El traidor y las moscas

Polémica cubana

Yo he traicionado muy duro pa’ ganarme ese dinero.
Dibujo animado “Elpidio Valdés”

Las recientes disputas que han tenido lugar en la médula de la artisteada cubana ya trascienden los límites de la telenovela para caer en terrenos de la más grotesca ridiculez. Como era de esperar, la fachada de estos dimes y diretes se deben a la política —la barata y escandalosa, debo advertir, no la que verdaderamente preocupa y marca cambios en las naciones—. Es vergonzoso aceptar que ni siquiera el leitmotiv de sus argumentos ha sido original porque, en honor a la verdad, cuando se trata de una bronca mediática made in Cuba, la política siempre está presente.

Los bandos quedan bien definidos y son los ya acostumbrados. Por un lado están los gusanos y, por el otro, los comecandelas. Aquí hago una acotación necesaria para aquellos foráneos, de nacimiento o crianza, que no están relacionados con tales términos. Grosso modo, gusano es el vocablo peyorativo con que en Cuba se describe a quienes están en contra del gobierno, buena parte de ellos reside en el exterior. Comecandela, —equivalente a lamebotas—, por consecuencia, son los que están a favor del régimen. En pocas palabras, lo que en cualquier otra nación se denominaría, simplemente, opositores y partidarios, en Cuba, de mano con esa malsana costumbre de ofender a quienes no piensan como nosotros, son tratados de gusano y comecandela, respectivamente.

Entre los artistas a destacar, dentro de las filas del primer bando, encontramos a Aldo (“Al2”), integrante de Los Aldeanos, sin duda uno de los mejores exponentes del rap cubano; Silvito “El libre”, rapero también e hijo de Silvio Rodríguez —quien, si se hubiese rebajado a formar parte de esta trifulca mediática, se anotaría en el bando contrario— y Roberto Sanmartín, actor y uno de los protagonistas de esa excelente y cubanísima película que responde al título de “Habana Blues”.

Del otro lado, entre los supuestos adeptos al régimen, aparecen los cantantes Alexander Delgado (de la popular agrupación Gente de Zona), Haila y Descemer Bueno.

Advierto que se podrían citar otros nombres (desde el histrión Fernando Echevarría hasta el escritor Leonardo Padura) pero los primeros seis han acaparado los comentarios en las redes sociales, durante las últimas semanas.

En esencia, la raíz del problema es que los gusanos acusan de doble moral (es el calificativo más blando que pude encontrar) a los comecandelas por visitar Estados Unidos, ya sea para actuar o hacer turismo, mientras los comecandelas le piden a los gusanos que los dejen tranquilos y se defienden alegando que ellos cumplen con las regulaciones establecidas y no se meten con nadie. Sí, así de sencillo.

Sin embargo, la pugna en redes sociales —porque, hay que hacerlo notar, toda la bronca es de lejitos, como dos vecinas que se insultan de balcón a balcón— ha cooperado para que se cree el consabido efecto bola de nieve —nada que ver con el compositor Ignacio Villa (comecandela) y “calestero del Partido Comunista”, según el escritor Reinaldo Arenas (gusano)— donde todos opinan, salen a relucir los “trapitos sucios” y las agresiones verbales terminan por sobrepasar los argumentos racionales.

Berrinches a un lado, lo menos importante de este desagradable y público asunto, es quién lleva la razón y, si nos sumergimos con objetividad en el lodazal, descubriremos que el factor político pesa menos que el personal. Lo cual hace todavía más insulso el escándalo. Puede que los poderes fácticos y gubernamentales, a uno y otro lado del estrecho de la Florida, manejen la perspectiva política porque de ahí se ganan los frijoles (muchos frijoles). Es repugnante, sí… pero comprensible. Que ahora algunos artistas emulen esta estrategia raya en lo patético, por no decir estúpido.

El triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro, ese monstruo de mil cabezas y otras tantas interpretaciones (la metáfora se puede aplicar indistintamente a la revolución o a Fidel), significó una vuelta de tuerca para la sociedad cubana. Cada quien, poco a poco, tuvo que amoldarse a las nuevas realidades. Y muy pronto, con el aumento de las carencias y la reducción de las libertades, el placer de vivir se convirtió en la ardua tarea de sobrevivir.

Cada quien escogió su método. Cientos de miles se echaron al mar. Otros aprovecharon la coyuntura y se acoplaron al nuevo sistema. No faltó quien se dispuso a luchar desde adentro. Algunos a favor, algunos en contra. Y es un hecho ineludible que, con el transcurso de los años, el factor político se replegó ante el económico. Cada vez más, los que se iban (los que aún se van) lo hacen huyéndole al hambre y no al comunismo. Si el comunismo les proporcionara el bienestar que necesitan (algo que no sucede, claro está), no sabrían ni dónde queda la Florida así como la mayoría de los estadounidenses no tienen la más puta idea de dónde se encuentra Cuba.

No me imagino a Alexander Delgado, por citar a uno de los comecandelas, cantando “La gozadera” por amor a la patria y a la revolución cubana. Lo hace porque le genera dinero. Punto. Y va a presentar sus temas donde considere que le deje mayores ganancias. Curiosamente, si lo hace en Miami, es porque hay muchos allá, comecandelas y gusanos, que asisten a sus conciertos, igualito que si se tratara de Willy Chirino (gusano). Les apuesto que si mañana le pagaran bien en Dubai, hacia allá se iba también. Su estrategia de sobrevivencia le salió de maravillas… porque hace mucho tiempo que dejó de sobrevivir para vivir, y vivir bien. ¡Ah!, y que nadie lo ponga en tela de juicio, Gente de Zona le debe más a Enrique Iglesias que a la revolución cubana. Así es el arte.

¿Doble moral? Este criterio sólo es válido si, realmente, traicionas tus principios. En el escenario político cubano se traduce a la persona que se considera revolucionaria, comunista, castrista o el título que queramos endilgarle y aprovecha las bondades que encuentra en territorio enemigo —o sea, Miami— para beneficiarse de las mismas. Dudo mucho, muchísimo, que Alexander Delgado, Haila o Descemer Bueno se hayan leído el Manifiesto del Partido Comunista, de Karl Marx y Friedrich Engels. El ejemplo resulta pantagruélico, lo acepto, pero mis dudas no se rebajan un ápice si me los pretenden presentar como defensores del ideario castrista.

¿Cuántos de los que hoy se pasean por avenidas estadounidenses no tuvieron, antes, que hacer escala en Radio Martí para hablar sobre temas que luego se esforzaron en olvidar? ¿Cuántos de esos mismos, mientras estuvieron en Cuba, tuvieron que componer odas a la revolución cubana o participar en  actividades patrióticas —sea lo que eso fuere— para luego denostarlas en tierra gringa? Ellos también fueron tildados de doble moral, traidores, gusanos, en fin… pero por los que permanecieron en el archipiélago.

Hoy, la historia se repite desde la otra orilla. Lo bueno es que todos opinan sobre el problema, lo malo es que nadie aporta soluciones. Y somos los cubanos, los de acá, los de allá, y los que andamos desperdigados en quién sabe dónde, los que cargamos con el estigma de unos cuantos que se ahogan en su propia rabia.

¿Saben quiénes son los únicos que se salvan de las acusaciones de unos y otros? Los que están jodidos. A quienes les va mal. Si permanecen en Cuba, los criticarán por quedarse. Si se fueron, les preguntarán con sorna ¿para qué se fueron? Pero nadie juzgará su moral, porque la miseria suele atenuar cualquier bajeza. Si Alexander Delgado no presumiera su Rolls Royce Wraith —valorado en más de 300 mil dólares— nadie lo tendría en cuenta. Y si lo criticaran por vanidoso, presumido o especulador, pues la bronca tendría más sentido, pero habría que hacer entonces lo mismo con Yoani Sánchez, que hace mucho tiempo dejó de ser la flaquita de rostro compungido, ropas ajadas, víctima del gobierno cubano que nunca la dejaba salir del país. Ya ganó unos cuantos kilitos, viste a la moda, entra y sale de Cuba cuando le da la gana y no vive nada mal. ¿Es por eso su labor menos importante? Para nada. ¿Es criticada? Por supuesto que sí… por los de adentro, claro.

Desde el mismísimo 1959, tanto el gusano como el comecandela se han ganado un lugar en la idiosincrasia con que se nutre nuestra cubanidad. Ambos representan parte de la diversidad que nadie, ni a la derecha ni a la izquierda de este embrollo, está dispuesto a aceptar. Intentar hoy, eliminar a uno de los dos de nuestra cotidianidad, sería lo mismo que intentar eliminar al negro o al gallego del teatro bufo cubano. Para bien o para mal, están ahí.

Tengo amigos que hacen arqueadas cuando escuchan nombrar a Fidel Castro y otros que no pierden la oportunidad de estrenar un pulóver con su imagen. A unos y otros los aprecio por igual. Escucho sus disertaciones políticas. A veces coincido, otras disiento, pero no juzgo sus capacidades artísticas desde un perfil político. ¿Puede existir sinsentido mayor? Recién leí una columna de Arturo Pérez Reverte, donde despotricaba contra la presunta responsabilidad ética y social de los escritores (extendámosla a todas las manifestaciones del arte). Asegura el español —y comparto su criterio— que asumir tal compromiso es una elección, no una obligación. Entonces, concentrémonos en lo que realmente interesa. ¿Arte o política?

Si es lo primero, pues que cada quien haga lo que quiera y pueda hasta allí, donde el talento y la buena suerte alcancen. Que Descemer Bueno toque en Miami y que Gloria Estefan venga a La Habana. Pero si de política se trata, apuntemos a carencias torales. Elecciones democráticas, libertad de expresión, prensa independiente, derechos humanos, hay mucha tela por dónde cortar. Ya déjense de estupideces. Porque la verdad, señores y señoras de la farándula y horda de acólitos circundantes, con estos dimes y diretes, pareciera que no se dan cuenta de lo más importante. Tienen el cadáver en casa y se enojan porque revolotean las moscas.

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Publicado en Otrolunes

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