A Fátima la mataron números y palabras

Fátima

Siete años tenía Fátima cuando fue secuestrada, torturada y asesinada. Cuatro días sumó el suspenso de su ausencia —del 11 de febrero al 15 del mismo mes—. Dos millones de pesos ofrece la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México por información que ayude a capturar a la mujer que “vendía papitas” frente a la escuela donde la niña estudiaba. Cinco personas han rendido declaraciones en calidad de testigos. Dos líneas de investigación se mantienen activas para dar razón del caso. La primera apunta a feminicidio, la otra a irresponsabilidad por parte de los funcionarios escolares que le permitieron salir a la menor con una “desconocida” (aunque debieron sumar una tercera para este suceso en específico: desatención materna y familiar). Setenta y dos horas tiene que esperar el Ministerio Público para atender una denuncia por desaparición. Irónicamente, las primeras 24 horas son vitales en la resolución de cualquier secuestro. Para más inri, según estadísticas de la asociación Alto al secuestro, de diciembre 2018 a diciembre 2019, se reportaron en México dos mil 066 secuestros —promedio de cinco diarios— sin contar los que no se dan parte a las autoridades. Con los feminicidios, las cifras tampoco son halagüeñas: mil 006 durante el pasado año, acorde a datos oficiales. ¿Y el gobierno? El presidente Andrés Manuel López Obrador también aporta sus números. Asegura que la culpa de todos lo tiene el 36. Sí, 36 años de política egoísta sustentada, ya se imaginarán, por las administraciones anteriores. Habría que agregar un año más, el primero suyo de gobierno que, entre otras matemáticas, cerró como el más violento en la historia reciente del país.

Pero no todo es cuestión de números. Obrador ofreció un decálogo —sí, faltó agregar ese diez al párrafo anterior— para desglosar su posición ante el fenómeno del feminicidio. En el número tres de su disertación advierte que “es una cobardía agredir a la mujer” y en el ocho sentencia: “castigo a los responsables de violencias contra mujeres”. Fátima ni siquiera se podía considerar mujer, era apenas una niña. Sin embargo, aun así, la violaron y asesinaron. ¿Y los responsables? Libres como usted y yo. La sociedad se indigna, sí, sale a las calles con pancartas, hace evidente su enojo. “AMLO feminicida” fue el grito que más se escuchó frente al Palacio Nacional el pasado martes, 18 de febrero, por parte de mujeres que exigieron justicia ante la ola de asesinatos de compañeras que sacuden al país. El detalle es que no se trata sólo de AMLO, no es de un hombre, ni siquiera estamos frente a una batalla entre hombres y mujeres, como hay quienes intentan hacernos ver. Recordemos que fue una mujer, sí, la que “vendía papitas” quien llevó de la mano a Fátima hacia su muerte. Se trata de algo mucho más complicado, extendido y grave. Como un cáncer que ya hizo metástasis en la médula de esta nación y con el cual nos vamos, desafortunadamente, acostumbrando a (sobre)vivir. Ahora Claudia Sheinabum, jefa de Gobierno de Ciudad de México, aparece en Twitter para decir que es “indignante, aberrante y doloroso que alguien sea capaz de herir a una niña; este crimen no va a quedar impune”. Pues no… no debería quedar impune. Sheinabum debe tenerlo muy presente porque Sheinabum también es mujer y, mañana, su nombre pudiera agregarse a la lista de víctimas de feminicidio.

Lo doloroso es que ni números ni discursos han servido en lo absoluto para mitigar nuestra angustia e incertidumbre. La capacidad de asombro ante las atrocidades que se suceden a diario, termina por mitigarse. Nos espantamos unas horas; si acaso, unos días. Después todo vuelve a la normalidad. Donde normalidad debe entenderse cómo el riesgo de convertirnos en víctimas de la violencia en cualquier instante.

Comprendamos que estamos ante un escenario singular y, no por eso, menos acuciante. La tragedia de Fátima difiere, y por mucho, del homicidio de Ingrid Escamilla, por ejemplo. No se trata de un caso de violencia doméstica. No hubo escena de celos. Lo peor es que ni siquiera se trató de un negocio. La versión de que le extirparon los órganos a la niña para venderlos ya fue negada por las autoridades. Se hizo porque se puede. Porque se permite. Porque esto es México, donde cifras y discursos intentan hacernos creer que se trabaja en la resolución de problemas… y es mentira. Aquí cada quien debe velar por sí mismo porque las autoridades encargadas de nuestra seguridad, muchas veces, son parte misma del problema, mientras las instituciones, paulatinamente, han perdido su hegemonía —bajo la premisa de corruptelas pasadas— para quedar supeditadas a las arbitrariedades y dominio del ejecutivo. Entendámoslo de una vez. Estadísticas que no conlleven a acciones son números y nada más. Discursos que no se sustenten con soluciones prácticas son palabras al aire y nada más. El asesinato de una niña no se resolverá con matemáticas ni retóricas. Es hora de actuar y si no… esperemos por la próxima víctima, para darle más y más vueltas a lo mismo.

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