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No hay pronóstico que valga
Espacio 4 (Suplemento) - 22 de noviembre de 2016

Vence Trump
De mal en peor
Fallan encuestas y pronósticos

Parece un mal que se extiende en tiempos recientes. Las encuestas, los vaticinios —y, por supuesto, las compañías, medios de comunicación, expertos y un largo etcétera que los despliega y propaga— no aciertan últimamente.

Sucedió con el plebiscito en Colombia. Un ejercicio, para muchos, formal, que buscaba apuntalar la imagen de Juan Manuel Santos como presidente democrático y nada más, pues supuestamente no influiría en los resultados alcanzados entre el gobierno y las FARC, que acercaba a la nación sudamericana a la tan anhelada paz. En pocas palabras, se trataba de “puro trámite”. Así, al menos, lo exhibieron periódicos, revistas, sitios en Internet… y todos se equivocaron. Colombia votó “no” y el proceso de paz, en estos momentos, se encuentra detenido.

Ocurrió otro tanto con el inquietante Brexit. Los números —esos que no mienten— auguraban la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. En tal sentido se pronunciaron consultorías internacionales como Oxford Economics o analistas de centros de investigación de la talla del Peterson Institute for International Economics. Así también las expresiones publicadas por los diarios, muchas de las cuales iban firmadas por conocidos columnistas. El sentir de los británicos está con el resto del continente, decían; la iniciativa no pasa de una payasada orquestada por grupúsculos con ínfulas separatistas, señalaban… y de nueva cuenta erraron. Gran Bretaña, ante la mirada atónita del mundo, cortó con la máxima organización europea.

Y ahora, claro, ¿qué decir de los vaticinios sobre Donald Trump? Primero, nadie lo tomó en serio al inicio de la campaña republicana. Luego, cuando se hizo de la candidatura paquidérmica, aseguraron que no tenía la estatura política para enfrentar a alguien con sobrada experiencia en ese ámbito, como Hillary Clinton. Sí existió, máxime al inicio, un vaivén que denotaba incertidumbre, pero a medida que se acercaba el 8 de noviembre, las encuestas comenzaron a otorgarle ventaja a la ex primera dama. Los principales medios de comunicación de Estados Unidos y de buena parte alrededor del orbe, así lo hicieron. Unos con más puntos de diferencia, otros con menos. No importa. Las urnas los hicieron quedar mal. La pifia resultó catastrófica y la valía de las tan pregonadas encuestas, hoy más que nunca, queda en entredicho.

El origen de este error continuo, por supuesto, no recae en las cifras, sino en quienes la manejan. Falta de profundidad en las pesquisas; limitar el nicho de consulta a los mismos sectores de la población; privilegiar los resultados que se recogen vía Internet, emitidos por sus usuarios, en detrimento de quienes no acceden con frecuencia a las tecnologías de punta; no diferenciar las tendencias —y su posible impacto— según las característica demográficas de la muestra, suelen ser algunas de las causas que hacen mella en el análisis posterior de los datos obtenidos. Ello, sin dejar a un lado otro motivo de peso. Muchas de las estadísticas ya vienen amañadas para favorecer a quienes pagan por las mismas. Para nadie es secreto que el juego de “adivinar el futuro” siempre ha sido un negocio lucrativo, solo que ahora sus principales ejecutores no son gitanas ni profetas, sino personajes que visten de cuello y corbata.

Finalmente, tras la publicación del pronóstico, sobreviene el efecto bola de nieve. Los medios de comunicación de mediana talla se hacen eco de los grandes; los pequeños, de los medianos, y así hasta llegar al ciudadano común que no recibe otra cosa que la misma conclusión, emitida por la misma fuente —a veces como cita, a veces ni eso— pero multiplicada por enésima ocasión.

Tamaña redundancia termina por crear una sensación de seguridad en los pronósticos que sólo es comparable con el tamaño de la frustración ciudadana, cuando esos augurios fallan otra vez y otra vez y otra vez.


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