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Literatura de chalet
Otrolunes.com - 27 de marzo de 2019

Coelho
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De cinco amigos que vienen ahora mismo a ocupar mis neuronas, uno confiesa que le desagradan los libros de Paulo Coelho, los otros cuatro no demoran un segundo en afirmar que los detestan y, es importante aclararlo, mientras evidencian su rechazo no lo hacen con asco o enojo, sino con verdadero alborozo, ídem a quien ve personas revolcándose en un lodazal, desde la seguridad de un chalet, justo cuando afuera la lluvia se convierte en tormenta.

Advierto que, por esta vez, el celo del escritor converge en un punto relativamente nuevo. El malestar va más allá de la violación de los reglamentos acostumbrados —y de cierta manera impuestos por la crítica— que nos permiten, cual bastón, movernos por éste o aquel texto literario sin temor a extraviarnos. No se trata, entonces, del discurso insulso del brasileño, tampoco de los personajes que abundan en sus obras, todos buenos o todos malos, y más acartonados que una silueta impresa en un póster publicitario. Ni siquiera la ligereza de la anécdota que rememora una suerte de cuentos de hadas para adultos, pero adultos con un elevado déficit cognitivo y cero imaginación.

No, lo que los revienta —mis amigos acuden a otro verbo mucho más agresivo— es que Coelho trate de vender como obra de ficción “pura” —me permitiré la protección de las comillas porque ninguno de mis colegas se atrevió a definir con severidad qué características definen a una obra de ficción pura— un bodrio pseudoliterario, pseudopsicológico, incluso pseudofilosófico que no pasa de ser un volumen de autoayuda.

Entonces, hago notar con timidez, la raíz de tamaña repulsión se encuentra en la similitud de los libros de Coelho con los libros de autoayuda. Similitud no, rectifican casi al unísono, inclusión. No se puede parecer lo que ya es.

Acepto este último axioma, pero exijo mayores argumentaciones. Algo me hace sospechar que Coelho no es más que una octava parte del fenómeno. Las otras siete permanecen sumergidas en un lodazal de títulos donde las personas se revuelcan mientras mis amigos se sienten y se sientan seguros y cómodos en su chalet imaginario.

Primero, aseveran, los libros de autoayuda no son literatura. Se trata de una sentencia que he escuchado también para otras tendencias narrativas. Pienso en las novelas románticas de Corín Tellado, por ejemplo. Y la comparación no es vana. Se dice que Coelho, él solo, vende más ejemplares que el resto de los escritores de Brasil. Ignoro si sucediera lo mismo en España, con Tellado, pero nadie pone en duda el impacto que tuvieron sus publicaciones en el mercado mundial.

Claro, pareciera que los autores aceptados por la crítica no pueden contar con un best sellers en su curriculum (se les permite, en cambio, long sellers). Hacerlo desencadena de inmediato el recelo de los especialistas literarios. Quizás por ello se le hace tan resbaladizo el Premio Nobel a Haruki Murakami. Porque a pesar de los múltiples galardones de los que ha sido acreedor el japonés y ser responsable de un discurso limpio así como de historias que, desde un estilo muy personal, nada le envidia a los mejores exponentes del boom latinoamericano con su realismo mágico, su occidentalización le ha valido lectores de más alrededor del mundo y, por tanto, ha perdido parte de la sacralización que años antes le impusieran.

Me recuerda la pregunta de Zakarías Zafra Fernández en su artículo “La vergüenza del lector de Stephen King”, que pudiera ser de Dan Brown o John Katzenbach, iguales de pertinentes para este acápite. “¿Acaso la fama en la literatura —o en el oficio de escribir libros— trae el desprestigio como precio?”.

Ahora están siendo condenados los libros de autoayuda, pero antes fueron los libros que incursionaban en el género policíaco, la ciencia ficción o la fantasía. En este tenor me veo obligado a delimitar responsabilidades. No soy aficionado a los libros de autoayuda, pero cuando de calidad literaria se trata, prefiero responsabilizar al autor y no al género de la obra. Para mí, por sólo citar un ejemplo, sería una afrenta comparar la saga de Harry Potter con la de El señor de los anillos. Ambas fantásticas, pero muy distintas en su concepción.

Y no, contrario a lo que usted puede estar pensando, no soy fan de Paulo Coelho y ni siquiera lo considero un buen escritor. Me acerqué a su obra más conocida, El alquimista, con la mejor de las intenciones y a sabiendas de que le precedía toda la mala rabia de la crítica literaria. Al finalizar la lectura recuerdo haber comparado esa novela con una versión simplona de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, algo así como una tarea escrita por un estudiante de secundaria. Y aun así, tozudo, me arriesgué con Once minutos, igual que el paciente a quien le han diagnosticado cáncer y busca con urgencia una segunda opinión médica. El resultado fue todavía peor. No habrá una tercera tentativa, eso lo aseguro.

No obstante, ¿por qué proliferan este tipo de libros en detrimento de los volúmenes de ficción “pura”? Ya sean declarados abiertamente de autoayuda o camuflados tras una historia insulsa, las personas los siguen, los compran, y más que leerlos los devoran. Millones y millones en los cinco continentes. La respuesta, curiosamente, es muy sencilla: hoy, más que nunca, la gente necesita de esa ayuda —hasta mis cinco amigos en su chalet privado—, pero nadie parece dispuesto a darla.


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