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Cubanos de aeropuerto

De pesos y pesares

—¿Seguro que es cubano? —me pregunta, con asomo de broma, la chica encargada de verificar mi documentación y pesar mis pertenencias en el aeropuerto de Ciudad de México.

Le respondo que sí y le muestro mi pasaporte que no deja lugar a duda. Me dispongo a viajar a La Habana. Ella se ríe una vez más y niega con la cabeza como si no lo creyera. El motivo de su escepticismo se encuentra en la cifra que marca la báscula donde descansa mi maleta. No alcanza siquiera los quince kilogramos. Por si no bastara, apenas llevo una laptop como equipaje de mano.

—Debería haber más cubanos como usted —dice al regresarme mis documentos y me desea un feliz viaje.

Sé que se expresa sin malicia, pero lo que probablemente debía considerar un cumplido, a mí me parece más una ofensa. Tendría que explicarle que no soy tan diferente a los demás que hacen fila a mis espaldas. Que jamás ha cambiado mi esencia, si acaso mi entorno. Aunque, claro, se trata de una argumentación demasiado simplificada para justificar un fenómeno que se ha desarrollado por más de sesenta años y, al interior de nuestro archipiélago, día tras día engulle vidas y corduras. Razón social determina conciencia social, me recuerdo a mí mismo. A ella, la chica del aeropuerto, nada le digo. No entendería. Hay absurdos con los cuales sólo los cubanos podemos lidiar.

Cubanos de aeropuerto
Trasiego internacional de mercancías.
El más rentable negocio de Cuba hoy / Foto: Edgar London

Observo a mi alrededor mientras me despido y puedo contar decenas de paisanos en espera de ser atendidos para abordar el avión. No encontré uno, lo confieso, que no cargara con bultos que fácilmente duplicaban o triplicaban el límite máximo permitido por la aerolínea: veinticinco kilogramos.

Tampoco es problemas para ellos. Saben que van con sobrepeso y están dispuestos a pagar sin reparos el exceso que les indiquen. La diferencia entre ellos y yo no radica en la nacionalidad —como sugiere, jocosa y erróneamente, la chica del aeropuerto— sino en el propósito de la travesía. Yo vuelo por asuntos familiares. Ellos, por negocio.

Son las mulas cubanas y se les reconoce fácilmente a causa de la enorme cantidad de paquetes que llevan consigo, casi siempre, protegidos por una capa de plástico. Precaución extra que, también aquí, están dispuestas a pagar, con tal de que su mercancía corra menos riesgos en el trasiego que debe soportar antes de arribar a su destino.

No son todos. No pueden serlo. A esa idea me aferro. Pero en Cancún o Ciudad México el enorme número de cubanos que se dedican al trasiego internacional de mercancía no permite distinguir, en un aeropuerto, a quienes viajamos por otras razones.

Se trata de una práctica que siempre ha existido, debo advertir, pero desde el 14 de enero de 2013, cuando entró en vigor la reforma migratoria y se le concedió a la mayoría de los residentes en el archipiélago —todavía se excluyen a quienes son considerados “vitales” para el país, fuera lo que esto fuese— para viajar al extranjero sin necesidad de una carta de invitación ni el restrictivo permiso de salida —la tristemente célebre “tarjeta blanca”— esta actividad ha encontrado adeptos de manera exponencial.

Y es lógico. Cuba representa una fuente inagotable de carencias materiales. Por lo tanto, prácticamente cualquier elemento que se ingrese a la nación, desde un par de chancletas hasta un equipo de refrigeración, cuenta con un altísimo grado de posibilidades de ser vendido. Contrario a lo que ocurre en otras latitudes, el problema no radica en hallar un cliente potencial en suelo patrio, sino en tratar de ingresar el mayor número de valores posibles.

A partir de esta circunstancia se priorizan objetos que ocupen poco espacio o sean ligeros. Si cumplen con ambos rasgos, mucho mejor. Así comienzan a experimentar las primeras mulas, como Yoani —el nombre, por supuesto, es falso— quien ni siquiera es dueña de la mercancía y accede a moverlas por un monto que varía de cien a doscientos dólares. Aunque hay quien lo hace incluso por menos, acota, “con tal de viajar”. Ella apenas está en su segunda entrega. Ha cumplido con una lista de artículos que le dio, antes de partir, el propietario del negocio. Un hombre de Centro Habana, quien tiene trabajando para sí a otras tres mulas y que, como dato curioso, no ha salido jamás del país. “Un tipo chévere”, me dice, “paga el pasaje de ida, de vuelta y todavía me da un poco de dinero para mis gastos afuera”.

Yoani no debe sobrepasar los veinticuatro o veinticinco años, se sienta cómodamente sobre los paquetes que transporta, y no le importa ofrecer pormenores del asunto siempre y cuando no cite nombres reales ni fotografíe su rostro. Lleva consigo ocho carnés de identidad —identificación oficial cubana— porque, asegura, “hay algunas cosas, como las bicicletas, que no te dejan pasar más de cierta cantidad por persona”.

Confiesa que no le tiene miedo a las autoridades mexicanas. “Yo cargo pacotilla na’ ma’”, pulóveres, blusas, camisas, jeans —muchos, muchos jeans porque se venden rápido y bien—, zapatos de niños, bisuterías para damas… “esta gente (se refiere a las autoridades mexicanas) no está pa’ eso”. Me vienen a la memoria los frecuentes operativos en Tepito, pero la dejo hablar. En realidad, hasta cierto punto, tiene razón. Por muchos kilogramos de ropa que intente ingresar a Cuba, no se compara con las toneladas de productos que circulan en el mercado negro de Ciudad de México. “El lío es en Cuba”, suelta de pronto, como si leyera mis pensamientos, “la aduana se pone de pinga”. Le digo que algo he leído al respecto. Hace dos años se intensificaron las regulaciones para entrar productos a territorio nacional, vía turística, y si algo es conocido en la mayor de las Antillas, es que las modificaciones estatutarias rara vez surgen para apoyar al ciudadano común. “Y se va a poner peor”, augura Yoani, con ese pesimismo que llevamos marcado la mayoría de los cubanos cuando tratamos temas de gobierno y que, en mi caso particular, ni siquiera trece años de exilio me han logrado arrancar, “pero porque les conviene, eh, ¿tú crees que todo lo que nos quitan en el aeropuelto se lo devuelven al gobierno? ‘Tas loco. Más de la mitad no lo reportan y se lo quedan los mismos que trabajan ahí”. Canibalismo en su expresión más acérrima, deduzco. Ya no se trata de combatir a los yanquis, al imperio, a todo para lo cual nos han estado entrenando desde 1959. Joder a los malos, en fin. Ahora los buenos joden a los buenos. Cubanos contra cubanos. Los menos buenos a los más buenos. O viceversa. A nadie le importa. “Hay que lucharla”, remata Yoani.

Iba a respaldar su opinión con un par de anécdotas al respecto, pero se incorporó de pronto y empezó a empujar sus bultos, envueltos en plástico, hacia una estera vacía. “Ya me toca”, soltó sin mirarme, concentrada en el traslado de los paquetes y atenta a no perder alguno. La ayudé, no sin poco esfuerzo. Para mí era imposible cargar uno solo de los fardos así que tuve que hacerlos resbalar por el suelo. Conté siete grandes. El resto, de medianos a chicos, asumí que se trataba de equipajes de mano.

Yoani no me dio las gracias. Tampoco las esperaba. No por mala educación, sino por esa camaradería intrínseca que portamos muy adentro todos los cubanos. La misma que nos facilita tratar al desconocido con la misma confianza que al amigo de años. Supuse que me la volvería a topar en la sala de espera antes de abordar la aeronave. O tal vez no. El punto es que ya me marchaba cuando escuché un leve silbido. Era ella. “Oye, ya tú sabes…”, me dijo y se colocó su dedo índice frente a los labios. Sólo entonces sonrió.

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