¿Cuántos Floyd hay en México?

Victimas

A Yair López lo mató un policía el 27 de marzo en Tijuana. Al día siguiente, no sucedió nada.

A Giovanni López lo mataron el 4 de mayo, luego de ser detenido por elementos de seguridad en el municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, Jalisco. Al día siguiente, no sucedió nada.

A George Floyd lo mataron el 25 de mayo en Mineápolis, Minesota (Estados Unidos), mientras era arrestado por cuatro policías. Al día siguiente las calles del país vecino se abarrotaron con personas que clamaban justicia y exigían la cabeza del policía culpable, sus cómplices y hasta la del presidente Donald Trump.

Y ahora, azuzada por la actuación de los estadounidenses —luego de más de un mes de los crímenes que le costaron la vida a Yair y Giovanni— la sociedad mexicana sale a protestar y convoca a mítines físicos y virtuales. Los famosos aprovechan para apoyar las demandas ciudadanas y, como suele suceder, algún que otro político se agarra de los grotescos sucesos con el afán de acarrear agua para su molino.

¿Por qué? Es decir, ¿por qué los mexicanos tuvieron que esperar a que los estadounidenses se hicieran sentir para luego ellos imitarlos? ¿Acaso falta iniciativa o compromiso?

Este fenómeno es algo sumamente común en otros ámbitos. Convoco a adelantos tecnológicos, refritos de telenovelas, incluso elementos de índole legal que son descaradamente copiados por los políticos nacionales, pero apelar por justicia no se contaba entre ellos. Mucho menos, si se enmarcan en la defensa de los derechos humanos.

Hablamos de la vida de personas inocentes que son arrancadas, ya no por el archienemigo de la paz en estos rumbos —léase el crimen organizado— sino por los elementos que, supuestamente, están a cargo de nuestra seguridad y que, para más inri, viven de los salarios que se derivan, a la larga, de nuestros propios impuestos. Dicho de manera más clara, tanto Yair como Giovanni, sin sospecharlo siquiera, pagaron para que los mataran.

En México, los atropellos policiales y también militares —al menos desde 2006, cuando Felipe Calderón inició su guerra frontal y caótica contra el narcotráfico— van a la alza. Hoy no es secreto para nadie que un agente uniformado no infunde respeto… provoca temor. Cuando debería ser justo lo contrario.

No olvidemos a los dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey asesinados el 19 de marzo de 2010. Murieron en medio del fuego cruzado, sí… pero fue el Ejército el encargado de colocarles fusiles a un lado y golpearlos para hacerlos pasar como miembros de una banda delincuencial.

Que tampoco caiga en el olvido la masacre de Ttatlaya, donde al menos 22 civiles fueron ejecutados extrajudicialmente por militares. A esas víctimas también las intentaron hacer pasar por un grupo de resistencia cuando, al menos 13, fueron balaceadas mientras se encontraban arrodilladas y de espalda.

Los ejemplos sobran. Y una y cada una de las personas que han perdido la vida en manos de las autoridades, representan un George Floyd en potencia. Si esos crímenes ocurren, es, en primera instancia, porque la sociedad lo permite. Falta contundencia en los reclamos. Falta agitar las ramas más altas del carcomido árbol del gobierno. No todo se resuelve con memes graciosos y buenas intenciones. Urge hacerse sentir con la misma intensidad del dolor que nos hacen sentir.

López Obrador cacarea a los cuatro vientos que su administración encara la corrupción y sanea dependencias —generalmente las desaparece—, pero estos asesinatos son la peor forma de corrupción que puede manifestarse. No cuesta dinero ni cargos políticos. Cuesta vidas.

¿De qué valen tantas pruebas de aptitud? ¿De qué valen tantas labores de saneamiento en los cuerpos policiales? La realidad no está tras las pantallas de televisión sino en las calles. Es allí donde están matando a inocentes. Es ahí donde la policía y los militares se sienten dueños del mundo. Y ese absurdo sentido de pertenencia es sustentada por el gobierno.

A nosotros nos corresponde recordarles que ellos son servidores públicos, no dioses implacables. Si se les golpea con fuerza, sangran como sus víctimas. Sangran como nosotros. Hoy nos toca vestir la piel de Yair, de Giovanni, de George Floyd, a sabiendas de que mañana podríamos compartir su afligido destino. ¿Cuándo les tocará a las autoridades? Pregunto: ¿Cuándo?

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Publicado en Espacio 4

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