Castillos de arena

Castillos de arena

Se te queman las manos así, ¡zaz!, ¡zaz!, y los pedazos de pellejo achicharrado se te caen y te salen unas burbujas que si te las tocas explotan y sueltan un líquido como yogurt, pero apestoso y amarillo, más amarillo que el cielo y ya nadie, nadie, ni tu mamá, ni tu papá, ni los ordenadores te pueden salvar.

Eso decía Yen Li. Pero Yen Li venía de las arenas y todos los niños saben que la gente de las arenas es muy miedosa del sol. Así como los oceánicos le temen al agua, y los de las minas… bueno, ella era de las minas y soñaba con ver el sol. Además, pensó, Yen Li no sabía lo que ella había encontrado en la sala oeste del museo. Y tampoco se lo pensaba decir, no fuera que le llevase el chisme al ordenador docente y éste la regresara con el director. ¿Qué hacías allí, Catya? Entonces ella no sabría qué decir. Quizás que se extravió. Un poquito sí y un poquito no. Y a lo mejor el director le creería y a lo mejor no. Con las personas era más difícil adivinar lo que sucedería que con los ordenadores.

Mejor guardaba silencio. No debía poner en riesgo su hallazgo. De sólo pensar en esa posibilidad la asaltó un miedo terrible a perderlo junto con unas ganas tremendas de volverlo a ver. A la segunda sensación no pudo sustraerse. Necesitaba, de inmediato, un lugar con suficiente privacidad.

Despacio, para no llamar la atención, oteó alrededor. Algunos niños se divertía en el área de juegos mientras otros deambulaban por las áreas de exposición de historia natural, donde árboles artificiales y animales disecados forzaban una escena que antaño debió ser habitual en la superficie.

Otra vez, muy despacio, avanzó hacia los sanitarios. La mirada fija en el piso acristalado que soportaba sus pasos. Imaginó que era la mejor forma de no llamar la atención y, aun así, consumió el trayecto con el miedo de escuchar, de pronto, el sonido mal ecualizado de un ordenador cuestionándola sobre su destino.

Nada sucedió. Entró al baño sin mayores sobresaltos y se encerró en un cubículo. Todavía aguardó un poco para darle oportunidad a su corazón de que acompasara los latidos y su respiración se normalizara. Fueron diez segundos a lo sumo. Ya no pudo más. Extrajo, con mucho cuidado, un trozo de papel de debajo de su blusa. Pero no era un papel cualquiera, nada que ver con esas imágenes tridimensionales ni con las proyecciones táctiles, capaces de engañar el sentido del tacto. Era papel real. Del que alguna vez formó parte de las entrañas de un árbol. ¿Cuántos años podría tener? ¿Cien? ¿Doscientos? En realidad, le importaba un Dobson.

La verdadera causa de su éxtasis era aquella niña. Se le asemejaba mucho. Acaso un par de años más joven y le sonreía desde el encuadre de la foto. Vestía una prenda diminuta, rodeada de arena blanquísima y el mar a su espalda. No el mar que describen los oceánicos, terrible, devorador de ciudades, con olas que arrasan todo a su paso. Nada de eso. Era un mar manso, de tiempo gastado, cuyas aguas le rozaban los pies. Ella no se notaba asustada. Al contrario, su risa no podía ser más franca. El cielo, al fondo de la imagen, resaltaba con un azul increíble. Muy diferente al manto amarillento que Catya estaba acostumbrada a observar las pocas veces que los índices de hábitat se mostraban favorables y su papá la llevaba a visitar la superficie. Pero lo mejor de todo era el castillo de arena que la niña había logrado hacer, con muros que enfrentaban sin problemas la luz diurna. Por ningún lugar se veían ordenadores para proteger a los humanos de los rayos dañinos. Sólo estaban el mar, el sol, la niña y su castillo de arena.

Palpó suavemente el pedazo de papel. Si cerraba los ojos casi podía tocar la arena y sentir la picadura benévola de un sol provocador de sonrisa y no de ronchas asquerosas. Las amenazas de Yen Li no la iban a detener. De cierta manera supo que el plan había hecho escala en su cabeza incluso antes de haber tomado una decisión. No había vuelta atrás. Calculó qué tendría poco tiempo. En cuanto traspasara el perímetro de seguridad se activarían las alarmas y los ordenadores de seguridad irían por ella.

Escondió de vuelta la página bajo su ropa y abandonó el baño. Los ascensores públicos no le iban a servir porque estaban restringidos hasta el nivel uno. Sin  embargo, en la sala oeste, donde encontrara su tesoro, quedaban los ascensores del personal, libres de restricciones. Hacia allí se dirigió, esta vez con paso más acelerado. Aguardó a estar completamente sola para abordar. Presionó el primer botón, de color rojo, y contó para sus adentros como le había enseñado su papá, sesenta, cincuenta y nueve, cincuenta y ocho… cuando llegó a cero, las puertas todavía demoraron otro par de segundos para abrirse. La superficie inundó sus pupilas.

Los índices de hábitat debían ser terribles ese día porque el calor la abrasó aun sin haber abandonado el ascensor. Puede que no tuviera tiempo ni protección, pero le sobraba arena en aquel paisaje desértico. Sin pensarlo dos veces salió al exterior. Colocó sobre la superficie ardiente el pedazo de papel y se puso a trabajar.

Yen Li lo contaría más tarde y luego cada niño de su escuela lo repetiría una y otra y otra vez, entre la gente de las arenas, entre los oceánicos y, por supuesto, entre la comunidad minera. Que ella, Catya, durante todo el recorrido hacia el hospital, con la piel quemada y un pedazo de papel aferrado en sus manos, nunca, pero nunca, dejó de sonreírle a un sol que ya había muerto.

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