De votaciones y esperanzas perdidas

Revocación de mandato

La cercanía de las votaciones para la revocación de mandato en México multiplica fantasmas dentro de la sociedad como suele suceder siempre, a nivel individual, cuando lo desconocido acecha. En el ámbito político se suceden razones para no asistir a las urnas —promovidas por la oposición— tanto como para no perder la oportunidad de acudir —alentadas por el oficialismo—, pero se trata de un escenario comprensible. Igual sucede con la aprobación de proyectos de ley, creación de nuevas estructuras gubernamentales o iniciativas varias del Ejecutivo. Quienes pueden impulsar cambios, lo hacen; quienes no, lo critican.

Más interesante se me antoja visualizar el fenómeno desde una perspectiva fundamentalmente social —decir exclusivamente sería un riesgo desmedido dados los lazos que vinculan lo político con la social— y comprender su significado más allá de una premisa básica: una sociedad con conciencia política es una sociedad preparada para ejercer cualquier ejercicio democrático.

En este sentido los intersticios comunitarios juegan un papel fundamental. Por ellos se filtran la propaganda política que seduce, en el caso del México actual, a un sector poblacional enorme y muy fiel a la figura del presidente Andrés Manuel López Obrador —no tanto a su partido—, conformado casi en su totalidad por ciudadanos de escasos recursos económicos. Estos intersticios van más allá de las conferencias matutinas o las cápsulas pagadas en los distintos medios de comunicación. También están presentes en el famoso «boca a boca» y en las pequeñas iniciativas que promueven personas «de a pie» y sirven de inspiración al resto de los conciudadanos.

Una visita obligada a Ciudad de México me permitió comprobar cómo puentes, espectaculares y bardas estaban infestadas de mensajes de exhortación a favor del voto. La mayoría de ellos, no lo niego, contaban con las señas claras de un trabajo profesional. Otros, sin embargo, tenían esa apariencia artesanal —una manta demasiado pequeña, una caligrafía manual, un póster en un espacio poco concurrido— que denota el esfuerzo de alguien ajeno a la maquinaria propagandística gubernamental.

Pero, ¿por qué lo hacen? Para esta pregunta hay dos respuestas bastante obvias. La primera, por gratitud. Como el perro callejero que se queda a dormir en la cochera de nuestra casa porque un día se nos ocurrió arrojarle un hueso, hay personas que sienten la necesidad de devolverle al presidente un poco de la caridad que ha mostrado para con ellos. La segunda —acaso la más poderosa— por esperanza. Desde tiempos inmemoriales la promesa de un futuro mejor ha servido como grillete para los seres humanos. Especialmente porque nos dejamos atenazar por esta de manera voluntaria. Se le ha llamado ilusión, con marcado acento romántico, o fe, si nos desplazamos a la religión. No importa su nombre. El principio es el mismo. Aguardamos por aquello que no tenemos y anhelamos. Y si alguien nos pide algún pequeño ejercicio de buena disposición para apurar el camino y recortar la espera, accedemos a hacerlo sin pensarlo dos veces. Ya sea acudir a una urna o incinerarnos en ella.

Dentro del ajedrez político mexicano, el resultado de la votación está cantado de antemano. El presidente López Obrador saldrá fortalecido y la oposición desacreditada. Dentro de la enmarañada red social, el mensaje es alentador para millones de personas: «nosotros lo hicimos posible». Una victoria que, por instantes, borrará la miseria de la vida de muchos y reforzará la idea de que el mañana puede ser mejor. O pasado mañana. O el día siguiente. ¿Quién sabe?

Una anotación política al margen. Para quienes temen a estas alturas la reelección del presidente al término de su sexenio, pueden dormir tranquilos. La fortaleza de Obrador se basa en su popularidad y, su popularidad, en la consistencia de su ideología con marcado acento maderista. Traicionar a Francisco I. Madero sería traicionar a la Revolución Mexicana y todo su legado.  Sería echar al caño la confianza que ha logrado gestar en la sociedad mexicana, algo que ninguno de los presidentes recientes que le precedieron lograron. Ni siquiera Vicente Fox en su mejor momento de proclamado volantazo político. Cambiar la Constitución para reelegirse en México evoca un sinsentido. Alude a prácticas que solo tienen cabida en naciones sin democracia como Cuba o Nicaragua. Puede que López Obrador sea tildado de presidente de izquierda. Incluso hay quien lo ha llamado excéntrico o autoritario. Pero ha demostrado que sabe bien cómo hacer de la política un ejercicio popular y populista. Y aunque no ha sido el único en lograrlo, al menos no se apellida Castro. Eso ya es ganancia suficiente.

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Publicado en Espacio 4

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