Cubanos de aeropuelto (2 de 3)

Cubanos de aeropuerto

Costumbres que matan y costumbres que salvan

—En este aeropuelto siempre es lo mismo —exclama un mulato, visiblemente enojado. No se dirige a nadie en específico, pero logra que buena parte de los allí reunidos lo escuchemos. Es una modalidad de diálogo muy utilizada en Cuba. A veces nadie responde; a veces alguien lo hace directamente; otras, la contestación surge del mismo modo, como si se hablara al aire, y el diálogo se establece de manera indirecta, teatral, casi mágica.

Estamos en la sala de espera. El paso final antes de abordar, y acaban de informar cierto retraso por motivos inesperados, inentendibles, y para nosotros, ineludibles. Cosa de veinte minutos, anuncia de forma oral un joven que cuida las puertas por donde debemos ingresar al avión. Cuarenta, calculé por experiencia. Las pantallas que brindan información todavía no incorporan la nueva variante de estado. Examino mi alrededor en aras de prepárame para otra sesión de aburrimiento. Los asientos están ocupados. Tres cuartas partes por personas. El resto por el equipaje de esas mismas personas. Nadie dice nada. Cada quien intenta, a su manera, hacer menos fastidiosa la obligada estadía.

Los celulares pululan por doquier. Los dedos se mueven con velocidad sobre el teclado o la pantalla. Hay risas aisladas. Se me antoja una imagen fuera de contexto si pienso en Cuba. Cuando salí del país no estaban tan extendidos. Hoy es una costumbre generalizada utilizarlos. En raras ocasiones para comunicarse con otra persona. El costo de las llamadas resulta excesivo para el cubano común. Es mejor escribirse mensajes, textear. O ¿por qué no?, utilizar códigos especiales. Marcar y colgar para que sea el otro quien llame desde un equipo fijo. Marcar a la hora de salida del trabajo, sólo para avisar. No es necesario contestar.

De cierta manera, seguimos cultivando la esencia del diálogo indirecto y mágico. Lo real maravilloso, diría Carpentier. Lo tecnológico real maravilloso, podría agregar. Aun así, soy yo quien no se acostumbra a las nuevas costumbres. Tampoco a llamarlos móviles, como hace la mayoría de los que residen en mi país. De haberme quedado, diría móvil en lugar de celular. De haberme quedado, también hubiera cargado con sesenta o setenta kilogramos de equipaje, en lugar de quince. Entonces, la chica que antes pesó mis pertenencias habría estado segura de que sí soy cubano porque para los trabajadores del aeropuerto a un cubano se le identifica por el número de bultos que carga. Mi idiosincrasia a prueba de kilos. Nuevas costumbres que se van arraigando, y para mal.

Por un momento me sentí tentado a acercarme al mulato y preguntarle por qué aseguraba que en este aeropuerto siempre es lo mismo. ¿Acaso conoce muchos aeropuertos? No resulta un cuestionamiento descabellado. En teoría, los cubanos podemos viajar a treinta y un naciones sin necesidad de visa. Aunque la mayoría de ellas no reúnen las características mínimas necesarias para desarrollar el trasiego de mercancía. Los destinos ubicados en Europa, Asia y África, prácticamente se dan por descontados. Los pasajes de avión salen muy caros, el idioma a veces se torna un obstáculo y las costumbres difieren mucho de las que caracteriza a un cubano. Estos tres elementos, combinados, hacen casi imposible llevar a feliz término un proceso de negociación que, por lo general, requiere de mucha sagacidad y no poco verbo. Hago referencia, claro está, a los destinos en esos continentes que no exigen una visa a los cubanos. Si no fuera porque España no se encuentra entre éstos, podría ser el mejor nicho de mercadería. Pero llegar a España de manera legal, poco a poco, se ha convertido en una acción que más pinta lleva de portento.

Quizás el mulato no ha visitado otro país que no sea México. Dadas las limitantes que cercan la existencia del cubano promedio, esta hipótesis se me antoja mucho más creíble. En ese caso, debe haber pisado muchas veces tierra azteca para sostener su comentario. De hecho, estas latitudes se han convertido en uno de los mayores proveedores de pacotilla —diría Yoani— para vender en Cuba. Entre México y Panamá se disputan el primer lugar. Basta echar un vistazo a las bancas ocupadas por maletines y bolsas —sí, aún no me he podido sentar— para tener una idea de cuántos artículos piensan ingresar per cápita. Si se tratara de otra aerolínea, si acaso fuéramos a viajar a otro país, alguien pudiera conjeturar que no se trata de equipajes de mano. Pero vamos a Cuba y las reglas son muy diferentes.

Urge recuperar el dinero invertido, de forma clandestina, en una cita para obtener la visa y llegar a México. Son alrededor de mil dólares. Una cifra que muy pocos, al interior del archipiélago, pueden ganar ya no digamos en un año, ni siquiera en dos. Y creo ser conservador. Súmese, además, el costo de los boletos y los viáticos. No hay de otra. Quienquiera que se haga con una visa mexicana exprimirá al máximo su itinerario. Y si alguien cree que la capital es la opción número uno para estos menesteres, se equivoca. Cancún la desplaza por amplio margen. Se me pone la carne de gallina cuando imagino cómo será el barullo en el aeropuerto de aquella ciudad.

—Yo estaba aquí primero, asere —el mulato se dirige a un muchacho que viene acompañado por una pelirroja y se ha ubicado cerca de él. Las malas pulgas del mulato me instan a dejarlo tranquilo. Sospecho que no sería tan comunicativo como Yoani.

La pareja ni replica. Son bastante jóvenes y cargan mochilas dignas de una expedición al Himalaya. Ella ha practicado un gesto que, a todas luces, significa: no vale la pena. Toma del brazo al joven y ambos se forman detrás del mulato. No transcurren ni cinco minutos y ya se divisa una fila bastante extensa. Las personas abandonan a cuentagotas sus asientos y engrosan la comitiva que apunta a la pasarela que da acceso a la aeronave.

Eso no significa que los asientos se desocupen. Para nada. Cada vez que alguien se levanta, deja en su lugar una parte de sus pertenencias que es resguardada, a su vez, por algún amigo o incluso un desconocido. “¿Me le echas un ojo?”, se convierte en una petición recurrente.

El encargado de cuidar las puertas que, minutos atrás, anunció el retraso, ahora advierte en voz alta que no es necesario hacer fila. Que todavía falta algo de tiempo para abordar y la aerolínea avisará con antelación cuándo podemos ingresar al avión. La gente a su alrededor lo escucha, pero se sigue aglomerando. La fila ya más parece semilla de mamey, afilada en las puntas y abultada al centro. El hombrecillo insiste en que no se formen. “No es necesario”, repite. La gente lo ignora. Cada vez son más. Somos más, rectifico, porque yo también me he sumado. A fin de cuentas, para estar de pie, mejor junto a los demás. Cosas de cubanos. Costumbres que sobreviven por debajo de la piel, impregnadas en el alma, y que ningún horizonte extranjero es capaz de extirpar.

El encargado del orden busca apoyo entre sus compañeros, quienes se hacen de la vista gorda y lo abandonan a su suerte. Sabe que no puede. No comprende la razón de tamaño empecinamiento por parte nuestra. Jamás comprendería. Donde él ve una fila, nosotros vemos una cola. Y “hacer cola” es una práctica tristemente enraizada en nuestro hábitat. En una tienda, en una bodega, a solas, acompañados por nuestra madre, de niños, de viejos. Es una cola y punto. Reaccionamos como el perro que escucha el silbido de su amo. Aunque no nos guste. Aunque la odiemos. Ahí estamos. ¿De qué manera explicarle ese fenómeno a un mexicano? ¿Qué va a saber nadie que no haya nacido y se haya criado en esa tierra caótica, terca y hermosa que llamamos Cuba y de la cual, todos queremos salir, para poder regresar?

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