Esta sufrida democracia latinoamericana

Golpe de estado o no, la actual situación que sufre Bolivia no debe constituir una sorpresa para nadie. Aún antes de entrar al proceso eleccionario, se veía venir la explosión de una crisis política, en buena medida provocada por el afán de Evo Morales de mantenerse en el poder a toda costa, sin contar con el respaldo de las bases mínimas imprescindibles.

Se trata, sin duda, del mayor problema que afronta la izquierda latinoamericana desde los tiempos de Fidel Castro. La imposibilidad de mantener su proyecto social sin saltarse los principios básicos de la democracia. En lugar de preparar a un sustituto que responda a los mismos principios ideológicos —y los respete, por supuesto, para darle seguimiento a las tareas en curso— los líderes de izquierda prefieren alterar constituciones, acudir a los discursos incendiarios y al populismo más insulso para perpetuarse en el poder.

La “pausa” de un día que afectó el conteo rápido de los resultados de los más recientes sufragios en Bolivia, terminó por desacreditar la reñida lid que Evo Morales y Carlos Mesa entablaban por la presidencia. El acuciante desequilibrio en las cifras que presentó la Transmisión Rápida de Resultados Preliminares (TREP) tras esta pausa, resultó fulminante. Del 83% de avance en los escrutinios saltó al 95% y ya otorgaba al líder indígena un margen de diferencia lo suficientemente amplio para evitar una segunda vuelta en las urnas. Algo que Mesa y sus seguidores daban por seguro.  Por si no bastara, la auditoría de la OEA —a pesar de que se desarrolló a destiempo— ratificó la sospecha de fraude. El organismo regional determinó “estadísticamente improbable” que Morales alcanzara un margen del diez por ciento en su victoria.

Este impasse en las elecciones de Bolivia recuerda la “caída del sistema” durante los sufragios presidenciales de México, en 1988, que terminó por costarle la silla del águila a Cuauhtémoc Cárdenas. En aquella ocasión, sin embargo, las protestas no sirvieron para que Carlos Salinas de Gortari, a la postre vencedor, renunciara a su investidura, con las desagradables consecuencias que luego trajo para el pueblo mexicano.

Lo más doloroso no es la salida de Evo Morales, sino la forma en que sucede, bajo la sombra de un golpe de Estado que México se apuró en reconocer, acaso para justificar su propuesta de asilo —gesto loable, vale aclarar—. Carlos Mesa, por su parte, hace hincapié en seguir los preceptos establecidos por la Constitución para ocupar la presidencia. Especialmente, porque le conviene legitimar su propia presencia. Sin presidente en el Senado ni titular de la Cámara de Diputados pues ambos renunciaron, la senadora de la oposición Jeanine Añez, segunda vicepresidenta del Senado, asumiría la presidencia interina y ya adelantó su intención de convocar a nuevas elecciones.

A Morales se le debe aplaudir, al menos, un par de acciones. Lograr que la economía boliviana cabalgara a buen trote con un crecimiento cercano al cinco por ciento durante los últimos diez años —ya se tenía calculado 3.9 al alza para 2020— y la renuncia en sí misma.

A diferencia de Evo Morales, quien accedió a separarse del poder, en Venezuela, donde la situación de golpe de estado parece activa un día y sí y otro también, a Nicolás Maduro le tienen sin cuidado los muertos que se cuenten en las calles. Su obcecación por asirse a la presidencia ya responde más a un claro gesto de supervivencia que a sus ansias de acaparar el poder. De darle paso a la alternancia, el delfín de Chávez tendrá que responder por múltiples cargos en su contra, impulsados tanto desde el interior como desde el exterior de sus fronteras, muchos de ellos vinculados a la violación fragrante de derechos humanos. Difícilmente escaparía de la cárcel, si es que logra preservar la vida.

Ahora bien, no nos dejemos engañar. El motivo por el cual Evo Morales dimite mientras Nicolás Maduro se aferra a su cargo, no lo encontramos en el proclamado amor a la patria del primero y mucho menos en la valentía que presume el segundo, sino en la posición de sus ejércitos. Pieza que ha sido clave en cada uno de los gobiernos latinoamericanos.

En los momentos de mayor tensión política, el grueso de las fuerzas armadas se ha mantenido fiel al presidente venezolano. En el caso de Bolivia, los militares prefirieron serles fiel a la nación, no a un líder político.

Sería bueno que, por estos lares, Andrés Manuel López Obrador tome nota del asunto. Ya el general Carlos Gaytán Ochoa advirtió el pasado 22 de octubre, durante un discurso pronunciado en las instalaciones de la Secretaría de la Defensa Nacional, sobre la polarización política que sufre la sociedad mexicana y su desacuerdo con la estrategia de seguridad impulsada por el máximo dirigente del país. No hay que ser un erudito en la materia para comprobar que por cada abrazo del gobierno, el crimen organizado responde con balazos… y muerte.

No se trata, en lo absoluto, de que hoy México esté al borde de un golpe de Estado. A pesar de la inaudita —además de superflua y perturbadora— declaración de Obrador acerca de la inexistencia de condiciones para que tal acontecimiento tenga lugar en suelo mexicano. Sentencia que si bien no causó pánico, sí activó las alertas dentro de la sociedad.

Seamos positivos y tomemos la intervención de Obrador como otro de sus lánguidos y recurrentes dislates. Mismos que ya han hecho caer su nivel de aprobación 11. 3 puntos porcentuales —del 63.5 al 52.2— entre octubre y noviembre, según la encuesta de la plataforma informativa México Elige.

México no es Bolivia ni Venezuela, pero no es signo de buena salud para el país que su presidente y el Ejército no anden bien acoplados. De cara a una eventual crisis de gobernabilidad por causa de un divorcio presidencia-fuerzas armadas, ¿se imaginan la reacción de Estados Unidos? Los mismos que dicen que no intervienen en nada, pero meten las manos en todo. Si los continuos fracasos de la actual administración mexicana para combatir el narcotráfico los tienen con los pelos de punta y muchas ganas de intervenir, imagínense qué no harían ante la posibilidad de un golpe de Estado al sur de su frontera más violenta. La verdad, no quisiera atestiguarlo.

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Publicado en Espacio 4

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