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Escuela para ovejas
Otrolunes.com - 20 de noviembre de 2018

Sé oveja negra
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No siempre es bueno seguir a la manada

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Recuerdo, con humor y no poca preocupación, cuando me regalaron mi Smartphone —el único que, hasta el momento, he tenido en mi vida— y la pregunta que de inmediato me dejó caer un excelente amigo al enterarse de la primicia. ¿Qué se siente andar con un equipo más inteligente que tú? Entonces no respondí nada, esbocé una sonrisa y pensé, pues ya veremos.

Desde entonces, no dejo de hallar una macabra similitud entre la forma en que se establece la repartición de la riqueza —detallada con pulcritud por Karl Marx y Friedrich Engels durante el siglo XIX— y la manera en que se dosifica el conocimiento desde finales de la centuria pasada y que se ha intensificado en los años con que iniciamos el tercer milenio.

Resulta harto conocido que los medios de producción cada vez son más sofisticados y eficientes, pero en modo alguno eso ha conllevado a una distribución más equitativa de los bienes que se producen con los mismos. Asimismo, cada vez hay más escuelas, universidades y, en teoría, mejores técnicas de enseñanza, sin que por tal motivo, el conocimiento se expanda de manera homogénea.

Sí, acepto que no todos tienen acceso a esos centros educativos. Es una realidad ineludible. El problema es que aun entre quienes asisten a las más prestigiosas universidades son incapaces de poner en práctica el conocimiento que, supuestamente, adquieren. Muy parecido a lo que sucede con la interacción interpersonal. Hoy contamos con más medios de comunicación que en cualquier otra época en la historia humana y nos sentimos más solos que nunca. Definitivamente, la herramienta no es suficiente para alcanzar la meta y, en la actualidad, la mayoría de las personas sucumbe a la tentación de que sea otro quien resuelva sus problemas… no importa si ese otro es un ser humano o un mecanismo electrónico.

Los estudiantes que recién se gradúan, una vez en la calle, se sienten completamente perdidos y aquellos que logran encontrar un puesto de trabajo a la brevedad, usualmente no tienen la más mínima idea de cómo desempeñarlo. Esa condición propositiva que tanto se espera en las personas está siendo aplastada por la sensación de completitud que brinda tener un título en la mano. De nueva cuenta, una herramienta más.

Asegura Ma Yun, fundador y presidente ejecutivo de Alibaba Group, que cuando un joven le pide trabajo, lo único que no mira es en qué universidad se graduó. Para el exitoso empresario eso apenas muestra cuánto dinero gastó. ¿Qué sabes hacer?, le pregunta. Eso es lo que más le interesa. Dudo que la totalidad de los jóvenes recién graduados esté consciente de qué sabe hacer cuando abandona la universidad. Y no porque sean ineptos, sino porque les falta iniciativa y voluntad para emprender cualquier camino, sin una guía —hasta hace poco tiempo, un profesor— que le indique hacia dónde dirigir sus pasos.

Y sí… ¡claro que sí!, espero haya llegado ya a esa conclusión, paciente lector. Esa habilidad tiene que ser promovida en las instituciones educativas, del nivel que sean. No se puede culpar al joven emprendedor, al menos no siempre. El detalle, atroz e imperdonable, es que esas instituciones educativas suelen ser parte del problema y no de la solución, pero tampoco esta vez por ineptitud, sino por una aguzada y mefistofélica planificación de futuro a mediano y largo plazo que les garantice materia prima constante. El conocimiento es generador de riquezas. Nadie lo pone en tela de juicio, pero vender la adquisición constante de conocimiento es un negocio mucho más redituable, especialmente si en lugar de conocimiento se vende la sensación de conocimiento. Y es que de nada sirve leer mil libros, si somos incapaces de aprovechar la lectura para generar un producto, tangible o intangible, ¿qué más da?, siempre y cuando se aproveche en un fin práctico determinado.

Por eso una licenciatura o una ingeniería no representan el final del camino. Pronto el joven graduado será convencido de la necesidad de contar con una maestría, luego un doctorado. Además de asistir a simposios, conferencias y un sinfín de opciones que lo mantendrán del lado equivocado del corral, es decir, del auditorio.

La educación se ha tornado una fuente de riquezas inagotable. Es curioso que esto suceda en un mundo donde cada vez más abunda la ignorancia. Y no se trata únicamente de alcanzar un nivel académico institucional, el fenómeno se extiende por otras áreas con idéntico propósito y similar impacto negativo. ¿Por qué, si no, el éxito de los libros de autoayuda? ¿Por qué, si no, el auge de los cursos de superación personal y liderazgo?

Nadie quiere ser oveja, pero como ovejas seguimos a quien se presente en el rol del buen pastor. Hasta tanto no seamos capaces de reconocernos nosotros mismos como pastores, seguiremos balando, creyendo que hablamos y moviéndonos en círculo, convencidos de que vamos hacia algún lado. Craso error.


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