Cubanos de aeropuelto (3 de 3)

Cubanos de aeropuerto

Encuérese quien pueda

No fueron veinte ni cuarenta los minutos de retraso, sumaron cincuenta. Casi una hora invertida en una espera que desespera. Y lo peor es que nadie, mucho menos yo, vaticinaba que tras notificarnos la posibilidad de comenzar el abordaje del avión, todavía habríamos de soportar una demora extra. Esta vez por causa directa de las mulas cubanas y el regodeo malsano —muy mal disimulado— de las autoridades aeroportuarias mexicanas.

De algún lugar apareció una báscula rodante. No me había tocado presenciar algo similar y juro que una mujer con cuerpo despampanante no hubiera llamado tanto la atención. El imprevisto artefacto fue colocado justo al frente del módulo donde pregonaban la venta de visas cubanas. Un prodigio al que sí me he habituado. No deja de ser irónico que mientras en el consulado de México en La Habana obtener este permiso trasnacional cuesta sangre, sudor, lágrimas y dinero, mucho dinero, en el caso de ingresar a Cuba los turistas mexicanos pueden hacerse de la misma autorización, segundos antes de tomar el avión. La visa se ofrece como fruta con fecha de caducidad. Rápida y barata. No me extrañaría que un día imitaran a los vendedores ambulantes. “Vamos, tu visa aquí, vamos, fresquecita”.

Aun así, ningún verso habría logrado que los allí presentes apartaran su vista de la báscula. Murmullos, bocas que rozan oídos, manos que ocultan labios, constituían señales evidentes del nerviosismo reinante. De alguna forma, la aprensión de los demás hizo presa de mí. Sin percatarme apenas aseguré la mochila que llevaba a mis espaldas como si la laptop pudiera escaparse y echar a correr. Escudriñé los rostros preocupados de quienes se hallaban más cerca. Sudaban. Uno y cada uno. El clima templado de la sala no hacía efecto en ellos.

De pronto, una mujer, ataviada con el uniforme de la aerolínea, levantó su mano derecha y, por un instante, acaso una milésima de segundo que pareció ocupar la infinitud del universo, dejamos de ser cubanos. Hicimos silencio.

—Les recordamos que para el equipaje de mano sólo se permiten hasta diez kilogramos por persona —articulaba las palabras con una cadencia exasperante, como si rumiara cada sílaba—. No se permitirá el ingreso al avión a quienes sobrepasen esta cifra hasta tanto no se deshagan del excedente.

Fue ahí cuando estalló la bomba. Los cubanos, en promedio, solemos ser bastante expresivos. Hablamos rápido, alto y con las manos más que con la voz. Sin embargo, lo que sucedió entonces sobrepasó límite y medida. Los murmullos dieron paso a exclamaciones, gritos e improperios. El desorden se generalizó y, tal cual suele suceder en esos casos, todos decían de todo y nadie entendía nada. Algunos lanzaron sus bultos contra el suelo para evidenciar su enojo. Otros hacían señas obscenas a la mujer que nos había dado la mala noticia. Una señora, mexicana a leguas, abrazó a su niña con la intención de protegerla. Una segunda, apostada muy cerca, abandonó la fila —que ya ni siquiera se podía llamar fila— y buscó refugio en la sala colindante.

Por supuesto, nadie iba a hacerles daño. Ni siquiera reparaban en ellas. En ese momento cada mula se limitaba a pensar en cómo salvar su mercancía. Un pantalón, un pulóver, así se tratara de una crema abandonada, se traducía en la pérdida de dinero que ya no habría forma de recuperar. Sin contar quienes se arriesgaban a un castigo —sabrá Dios de qué naturaleza— por no completar el encargo que su jefe le había encomendado. Ipso facto, visualicé a Yoani rindiéndole cuentas a su patrón de Centro Habana. La imagen, ficticia y aterradora, me estremeció.

El escándalo iba in crescendo. Algunos curiosos se detenían en el pasillo principal para atestiguar el suceso. “Cubanos”, decían, “cubans”, “cubains”. Celular en mano, no faltaron fotos y videos. Imágenes que jamás serán publicadas por una revista turística. La algarabía era tal que temí ver aparecer a la policía del aeropuerto para imponer el orden. Pésima situación. Peor publicidad.

Y sucedió lo inesperado. El bullicio se convirtió en aquelarre. Como al llamado de una orden, hombres y mujeres se fueron desperdigando por la sala de espera. Los que corrieron con mejor suerte ocuparon las esquinas. Los demás tuvieron que ubicarse en el centro mismo del lugar. Y allí, sin aviso ni miramientos, empezaron a despojarse de sus ropas.

Confieso que tardé en comprender. Zapatos, blusas, pulóveres, ¡hasta calzones!, surgían por aquí y por allá, entre cuerpos semidesnudos. Hombres y mujeres obraban con rapidez. El pudor, metido en Dios sabe dónde. ¿Qué significaba todo aquello? La escena se me antojaba onírica y poco faltó para recurrir al viejo pellizco con tal de convencerme de que no soñaba cuando divisé a la parejita de mochila pantagruélica y atiné a darle sentido a aquel completo sinsentido.

Cubanos de aeropuerto
Striptease en la sala de espera.
La necesidad no entiende de pudor / Foto: Edgar London

Él intentaba, con muy escaso éxito, servirle de mampara humana. Ella escurría su ropa interior por debajo de una minifalda. Su mochila enorme, abierta de par en par. De ahí comenzaron a sacar prendas, la mayoría aún en sus estuches, que ella se dedicó a ponerse. Ya no se trataba de un calzón, sino de varios. Le siguieron un par de lycras. Luego se enfundó un vestido blanco. A continuación, otro short blanco por debajo del vestido. Pensé que había terminado y me equivoqué. Tras meditarlo un instante, todavía extrajo de la mochila otra lycra negra. Moviendo las caderas a derecha e izquierda logró que ésta también entrara. Y aún faltaba. Se quitó los tacones cafés que calzaban sus pies y se enfundó varios pares de calcetines. Por último, sustituyó los tacones por unos tenis Nike.

Él no se quedó atrás. Sacó de la mochila un suéter y un abrigo con los que cargó su anatomía. La gorra que llevaba en la cabeza fue cubierta por un sombrero norteño. Emulando a su pareja, agregó nuevos calcetines a los que ya portaba. Como detalle final, de las bolsas laterales de su equipaje de mano, sacó dos lentes de sol que ambos se acomodaron a pesar de que, en la sala de espera, no llegaba ni un rayo del astro rey.

No eran los únicos. Cada quien trataba de resolver el problema a su manera. Pude presenciar asociaciones improvisadas. Viajeros que no llegaban a los diez kilogramos aceptaban cargar con objetos de terceros. No descarto la solidaridad cubana. Tampoco la posibilidad de un arreglo financiero de emergencia. Con cada movimiento las mulas chequeaban el resultado en la báscula. En sus ojos el apremio por salir del molesto trance. Una sonrisa significaba que ya podían abordar al avión. Un ademán de negación, un resoplido o dirigir la vista hacia arriba,  en busca de ayuda divina, implicaba dar media vuelta y tratar de vaciar aún más sus bolsas y mochilas.

Finalmente, el sálvese quien pueda —que en este caso podría tomarse por un encuérese quien pueda— adquiría lógica y razón de ser. El aparente aquelarre respondía a una dinámica muy bien estudiada. Por supuesto, resulta imprescindible quitarse un pantalón si, por debajo, vas a sumar blúmeres, shorts e incluso, lo atestigüé directamente, bisutería y pequeñas misceláneas que acomodaban de alguna ingeniosa manera.

Quiero pensar que algunos artículos íntimos terminarían siendo propiedad de la persona que los usaba y no elemento de mercadería, mientras el resto, los que no fueron sustraídos de sus estuches y llenaban los bolsillos, se usarían en el mercado. Puras conjeturas. En Cuba cualquier portento es posible y bajo el empuje de la necesidad, la gazmoñería termina ahogada.

Eso sí —aclaro en honor a la verdad— nadie quedó nunca completamente desnudo. Aunque, como suelen decir las revistas que se dedican a la farándula, hubo quien dejó muy poco a la imaginación. ¿Por qué no usaron un baño? No me atreví a preguntar. Quizás no querían perder un segundo más en aquella angustiante espera. Quizás preferían tener cerca a alguien que pudiera auxiliarlos o darles algún consejo sobre qué prendas priorizar. Toda posible explicación no deja de ser una hipótesis.

Lo cierto es que si en otras latitudes, las mulas intentan pasar inadvertidas, a la versión cubana eso le tiene sin cuidado. Saben que no trafican con drogas —no la generalidad, advierto— y, asimismo, están conscientes de que nadie los puede obligar a vestirse de un modo u otro. Si alguien quiere usar diez calzones, tres pantalones, una blusa, una camisa, un abrigo y echarse encima, además, una cobija a modo de poncho, es problema suyo. Entre los individuos, como entre las personas, el respeto al derecho ajeno es la paz. ¿No dijo eso Benito Juárez? Los mexicanos lo saben. Las mulas cubanas, también… y aprovechan.

No importaba cómo. Las cosas tenían que llegar a La Habana. Los destinos internacionales para comprar mercancía cada vez son menos. El cerco se cierra alrededor de este negocio y las opciones menguan. A veces por el costo de los boletos de avión que se disparan ostensiblemente; en otras ocasiones a causa de nuevas regulaciones para el transporte de productos, como instruyó la aerolínea COPA —muy frecuentada para ir a Panamá— que desde mayo de este año redujo a uno el equipaje de 23 kilogramos exento de pago, y no dos como venía sucediendo hasta la fecha; no falta tampoco que la aduana cubana emita nuevas restricciones para el proceso de importación; o, por último, la más drástica, la dificultad para obtener una visa, tal cual sucede con el propio México, donde se hace prácticamente imposible gestionar una cita, a menos que se pague por ella —¡por la cita!, ni siquiera por la visa— y luego esperar a que se cumpla con los requerimientos necesarios a cuenta y riesgo del interesado.

Al presenciar el inusual espectáculo, una pregunta hizo escala en mi cabeza. ¿Cómo obraron con tanta rapidez? Con tanta coordinación. Recordé la frase del mulato. ¿No que en este aeropuerto siempre era lo mismo? De ahí se desprende que ya las mulas sabían a lo que se enfrentaban. La norma de los diez kilogramos no era ninguna novedad y, a pesar de ello, los cubanos tendemos a tentar la suerte. Aclimatados a los vaivenes reglamentarios de nuestro país, donde un día se cumple a rajatablas el código y, al siguiente, lo ignoramos olímpicamente, pensamos que en todos los lugares es igual. Craso error.

Nada cuesta pesar con anticipación nuestras pertenencias, principalmente si eres mula. Pero prefieren encomendarse a los santos y no a la disciplina, para divertimento de las autoridades mexicanas que mal disimulaban su regocijo. Y dejo constancia de su razón. Reglas son reglas. No obstante, ningún estatuto justifica la sorna con que trataban a las personas. Estaban conscientes de lo que hacían y, lo puedo apostar, también lo disfrutaban. Compartían miradas cómplices, se dirigían señas que no siempre lograban ocultar y no faltaron los gestos despectivos como si interactuaran con cerdos y no con seres que batallan, a diario, para solventar sus necesidades básicas.

Advierto que no llevé a cabo una inspección general. Sin embargo, no encontré un solo objeto que fuese abandonado por su dueño. De un modo u otro, disfrazados de fantoches, ahogados por el calor de los abrigos en pleno verano o con el pudor hecho pedazos, todos pudieron ingresar a la aeronave luego de hallar espacio en su anatomía —o en la de un cómplice— donde acomodar el exceso de equipaje.

Fui de los últimos en abordar. Curiosamente, en el interior del avión y sin esperar siquiera a que despegase, el baño sí fue utilizado para despojarse de las prendas extras. Fue un ejercicio que se prolongó durante buena parte del vuelo. Los pasajeros entraban con un atuendo y salían con otro. Para cuando aterrizamos en la terminal tres del Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana, el desfile de moda había concluido.

Pasé el procedimiento de chequeo —que en Cuba no pierde su viso militar— con la mayor celeridad que me fue posible. Quería, me urgía, salir de allí. La estera, encargada de entregar mi equipaje, no giraba. La tensión se respiraba en el ambiente. Luego de unos quince o veinte minutos comenzaron a aparecer los primeros bultos y, con los primeros bultos, las primeras discusiones. Los efectivos aduanales iniciaban su enigmático proceso de selección. “Esto pasa, esto se queda”. Otra vez, cubanos contra cubanos.

Lo peor apenas comenzaba, pero mi cansancio —hastío, para ser sincero— le ganó a mi curiosidad. Sin mirar hacia los lados, apenas apareció mi maleta, la agarré y, junto con mi laptop, me dirigí a la puerta de salida. Sabía que afuera mi cuñado ya me esperaba. ¿Cuál no sería mi facha y estampa que él, al verme, preguntó incluso antes de saludar: “y tú de dónde saliste?

Mi respuesta no pudo ser más exacta.

—Del aeropuelto, asere, del aeropuelto.

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