Los jardines del César

Díaz-Canel dando botella

Cuentan que Cayo Julio César, cuando no andaba sumando nuevas provincias a la república, permitía a los plebeyos pasearse por los jardines de su propiedad. Así, el dictador demostraba su hidalguía y compromiso con las clases más bajas. El pueblo, entonces, reconocía su acercamiento y lo alababa. A fin de cuentas, otros mandatarios no habían sido tan indulgentes. Poco importaba entonces si, a cambio de tamaña tolerancia, miles de jóvenes soldados iban a sacrificarse a las Galias o hasta la lejanísima Britania.

Sin cubrir siquiera la sombra de la estatura del romano, otro político practica hoy el juego de la solidaridad y la condescendencia con el vulgo. Se trata del presidente Miguel Díaz-Canel, cuya improbable iniciativa de detenerse en plena avenida para ayudar a algunos cubanos que esperaban por el transporte público ha dado la vuelta al mundo.

Y con razón. Imagínense la escena. Un público compuesto por caras largas tras horas de fastidiosa espera, atestigua de pronto cómo la caravana presidencial hace alto frente a la parada del ómnibus. Aparece, además, la anatomía enorme de un escolta de seguridad que sin mayores presentaciones, cual debe esperarse de un hombre de acción, exclama “arriba, los que vayan cerca de la Plaza” y, como si se tratara de un navío —o un archipiélago entero— que se hunde, se da prioridad a mujeres y niños para que compartan asiento con el jerarca del país y los acerque, de aventón, a sus casas.

Los suministros de petróleo que se esperan en La Habana desde hace meses, sencillamente no llegan. Si a eso se suma el robo de combustible que afecta al país —el caso más reciente reportado, nada más y nada menos que por 2.5 millones de litros de diésel— y el pésimo estado de las unidades, anticuadas y sin piezas de repuesto para mantenerlas, se comprenderá por qué en Cuba la situación del transporte público amenaza con convertirse en tragedia nacional, a pesar de que los cubanos siempre hemos estado acostumbrados a las carencias en este sector. La realidad es que, ahora mismo, los niveles de desabasto para los ómnibus urbanos son punto más que críticos.

Y entonces aparece el mesías criollo. Díaz-Canel comparte su vehículo presidencial con el pueblo. Es el dato que se maneja y su efecto, por supuesto, cobra réditos en cuanto a imagen, pero realmente no aporta solución alguna a la causa del problema.

Permítanme una comparación tan extrema como pertinente y que servirá, además, para espantar cualquier interpretación que se amarre a una posición ideológica radical. No importa si se considera de izquierda o derecha, revolucionario o contrarrevolucionario, comecandela o gusano. Quien aplaude, hoy, el gesto de Díaz-Canel, pone de manifiesto la misma ingenuidad, que, años atrás, hicieron otros cuando descubrieron, gracias a un documental filtrado, que Fidel Castro, todavía pletórico de buena salud, usaba tenis de la marca Nike en su casa.

Cuestionaba yo, en aquella fecha, ¿es eso acaso un problema? Sí, ya sabemos que Fidel exigía sacrificios y austeridad, pero todos los mandatarios al frente de naciones tercermundistas lo hacen. No me importa si el presidente usa Nike —luego, al empeorar su salud, anduvo ataviado con Adidas—, se trata de una nimiedad que no va a agudizar la crisis económica del país. Así tampoco me importa si mañana Díaz-Canel convierte su flotilla presidencial en transporte público. Eso no va a disminuir la crisis económica del país.

Cuba no necesita de un presidente que ayude, un día cualquiera, a un par de ciudadanos, en medio de la crisis económica que atraviesa la nación. Cuba necesita un presidente que sepa encontrar una solución para salir de esa crisis. Cuba no necesita una prensa que elogie la actuación —nunca mejor usado el término— del presidente por demostrar su misericordia. Cuba necesita de un modelo periodístico que critique el pobre desempeño de su máximo dirigente, el cual mantiene a más de once millones de personas sumidas en la miseria. Cuba no necesita de una Mesa Redonda donde funcionarios y espectadores elegidos a modo se aplauden unos a otros. Cuba no necesita más dudas ni preguntas nuevas, como la que Randy Alonso, director de esa misma Mesa Redonda dejó recientemente en el aire, tras la anécdota orquestada por Díaz-Canel. En esencia, se cuestionaba “con un presidente así (…) ¿quién puede derrotarnos?”. Cuba lo que necesita es respuestas. Y esa pregunta sí la tiene. La verdad, señor Alonso, la verdad que echa por tierra farsas e impone razones, siempre podrá derrotarlos.

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