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El ego seduce y vence en EUA
Espacio 4 (Suplemento) - 22 de noviembre de 2016

Vence Trump
Trump vence
Y su victoria pone a temblar al mundo

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Ódienlo… pero es el nuevo presidente de Estados Unidos de América. Donald Trump, el detestable magnate neoyorkino que insulta por igual a mexicanos, musulmanes, mujeres, homosexuales que a héroes de guerra; aquel que prometió exigirle a las fuerzas armadas la confección de un plan, en menos de un mes, para erradicar al Estado Islámico; el mismo que fue recibido por Enrique Peña Nieto luego de anunciar la construcción de un muro fronterizo que, además, deberá pagar México; ese hombre provocador de vituperios y escarnios, súbita esperanza para los grupos más radicales que sobreviven en el seno de la nación norteamericana, racistas, neonazis, xenófobos y que ahora emergen desde entre las piedras; él, léalo bien, estará al mando de la nación más poderosa del mundo, lo cual lo convertirá el 20 de enero, ipso facto y por inducción, en el hombre más poderoso del mundo. Gústele a quien le guste, pésele a quien le pese, esa es la realidad.

Los estadounidenses lo eligieron. Y al otro lado de la frontera norte, la democracia se respeta. No hubo ni habrá “caída del sistema” como sucedió con Carlos Salinas de Gortari, en 1988, menos aún recuento de votos ni tampoco impugnaciones ni berrinches por parte de los perdedores. Hillary reconoció su derrota y felicitó a su oponente. Obama hizo otro tanto. Así de fácil funciona el sistema.

Pero, se preguntan muchos, ¿cómo fue posible su victoria? La respuesta ya no es tan sencilla. Se trata de una conjunción de factores que, quizás, podría resumirse en una frase trillada. Los estadounidenses se cansaron de tener más de lo mismo. En esta ocasión el refrán de “más vale malo conocido que bueno por conocer”, si acaso lo conocen, no funcionó. Aunque lo difícil es aceptar a Trump como algo que promete ser bueno, pero resulta innegable que sí personifica algo muy diferente.

Para empezar, su egocentrismo lo saca de todo perfil diplomático, a diferencia de Hillary Clinton que proyecta una imagen infinitamente calculada y que siempre nos deja con la incertidumbre de cuándo es ella la que habla y cuándo la figura política, a Trump le tienen sin cuidado los convencionalismos de esta índole. No simula ser otro, se vende a sí mismo con la naturalidad y seguridad de quien sabe que ofrece un producto imposible de rechazar —aun si este producto es algo deleznable—, esta conducta lo envuelve en un aura de credibilidad difícil de percibir en los políticos de profesión y que el electorado, sin duda, aprecia.

Por otro lado, su olfato de negociante le permitió descubrir los sectores más golpeados por la administración de Obama y tratarlos como potenciales clientes de su propuesta político ¿o comercial? Y no se trata de unos pocos, sino de millones de personas estancadas en un nivel medio, que no se sienten identificadas con los proyectos que la reciente gestión demócrata ha esgrimido a favor de las minorías. Esta multitudinaria masa social —y electoral— no está formada, en su base, por inmigrantes, ni afroamericanos, ni veteranos de guerra, por citar los ejemplos más notables. Se trata, en esencia, de blancos pertenecientes a la clase burguesa o emergente, a los cuales Trump ha convencido con la promesa de reducir impuestos, por ejemplo, pero que más allá de las ofertas futuras se sienten, de pronto, atendidos por alguien que no se dedica a despotricar contra Wall Street o mirar con ojos tiernos a los desposeídos. Uno y otros, extremos que no conforman el núcleo poblacional y, otra vez, electoral de Estados Unidos.

Si algo se le ha de reconocer en términos positivos a Donald Trump, es que no se anda por las ramas. Una característica que no se debe tomar a la ligera. Rememoremos, si no, lo sucedido durante la campaña que enfrentó a John Kerry con George W. Bush en 2004. A este último siempre le llovieron las críticas por sus respuestas erróneas y, muchas veces, faltas de sentido, pero al primero no le perdonaron nunca el pretender quedar bien con todos, lo cual le impedía presentar propuestas concisas. Más claro, ni el agua. La historia reciente lo demuestra. Para llegar a la Casa Blanca no importa lo que se diga, siempre que se diga con firmeza. Estados Unidos hoy requiere de líderes, no de expertos.

También es importante destacar que Hillary no se erigió como una candidata libre de faltas. Y no hablo del uso que hizo de correos oficiales desde su cuenta privada, detalle que ni siquiera significó un verdadero escándalo. Su mayor debilidad fue presentarse como defensora de las minorías —esas que olímpicamente ignoró y quizás siga ignorando Trump— cuando todos conocen que se trata de una millonaria, graduada de Yale, ex primera dama, y para colmo, deudora de los favores del mismísimo Wall Street. Las contradicciones emergen por sí solas.

Sin embargo, lo más destacable en la postura de Donald Trump, es que trata la política estadounidense como lo que realmente es: un negocio. Sin máscaras. Responde al dime qué necesitas y te lo proporcionaré. Evidentemente, no a todos, sino a los que más requieren de su servicio, en este caso, político. No olvidemos que se trata de un hombre de negocios que, sin duda, tratará al país como una empresa, con consecuencias imprevisibles.

Perspectivas

Dilucidar qué sucederá con Estados Unidos y el resto del mundo —sería descabellado limitar al interior de las fronteras estadounidenses los sectores que soportarán las consecuencias de la política o antipolítica que maneje Trump— es como jugar a la ruleta rusa. Ni Nostradamus se arriesgaría a ofrecer vaticinios.

Para empezar, existe un viejo refrán norteamericano que reza “se hace campaña en verso, pero se gobierna en prosa”, el problema es que si la campaña de Trump, con sus ataques directos, groserías, amenazas y continuos desdenes por los más elementales principios democráticos debe ser considerada una postura poética, entonces ¿qué nos espera de su prosa cuando arribe a La Casa Blanca?

Puede que, una vez instalado en la Oficina Oval, bajen sus ínfulas egocéntricas y, con la batuta en la mano, se disponga a administrar la nación de una manera menos exorbitante, a sabiendas de que ya no necesita hacer bufonadas en aras de alcanzar un propósito. Conoce de antemano la necesidad de lidiar con un congreso —de mayoría republicana, sí, pero aun los de su propio partido no lo toleran del todo ni le aplauden sus excentricidades— capaz de frenarlo constitucionalmente por lo que sería recomendable acudir a la diplomacia y la mesura.

En el otro plato de la balanza no se descarta la posibilidad de que su ego se agigante aún más y se convierta en el primer régimen dictatorial de Estados Unidos, algo que sería un hecho inédito para la nación norteamericana, desde que ésta se atuviera a un sistema democrático —prácticamente inamovible con el paso de los años—. Le corresponderá a la engrasada maquinaria de contrapesos con que cuenta el sistema gubernamental estadounidense impedir que el Ejecutivo haga un uso indebido de sus poderes o los sobrepase. Una intención que encaja perfectamente dentro del perfil ególatra e individualista de Donald Trump.

Economía por delante

De un magnate multimillonario que ha demostrado ser un exitoso y temerario negociante se espera, al menos, que logre impulsar la economía de Estados Unidos y mejore las condiciones económicas de la clase media. Esa ha sido su mejor carta de presentación durante toda la campaña, aunque suenen más sus arrebatos xenófobos y sus desplantes contra las instituciones, incluido su propio partido, y las maneras con que pretende lograr este impulso no sean del todo ortodoxas pues contiene una volátil mezcla de desregularización de negocios, reducciones de impuestos, mayor gasto en infraestructura, menor apertura al recurso humano foráneo y renegociación de acuerdos comerciales.

El reto no es sencillo. Durante los últimos ocho años se han creado más de 11.2 millones de puestos de trabajo en Estados Unidos y la tasa de paro se redujo a la mitad hasta detenerse en un envidiable 4.9 por ciento (El País). Esto ha traído aparejada la consecuente disminución de los índices de desempleo, tendencia que se ha reforzado al término de la administración de Obama. Prueba de ello es que la cantidad de estadounidenses que presentaron solicitudes de subsidio por esta causa descendió a niveles imprevistos durante la primera semana de noviembre para alcanzar una cifra desestacionalizada de 254 mil (Reuters), lo cual remarca la solidez del mercado laboral actual en el vecino del norte. Además, la productividad de sus trabajadores escaló a su ritmo más rápido en dos años, en el tercer trimestre de 2016.

Donald Trump, no obstante, se concentrará en la expansión de las pequeñas empresas mediante regulaciones, políticas energéticas y recortes impositivos. De tal forma lo anunció ya su asesor económico, David Malpass, quien, de pasada, subrayó la inoperancia de las políticas monetarias de la Reserva Federal. “La Fed es independiente”, dijo en entrevista a concedida a CNBC, “El tema, sin embargo, es que su desempeño no ha sido bueno, hemos tenido una economía que ha crecido muy lento”.

Política exterior en ascuas

La mayor incertidumbre, en cambio, se cierne sobre su habilidad para desarrollar estrategias efectivas en política exterior. Dentro del rubro económico, Trump ha sido incisivo en su negativa de apoyar el Tratado de Asociación Transpacífico (TPP) por lo tanto, en el remoto caso de que el Congreso estadounidense diera luz verde al proyecto, el Ejecutivo cuenta con la facultad para implementarlo o no.

Si volteamos al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el presidente electo tiene la intención de modificar su esencia misma —la eliminación de aranceles entre Estados Unidos, Canadá y México— para subir los impuestos a las importaciones mexicanas y en sus apariciones en campaña, advirtió muchas veces que sacaría a su país del grupo si no se aceptaban sus demandas. Por si no bastara, también anunció el bloqueo de las remesas que envían los inmigrantes mexicanos a suelo natal.

En cuanto a relaciones internacionales, el escenario pinta peor. Al margen de sus desplantes racistas, insultos a otras naciones y el total irrespeto que exhibe hacia los organismos internacionales, preocupa su total inexperiencia en el tema. Hasta la fecha, las únicas propuestas que dejan entrever cómo sería la relación de su gobierno con quienes presiden o habitan al otro lado de las fronteras dejan mucho que desear. A México le ha prometido un muro —que, supuestamente, pagará la parte mexicana— y a los musulmanes los ha amenazado con no dejarlos entrar a Estados Unidos. Su simpatía, por el momento, sólo apunta a Rusia, donde ve con beneplácito la labor realizada por Vladimir Putin en lo que apunta más a un romance entre egolatrías superlativas que al establecimiento de verdaderas relaciones diplomáticas.

Derechos humanos en la mira

Asimismo, preocupa a la comunidad internacional la indiferencia de Trump por los derechos humanos. Margaret Huang, directora ejecutiva de Amnistía Internacional en Estados Unidos, dejó constancia de este desasosiego al publicar en el sitio web de su ONG que “Estados Unidos ha sido testigo de una retórica inquietante y, a veces, venenosa por parte del presidente electo Trump. Esta retórica no puede ni debe convertirse en política de gobierno”.

La Oficina del Alto Comisionado de la ONU, por su parte, especificó que seguirá muy de cerca el desenvolvimiento de la próxima administración estadounidense y si percibe que, de alguna manera, viola los derechos humanos, emitirá la denuncia correspondiente. La vigilancia tiene razón de ser después de que Trump tildó de violadores y ladrones a los mexicanos, aseguró que establecería filtros para impedir el ingreso de personas practicantes de la religión musulmanes a su nación y admitió que aceptaba el uso de la tortura para obtener información en determinadas circunstancias, algo que está expresamente prohibido por el derecho internacional.

“Tenemos que ver qué pasa realmente en una administración Trump. Si sentimos que las políticas y prácticas de la nueva administración de Estados Unidos socavan o violan los derechos humanos de un grupo específico o de un individuo, lo diremos”, indicó Rupert Colville, portavoz del alto comisionado Zeid Ra’ad al Hussein.

Peso cae y éxodo amenaza

Los primeros efectos de la victoria de Trump se reflejaron, al instante, en los mercados internacionales. Tanto en América, como en Europa y Asia, la mayoría de las bolsas cotizaron en números rojos y una cantidad significativa de las mismas, a la jornada siguiente del anuncio de los resultados electorales en Estados Unidos, abrieron con importantes bajas.

México no escapó de esta tendencia. El peso mexicano se desplomó en 7.64 por ciento. Los bancos de la Ciudad de México llegaron a vender el dólar libre en su máxima cotización hasta en 20.70 pesos por unidad, en ventanillas de BanBajío, y su compra, por el contrario, en su menor precio de 17.50 pesos, en Banorte.

Según Banco Base se trata de la mayor pérdida diaria de la moneda nacional desde 1995 y se estima que el tipo de cambio se cotice próximamente entre 19.98 y 21.00 pesos por dólar.

Es de esperarse que la Administración federal articule alguna estrategia para enfrentar la inminente volatilidad del peso y evitar pánico en la población. Algo que todavía está por verse.

Otro fenómeno que no pasó inadvertido en los principales buscadores de Internet fue el interés que mostraron miles de usuarios, residentes en Estados Unidos, sobre la posibilidad de emigrar. Así “Move to Canada” se volvió tendencia en Google la misma noche de las elecciones, a medida que Trump se acercaba a la victoria. El periodista Simon Rogers, miembro del Laboratorio de Noticias de Google comunicó desde su cuenta de Twitter que las indagaciones en torno a cómo trasladarse a Canadá habían aumentado esa noche en 350 por ciento y que, finalmente, terminó con el aumento de mil 150 por ciento. Tan alto fue el número de visitas simultáneas al sitio oficial de "Ciudadanía e Inmigración" de Canadá que éste terminó por colapsar.

Lo curioso es que no sólo se trató de Canadá. Otros destinos —¡Filipinas, incluso!— también reportaron significativos aumentos en el índice de búsqueda y México no resultó la excepción. El hecho no pasa de ser curioso, irónico si se quiere, porque mientras Trump, en su perorata, se presenta en el papel de salvador de Estados Unidos frente a la amenaza de la inmigración, sus propios connacionales amenazan con abandonarlo y emigrar a cualquier otro lugar del mundo.


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