Generación fantasma

Generación fantasma

Salí de Cuba hace poco más de trece años. La última vez que visité el barrio donde crecí fue en fecha relativamente cercana, a mediados de 2019, a causa de la muerte de mi padre. Antes lo había hecho en otras tres o cuatro ocasiones. En realidad, no lo recuerdo bien, pero lo que sí recuerdo con dolorosa exactitud es que en cada una de esas jornadas, mi casa, los edificios que la rodean, las calles pletóricas de baches, los árboles mustios, hasta las ranuras en las paredes de la bodega adonde iba a buscar el pan —si había pan, claro—, todo, absolutamente todo, permanece idéntico a cuando lo dejé. Si acaso, un poco más ajado, más gris, como mi memoria que, poco a poco, se desgasta.

Hago el comentario porque también hace trece años se anunciaban cambios en las directrices revolucionarias. En la adaptación a los (entonces) “nuevos tiempos”, salvaguardando, rumiaba el discurso oficial, los principios básicos liderados por Fidel Castro.

¿Dónde quedaron esos cambios? Corrijo, ¿dónde quedaron esos anuncios de cambio? Y no hablo únicamente del entorno urbano. En términos de arquitectura, creo que la única transformación notable ha sido la restauración del Capitolio de La Habana, por los quinientos años de fundación de la ciudad. Y eso no me tocó verlo. Una inversión millonaria que ya muchos quisieran que se hubiera vertido sobre los barrios más pobres de algunos municipios de la capital, donde los techos caen y las niñas mueren. Eso otro tampoco me tocó verlo, advierto. Aunque antes, cuando todavía mi vida se regía por una libreta de abastecimiento, sí atestigüé derrumbes similares. Insisto, nada cambia.

Ni siquiera la gente. Mis amigos envejecen. Yo envejezco. Pero otros ocupan nuestros lugares. Niños y jóvenes que, desde lejos, podrían ser tomados por nosotros mismos, años atrás. No se trata de una identidad generacional que se transmite de padres a hijos. Nada de eso. Se me antoja un fenómeno mucho más triste y, a la vez, perverso. Cierta forma de usurpación. Como si los cuerpos estuvieran allí, no para evolucionar sino para permanecer. Igual a ese hombre que observa los barcos pasar, sin percatarse de que él siempre seguirá allí, sentado en el muelle mientras otros, que poseen vida propia, le obsequian un adiós.

Y esa idea me espanta porque me deja entrever, azorado, que así como aquel niño que corre tras la pelota en la esquina de mi casa soy yo mismo, entonces, por natural deducción, yo, ahora mucho más viejo, paso a ser la figura de mi propio padre, quejándome del gobierno por las mismas cosas —desabasto, sacrificio, ahorro, falta de libertades— que antaño se quejaba un hombre que recién ha sido incinerado y, supongo, descansa en paz.

Puede que Díaz Canel sea “presidente”, pero Fidel sigue marcando la pauta de gobierno, como el Cid cargando contra los moros después de muerto. Me consta que su nombre suena mucho más que el de sus sucesores —incluyo a Raúl— y cuando se le menciona, igualito que dos, tres o cuatro décadas atrás, es para cubrir excesos. Ya sea en forma de santo vestido de verde olivo, según sus seguidores, o de figura demoníaca para sus detractores.

Con sobrada razón los autos antiguos se han convertido en símbolo nacional. Hoy los extranjeros no se interesan por Fidel Castro o el Che Guevara —siento ser brutalmente sincero, pero fuera de Cuba nadie conoce a Camilo Cienfuegos, por ejemplo— sino por los anacronismos que forman parte del diario sabor cubano, promovido desde las páginas de las revistas para el turismo, y que abren las puertas a la utopía de un viaje al pasado, sin necesidad de utilizar una máquina del tiempo.  

La mayor pobreza de Cuba no yace en los edificios semiderruidos ni en la falta de alimentos. Está impregnada en el alma de niños que parecen viejos y de viejos que, como niños, no pueden dejar de soñar porque se han acostumbrado a nutrirse de ilusiones y promesas sobre un futuro mejor que no acaba de llegar. La fe —y no la miseria— es la droga que los consume. Una fe sin sustento. Impuesta desde hace más de sesenta años. Con nombre de ideología pero marca de abuso y frivolidad.

Si Hemingway, Faulkner, Dos Passos y algunos otros, fueron parte de la generación perdida por ser víctimas de los horrores de la guerra, entonces a los escritores de mi generación nos ha tocado conformar la generación fantasma pues nunca tuvimos real protagonismo dentro de un proceso revolucionario que terminó por consumirnos. Ni estuvimos en la lucha por erigirlo ni, obviamente, estaremos a la vanguardia de las fuerzas que pudieran destruirlo. La realidad es que nuestros gritos apenas serán recordados como ecos. Y la presencia que, algunos creímos, rompería barreras e ideologías, no sirvió para otra cosa que para engrosar la masa amorfa de partidarios u opositores, sin nadie a quien seguir y sin camino definido que pudiéramos andar. Así somos y así no(s) fuimos.

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Publicado en Otrolunes

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