Consignas no ganan medallas

Cuba en Panamericanos 2019

Cuba cayó… otra vez. Los recién finalizados Juegos Panamericanos Lima 2019 constituyen la crónica de un fracaso anunciado. No sólo descendimos otro peldaño en la tabla de posiciones por países, sino que obtuvimos menos medallas de oro que en la edición anterior del torneo, a pesar de que participaron la misma cantidad de naciones (41) que en Toronto 2015 y se sumaron otras tres modalidades deportivas que se traduce en más opciones de preseas. En pocas palabras, la debacle no se debe a que otras delegaciones mejoraran, sino a que el deporte cubano continúa precipitándose hacia el fondo de un abismo vergonzoso que no parece tener fin.

¿Alguien recuerda la participación de Cuba en los Panamericanos de La Habana 1991? Sí… primer lugar, por encima del todopoderoso Estados Unidos. Pues, a modo de recordatorio —que ya parece anecdotario— durante las siguientes cinco ediciones, Cuba mantuvo un excelente segundo lugar. Fue en Toronto cuando nos pegó una verdad que ya no deja de perseguirnos: dejamos de ser la gran potencia de antaño, y nos derrumbamos hasta el cuarto sitio. Ahora, en Lima, tanto peor: quinto lugar. Esta vez, México —que apenas esperaba 19 doradas y se colgó 37— se nos adelantó, sin contar que a Argentina le faltó sólo un oro para desbancarnos a la sexta posición. La tendencia augura un escenario apocalíptico para Santiago de Chile 2023. Que nadie se sorprenda.

Por eso no puedo compartir el regocijo del periódico Granma cuando asegura que Cuba cumplió con su ideal de ir por más (“Para los que regresan hoy, el aplauso de todos”). ¿Más qué? Porque cada vez se ven menos medallas de oro, menos representantes cubanos en la justa (un déficit de 24 atletas, en comparación con hace cuatro años), incluso menos decoro en el desempeño de nuestro deporte nacional, el béisbol, que terminó hundido en el sexto lugar, tras sufrir contra República Dominicana la derrota más humillante del popular Team Cuba en este tipo de certámenes.

Comprendo, en cambio, la necesidad de hurgar más allá del medallero para justificar este insólito gozo. Habría que verlo —cito— “con los ojos de Fidel, cuando nos dijo el 24 de agosto de 2008, en su Reflexión Para el Honor medalla de oro”… Hasta ahí llego. El resto del discurso, cualquier cubano lo adivina.

Basta asomarse, aleatoriamente, a las notas publicadas por el órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba para encontrar titulares impregnados de ese ácido sabor a consigna. Si exprimimos sus páginas nos salpicaremos de sacrificio, dignidad, mérito, honor, fidelidad… entre otros vocablos similares que, al no estar respaldados por resultados valederos, no pasan de ser palabras vacías. Es absurdo, por ejemplo, considerar una victoria deportiva que un atleta regrese a su casa. En Cuba, sucede.

Mientras en otras regiones del mundo la pelea de los deportistas se enfoca en desprenderse de los lastres comerciales. En Cuba, mucho más daño ha hecho la politización del deporte. En lugar de porras, se usan consignas. En lugar de realizarse competencias, se libran batallas. “La batalla de Lima”, cito otra vez el mismo artículo, que más se asemeja a la batalla de Waterloo, acotaría yo, donde nos tocó personificar a Napoleón Bonaparte, no al duque de Wellington.

La realidad es una. En cada torneo deportivo donde asiste Cuba, las consignas políticas siguen presentes. Sólo ha cambiado su propósito. Ayer se usaban como alarido de guerra para sumar medallas, hoy a duras penas sirven como arenga para maquillar fracasos.

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