La historia de los vencidos

Historia de Cuba

La historia la escriben los vencedores. La frase es harto conocida y (casi) todos estamos de acuerdo con ella. Se trata de un fenómeno universal, repetido de siglo en siglo, sin importar la geografía o condición sociopolítica del lugar. De esta manera, por ejemplo, cuando de una gesta bélica se trata, los libros oficiales ad hoc resaltan las victorias convenientes y opacan o, sencillamente, echan al olvido las derrotas inconvenientes. Por supuesto, no es justo, pero debemos aceptar su lógica y pragmatismo. Arremeter contra esta práctica se me antoja tan insustancial como oponernos a que al número uno de la competencia le corresponda el lugar más alto del podio.

A raíz de esta práctica, las nuevas generaciones son amamantadas con las leches procesadas por la cúpula que ocupa el poder. Y esta leche, sobra aclararlo, viene adulterada con los componentes necesarios para sustentar y, de ser posible, prolongar la estadía de esa misma cúpula en la cima del podio político, así como garantizar su continuidad en el seno de una selección de individuos que respondan a su misma ideología.

Sin embargo, ninguna preparación garantiza la consecución de un resultado. De mano con este axioma, el apremio por lograr una permanencia a toda costa y evitar los riesgos implícitos en cualquier sucesión, tiende a eternizar los líderes de las filas vencedoras. Y claro, inmediatamente todos pensamos en Fidel Castro, y sus 49 años consecutivos al mando de Cuba, de 1959 a 2008. Mas no es el único en rozar las cinco décadas completas de gobierno. Kim Il-sung hizo lo mismo en Corea del Norte por 46 años (1948-1994). Y a propósito de Cuba y Corea del Norte, no significa nada extraordinario advertir que ambas naciones son acérrimas defensoras del socialismo, sin duda la mejor forma de gobierno para asegurar los intereses personales de sus dirigentes, pero vale la pena destacar otra similitud bastante curiosa y menos visible. Desde el año 1948 para Corea del Norte y 1959 para Cuba, hasta la fecha actual, tanto en la nación asiática como en la antillana, solo tres personas han ocupado el máximo puesto político y militar. En Corea del Norte, Kim Il-sung (1948-1994) fue reemplazado, tras su muerte, por su propio hijo Kim Jong-il (1994-2011) y, otra vez tras la muerte del llamado líder supremo, el poder pasó a manos de, ¿adivinen quién?, en efecto, uno de sus hijos, Kim Jong-un, quien sigue a la cabeza de la nación. Así que podemos asegurar, sin temor a equivocaciones, que en Corea del Norte el sistema de gobierno, más responde a un perfil aristocrático que a uno presidencial. Si en Cuba eso no sucedió es porque los hijos y nietos de Fidel Castro no contaron nunca con la venia de su padre para seguirle los pasos y se inclinaron más por profesiones científicas, culturales o, sencillamente, vivir la buena vida. Además, el tío Raúl siempre dejó en claro que el relevo le tocaba ocuparlo a él. Portento que, finalmente alcanzó su fecha, de manera oficial, en 2008. De cualquier manera, el poder siguió la misma línea de sangre. Al menos hasta 2018, cuando Miguel Díaz-Canel asumió la presidencia de los Consejos de Estado y de Ministros, y posteriormente, tras la Constitución aprobada en 2019, fuera electo presidente de Cuba. No obstante, a ojos de la sociedad cubana, la presidencia de Díaz-Canel no pasa de ser una farsa, un eufemismo para encubrir los hilos que sigue moviendo Raúl Castro.

Y la pregunta es ¿cómo los pueblos permiten esta forma descarada de imposiciones? Ah, pues muy sencillo —de explicar, no de instrumentar—, porque no se presentan como descaradas y jamás revelan su naturaleza impositiva. Al contrario, durante años se adoctrina a las masas —se les embelese— para que, dado el momento, no sólo acepten el movimiento de este ajedrez político sino que, además, lo consideren adecuado. ¿Y cómo se logra esto? Pues con una estrategia propagandística a gran escala que incluye, en primera instancia, la manipulación de la historia. En Corea del Norte, para seguir con uno de los ejemplos anteriores, la figura de Kim Il-sung es tratada cual deidad. Desde las primeras edades a los norcoreanos se les inculca la imagen de un ser humano que parece divino, capaz de hacerlo todo y no equivocarse en nada, al punto de que la Constitución de Corea del Norte, en 1998, creó especialmente para él, el cargo de presidente eterno de la República. Falta aguardar si a Cuba muy pronto no se le ocurre algo similar con Fidel Castro.

Aquí considero imprescindible hacer una aclaración. Cuando señalo el adoctrinamiento de las nuevas generaciones a partir de la manipulación de la historia, no me limito al burdo aprendizaje que se desarrolla en las escuelas, de mano con una asignatura en particular. Más efectiva resulta la inyección, a veces aplicada en sobredosis, de los principios de la casta vencedora dentro de la cultura de un país —no olvidemos el quinquenio gris en Cuba— cuando los valores que se pretenden inculcar —el famoso «coco wash»— son estandartes en los personajes de una telenovela o quedan plasmados, a modo de consignas gigantescas, en los muros de un edificio. Muy parecido al resumen que la maestra nos daba en primaria, poco antes de un examen, para que lo pudiéramos memorizar y, a la vuelta del próximo ciclo escolar, incluso recitar.

Por tal motivo, la mayoría de los cubanos recordamos con facilidad el 1 de enero de 1959, cuando triunfó la Revolución; el 26 de julio de 1953, con el ataque al cuartel Moncada; hasta el mismísimo 13 de agosto de 1926, nacimiento de Fidel Castro. Sin embargo, pocos somos capaces de citar los acontecimientos del 18 de diciembre de 1979, inicio del éxodo del Mariel, con la salida de, al menos, 125 mil cubanos hacia Estados Unidos; o el Maleconazo del 5 de agosto de 1994; o, quizás y más importante, unos días antes, el 13 de julio de ese mismo año, rememorar la muerte por ahogamiento de 41 cubanos, menores diez de ellos, después que el vetusto remolcador en que intentaban huir fuera atacado por cuatro embarcaciones azuzadas por el gobierno.

Y no se trata únicamente de fechas, sino de la tergiversación de los hechos. O, para decirlo benévolamente, del enfoque que se le aplica según los intereses en juego. Retomemos, para ilustrarlo, una de las fechas que acabo de citar. El 26 de julio de 1953. El ataque al cuartel Moncada resultó un fracaso en términos bélicos pues no lograron hacerse ni de una habitación del edificio; en términos estratégico, otro tanto; ¿cómo Fidel Castro no encontró la dirección del cuartel qué él mismo había planeado atacar? Tan absurdo como real. ¿O el extravío fue un pretexto para no participar en el tiroteo? Les costó la vida a muchos asaltantes y otros fueron llevados a prisión. Y atención con esto, que la historia oficial también es poco transparente en este sentido. Fidel nunca puso un pie en una celda del tenebroso presidio de Isla de Pinos —actual Isla de la Juventud—. El joven revolucionario pasó su encerrona en un hospitalito cercano, con comodidades que, ni en sueños, hubieran tenido los presos comunes. Hay que visitar el lugar, hoy convertido en museo, para notar la enorme diferencia entre una y otra estancia.

A pesar de este fiasco, se cargó de espiritualidad el desastroso ataque para transmutarlo en un hecho simbólico, un anhelo no materializado en la práctica, mas sí en las ensoñaciones de un grupo de jóvenes y que terminó por servirle de nombre a un sueño colectivo. Explicado desde una visión adolescente, se trata del jovenzuelo que pretende tener sexo con una diva y termina masturbándose en el baño.

La historia, afortunadamente, no es estática como muchos erróneamente, piensan. Su dinamismo persiste allí, donde una contradicción aflora, un juicio aporta nuevas interpretaciones y otro abre sendas que no han sido exploradas o, que esto también es historia, han sido concienzudamente tapiadas. Y en el caso de Cuba, al menos, las erratas abundan. Las omisiones exigen ser llenadas y los héroes de cartón exigen ser humanizados. Ahora mismo, cuando algunas voces claman por sangre y fuego, deberíamos redescubrirnos en las páginas que nos describen y pretenden avalar las acciones de nuestros nefastos dirigentes a partir de —según ellos— nuestro supuesto respaldo. Que la mentira no nos contamine. No más. Nadie sabe a ciencia cierta adónde llegaremos mañana, pero al menos debemos estar seguros de quiénes fuimos ayer. Solo ese conocimiento nos brindará la certeza de quiénes somos hoy. Es momento de romper moldes falsos, no cabezas. Que nadie lo dude. El día que se escriba la historia de los vencidos, los vencedores estarán acabados.

Sígueme en @EdgarLondonTuit

Publicado en Otrolunes

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.