacionales, o incluso, autores que son reconocidos, pero parte de su obra todavía está de alguna forma censurada. Como te dije antes, yo escribo desde la experiencia global, pero como si aún viviese en mi tierra.

Sé que has escrito poemas, obras de teatro y, por supuesto, cuentos. ¿Hay planes de alguna novela o qué podemos esperar de Héctor Manuel Prieto en un futuro mediato o inmediato?

Ahh… Bueno, ahora trabajo en dos proyectos a la vez. Un libro de cuentos, que está al ochenta y cinco por ciento, y una novela negra con trazas de pseudohistoria. Hacía rato que me interesaban estos temas que no tenían demasiada conexión entre cada uno, pero como me dijo una vez Amir Valle, mientras lo hagas bien hecho, en el mismo barco puedes montar a Erick el Rojo y a Winston Churchil. Así que ya veremos. Por lo pronto, en proceso de publicación, teatro para niños. Y poesía para mi prometida, poesía de messenger… Y escribir, ahora en tiempos de cuarentena y pandemia. Y publicar, que en las gavetas la literatura no produce más que polillas.

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