El Marro, Gatell y la Virgen María

López-Gatell, COVID-19, El Marro

Así de desesperado anda el gobierno. Dando palos a ciegas con tal de que la opinión pública, azuzada por los medios de comunicación, pero sustentada por la sociedad, le otorgue un momento de respiro. Alcanzar tal portento sería similar a inhalar una bocanada de oxígeno que, si bien no lo va a salvar, al menos lo proveería de tiempo para dejar de chapotear en el lodazal informativo que él mismo ha creado y, con suerte, con muchísima suerte, la incriminadora curva de decesos se suavice o se avale la vacuna creada en los laboratorios de Rusia o la Virgen María le conceda a México el necesario milagro. De estas tres opciones, hoy, veo más probable la última.

Defender otra exégesis sería incurrir en una falacia imperdonable. En su afán por desprenderse de las críticas por el mal manejo de la pandemia, donde un día se anuncia que las cifras son benévolas y, al siguiente, se mantiene un forzado optimismo cuando se anuncia lo contrario, la captura del Marro, líder del cártel de Santa Rosa de Lima, junto a un grupo de sus secuaces, se anuncia con bombo y platillos.

El gobierno asegura que el éxito del operativo servirá para debilitar la banda delictiva que El Marro encabezaba y combatir la extracción ilegal de hidrocarburos en el estado de Guanajuato. Quizás la noticia sea bien recibida por los miembros del cártel rival, Jalisco Nueva Generación, quienes ahora sentirán menos presión para ocupar los territorios en disputa, pero no levanta mucho el ánimo entre el resto de los mexicanos que, ya en ocasiones anteriores, han visto cómo se descabeza una banda del crimen organizado para, al día siguiente, comprobar que un nuevo nombre ocupa el puesto libre y todo regresa a la macabra normalidad.

¡Ah!, y si de normalidades se trata, la nueva que ha propuesto y amparado el gobierno, para revivir una economía en coma y con pocas posibilidades de recuperarse, al menos a mediano plazo —ya Obrador reconoció que también crecerá la deuda nacional, aunque culpa a la depreciación del peso— le pudiera costar el cargo al subsecretario de Protección y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell.

Es una exageración, claro. López-Gatell tiene más seguro su puesto de trabajo que la mayoría de los mexicanos durante esta crisis sanitaria, que ahora preocupa más por sus connotaciones económicas que por su tasa de mortalidad. De hecho, la payasada —no encuentro mejor calificativo, y lo escribo con el respeto que se merecen los payasos profesionales— de los nueve gobernadores que exigen la renuncia de López-Gatell, a la postre, termina por consolidarlo. Además, es tan obvia la jugarreta política y los deseos de armar grilla que ni siquiera las redes sociales, tan ávidas de escándalos, se han apuntado para apoyar la moción. Seamos claros, aun si tuvieran razón en sus argumentos —que no lo tienen— linchar a López-Gatell sería lo mismo que matar al mensajero. Él da la cara porque es su trabajo y así se lo ordena el presidente, pero no es él quien calcula cifras ni arriesga pronósticos.

Esta vez los gobernadores críticos, que deberían estar buscando la manera de crear un frente común con el resto de los opositores al gobierno y beneficiarse de la ola de descrédito que sufre Obrador, cuya popularidad va en franco declive según diferentes encuestas, terminaron por ponerse a la par del presidente con sus dislates, lo cual ya constituye un exceso por sí mismo.

Sea porque la paciencia se le agota a causa de la pandemia o porque su egolatría se enquista más, nutrida por las mieles del poder, la realidad es que Obrador ha pasado de medianamente agresivo a francamente petulante en sus intervenciones. Sus comentarios, cada día, se tornan más groseros y autoritarios. Eso sí, de los muchos que ha pronunciado, destaco la decisión de usar cubrebocas cuando no haya corrupción en México. La frase que, sin duda, se agregará a su abultada lista de expresiones nefastas, si se analiza bien, no está exenta de astucia. A fin de cuentas, todos sabemos que al presidente no se le antoja cumplir con las medidas sanitarias de seguridad y, al mismo tiempo, estamos conscientes de que no será su administración la que erradique la corrupción en México. Por lo tanto, su insolente comentario pudiera convertirse en la única promesa que podría finalmente cumplir… y no la pudo aprovechar en campaña.

No será la detención de un narcotraficante ni las querellas promovidas por un puñado de gobernadores frustrados lo que sacará a México del atolladero económico y de salubridad en que se encuentra. Urge —desde hace mucho tiempo ya— una estrategia pragmática y factible que la nación pueda seguir. Y ese plan no existe. No hay un proyecto sustentable. Si millones de mexicanos mal viven al día es porque tienen un presidente que mal gobierna al día también. Sus instrucciones varían según sople el viento. Toma nota de gobiernos foráneos, desoye las necesidades del país, desconoce el verdadero impacto de la pandemia y todo lo quiere resolver con sarcasmos o críticas al neoliberalismo.

Necesita que alguien le grite al oído que los sarcasmos no nos salvarán ni el neoliberalismo nos matará. Antes lo hará él. Por eso hasta yo, agnóstico de hueso duro, he comenzado a rezar un rosario a la Virgen María.

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Publicado en Espacio 4

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