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95 muertes y comportamientos humanos
Espacio 4 - 29 de enero de 2019

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Al momento de comenzar a escribir estas líneas, ya sumaban 95 las muertes por la explosión en la toma clandestina de un ducto de Petróleos Mexicanos, ocurrida el pasado 18 de enero, en Tlahuelilpan, Hidalgo, y lo más seguro es que para cuando usted lea el presente texto, otros fallecidos habrán agrandado la cifra.

No voy a comentar acá lo acaecido pues numerosos medios de comunicación han dado cobertura a los hechos que conllevaron a esta tragedia y todavía se discuten causas y consecuencias del asunto.

Prefiero, en cambio, compartir un análisis a partir de varios cuestionamientos que se disparan unas personas a otras, generalmente con Internet como plataforma. Los resumo así: uno) el “merecimiento” de las muertes como castigo por el hurto de combustible; dos) la reprimenda que debe propinársele a los militares por permitir, frente a sus narices, que se llevara a cabo el saqueo y tres) las burlas a que son sujetas las víctimas del presunto accidente.

Empecemos por lo más obvio. ¿Robaban gasolina las víctimas? Sí, sin duda alguna. Y, por supuesto, que estaban conscientes de que se trataba de una actividad ilícita. Sin embargo, las cosas tampoco son en blanco y negro. Muchos de los que allí estaban reunidos eran simples oportunistas. Ellos no minaron el ducto, ni organizaron el atraco. Se aprovecharon de la situación de la misma forma en que otros se aprovechan de la volcadura de un tráiler cargado de cerveza, para llevarse a su casa lo que alcancen a meter en la cajuela de sus carros. Claro, las cervezas no explotan (no así, al menos) y el riesgo que se corría en Tlahuelilpan era mucho más elevado. Pero, por eso mismo, no se puede descartar que también acudieran al lugar gente verdaderamente necesitada de una salida, así sea momentánea, para el atolladero económico que viven a diario y la imposibilidad de llevar un pedazo de pan a sus hijos. Vender unos galones de gasolina les hubiera resuelto el problema por un par de días o una semana. Entonces, afirmar que las víctimas se merecían lo que les sucedió (“por pendejos”, se lee en redes sociales) lo considero igual a condenar a pena de muerte a aquellos que recogen cerveza del tráiler volcado. Uno y otro proceder implica saqueo. Entiéndase, hurto. Y es penado por la ley. Además, que a nadie le quepa duda, que esa toma clandestina fue provocada como sabotaje. Si realmente se tratara de huachicoleros “profesionales”, por llamarlos de alguna manera, éstos no permitirían que decenas de personas se llevaran lo que ellos pretenden agenciarse y la gasolina tampoco iba a estar regándose como lluvia en feria. Sistemas mucho más seguros y funcionales utilizarían.

Respecto al papel jugado (o no jugado) por las fuerzas castrenses, entendamos algo: los soldados operan bajo órdenes precisas. Y si bien intentaron disuadir a los locales de que no se acercaran al lugar, les hubiera sido imposible controlar a la muchedumbre, especialmente cuando ésta conoce el lugar mucho mejor que ellos. Haría falta, mínimo, preparar un operativo de contención y tales movimientos no se improvisan ni preparan a la ligera. Se necesitan recursos y un plan previamente establecido, especialmente con los defensores de los derechos humanos pisándoles los talones y criticando cada acción que comenten. Sencillamente, no tuvieron tiempo para poner en práctica estrategia alguna.

Y en relación a las burlas, se genera un fenómeno muy curioso. La mayoría de las personas describen como insensibles a quienes crean memes y chistes al respecto, pero todos los leen, se ríen y, luego, los reproducen. Es más, comparto la opinión de cierto conductor de un programa de radio que, por respeto, prefiero omitir su nombre. Dice este conductor que él no se mete en esos asuntos (las burlas) porque considera que todo lo que hacemos se nos regresa... suerte de karma, asumo. De este planteamiento se deduce que rehúye a la burla por miedo a que le “caiga” un castigo del destino, no por respeto a los seres humanos fallecidos. Huelgan los comentarios.

Y de mi propia cosecha, agrego un cuarto punto de análisis como colofón. ¡Atención, México! Está claro que ese ducto fue saboteado ex profeso con el fin de armar caos, no de robar combustible. Pero si la explosión también resultó provocada y no accidental, entonces estamos ante un escenario terrorista clásico y ya eso es harina de otro costal. Habrá que seguir de cerca acontecimientos de esta índole, no sea que el país se convierta en una versión latinoamericana de los conflictos de Medio Oriente.

Pero, ¿sabe usted algo? Y esto es lo más triste. Cuando se repita otro salidero de un ducto de gasolina, porque ocurrirá, que nadie lo dude, ya sea provocado o no, muchos irán al lugar y volverán a afrontar el mismo peligro. Es parte de la naturaleza humana. La necesidad es real, está presente. La explosión siempre formará parte de una combinación de posibilidades. Habrá quien apueste a que sí ocurra, otros a que no. La moneda estará por los aires. Así también el negocio funerario.


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