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Fidel Castro: el fin de una era
Espacio 4 - 6 de diciembre de 2016

Muere Fidel Castro
Muere Fidel Castro
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Castro ha muerto. La noticia, no por natural y hasta cierto punto esperada, menguó su impacto. Tanto al interior del archipiélago como en el resto de la comunidad internacional se evidenciaron, de inmediato, las reacciones más diversas. Mientras algunos lamentaban el fallecimiento del ídolo revolucionario, otros celebraban la desaparición física del dictador. En La Habana se decretó nueve días de luto nacional. En Miami, las fiestas callejeras amenazan con durar todavía mucho más. Los medios de comunicación hicieron otro tanto. En los titulares podía leerse desde “Muere el tirano de Cuba” (ABC) hasta “Muere Fidel Castro, símbolo del sueño revolucionario” (El País). Fue, es y será, un conjunto de condiciones que acompaña al nombre del exmandatario cubano, la controversia, la polémica, los contrastes y las opiniones más diversas, siempre sustentadas por alguna dramática experiencia personal —la del padre que vio cómo salvaban a su hijo con una operación del corazón, sin pagar un solo centavo; la del hijo que vio como asesinaban a su padre por manifestarse en contra del gobierno—. A veces parece imposible definir si murió el héroe o el villano, pero en realidad esto sólo ocurre cuando se idealiza a las personas y Fidel Castro, para millones de personas alrededor del mundo, hace mucho tiempo que perdió su condición de ser humano. Hay quien lo cree Dios, hay quien lo llama el diablo.

Militar de tercera, político de primera

Es difícil negar que, en 1959, cuando Fidel Castro, al mando del Ejército Rebelde, le arrebató el poder a Fulgencio Batista, la naciente leyenda revolucionaria contaba con el apoyo mayoritario del pueblo. Sólo así pudo haber triunfado. Basta echar un vistazo a su gesta bélica para comprobar que constituyó un verdadero desastre. Desde el ataque al cuartel Moncada, en 1953, cuando el complejo militar no pudo ser tomado y la mayoría de los atacantes resultaron ultimados o presos —Fidel, entre estos últimos— sin olvidar la llegada, tres años después, del yate Granma al oriente de Cuba, con varios días de retraso y bajo fuego del enemigo que los había descubierto, más otras escaramuzas con similares resultados nefastos y que a duras penas pudieron ser equilibradas, gracias a la astucia de Ernesto “Che” Guevara, en Santa Clara, por ejemplo, o el coraje de Camilo Cienfuegos, en Yaguajay. A propósito, uno y otro fueron héroes de la revolución, comandantes del Ejército Rebelde, figuras queridísimas por el pueblo cubano y eliminados ipso facto del círculo de poder, en circunstancias comprometedoras. El mismo año que triunfó la Revolución Cubana, Camilo Cienfuegos desapareció en el mar, presuntamente a causa de un accidente aéreo. A Ernesto “Che” Guevara no le fue mejor. El recién instaurado gobierno cubano lo ayudó a reunirse, primero, con la guerrilla del Congo, y luego, con la resistencia en Bolivia, donde fue asesinado, en 1967.

Muy pronto se demostró que las habilidades políticas de Fidel estaban mucho más desarrolladas que sus dotes militares. Con su oratoria y su carisma logró hacerse de aliados, tanto entre el campesinado como entre los obreros y, aun, dentro de la cúpula administrativa en ciertos niveles de gobierno. Más poderosa que su fusil, resultó Radio Rebelde, emisora clandestina —que devino emisora oficial y todavía subsiste— con la cual daba noticias de las labores de la guerrilla e incluso concedió una entrevista al periodista estadounidense Herbert Matthews, en pleno corazón de la Sierra Maestra. Estas intervenciones lo hicieron muy popular, con ellas logró convertir las derrotas militares en victorias morales —eufemismo que seguiría empleando durante su dilatada etapa presidencial en el ámbito político con sus “batallas de ideas” y hasta deportivo con sus “medallas de la dignidad”—. Incluso, explotó a su favor la imagen de los rebeldes, jóvenes barbudos de cabello largo, que asemejaban más estrellas del rock que un grupo insurgente, para ganarse la simpatía popular.

Cual si se tratara del montaje de una obra de teatro y con más ruidos que nueces, el escenario quedó listo para la forzada transición. Fulgencio Batista y toda su camada familiar y política aprovecharon los fuegos artificiales con que se celebraba el fin del año 1958 para emigrar a Estados Unidos. Huían así de un enemigo con rasgos fantasmales pues estaba en todos lados, pero nadie lo veía. Fidel Castro, por su parte, sabía que tenía el camino de oriente a occidente completamente libre —de eso se habían encargado antes Camilo Cienfuegos y el Che— y solo faltaba completar su llegada triunfal a La Habana.

El 8 de enero de 1959, miles de personas salieron a recibirlo en la capital de Cuba. La revolución había triunfado.

Martí no se equivocó

¿Qué tiene el poder que a todos envilece?, la pregunta la dejó por escrito José Martí, a finales del siglo XIX. El Héroe Nacional de Cuba renunció a la presidencia de la república en armas de la manera más radical. Enfrentó, sólo acompañado por el subteniente Ángel de la Guardia, —el nombre no debe ser tomado por coincidencia— a toda una columna española. Nada más parecido al suicidio.

Fidel Castro hizo lo contrario. Una vez que triunfó la Revolución Cubana, buscó la manera de asumir el control absoluto del poder. Pocos conocen —compatriotas incluidos— que Fidel inicialmente fungió como primer ministro de 1959 a 1976, mientras el presidente era Osvaldo Dorticós Torrado. Ese último año, en cambio, tras haber hecho las modificaciones pertinentes, logró investirse con todos los máximos cargos posibles: presidente del Consejo de Estado y de Ministros de la República de Cuba, primer secretario del Partido Comunista de Cuba y comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (ejército).

Una vez logrado su propósito, estableció leyes, modificó la Constitución, estableció la existencia de un único partido, para asegurarse de no perder el máximo puesto. Ahí se mantendría por casi medio siglo, hasta que en 2006, se retirara por razones de salud y, dos años más tarde, le heredara oficialmente el cargo, al estilo monárquico, a su hermano Raúl.

Durante los 47 años que Fidel Castro estuvo en el poder, mantuvo un control férreo de su maquinaria gubernamental y dispuso a su antojo de los miembros de su gabinete. Para los que vivimos en Cuba, las votaciones de la Asamblea Nacional (parlamento cubano) no pasaban de ser un requisito formal. Las propuestas de Fidel Castro se aprobaron siempre —repito, siempre— por unanimidad. ¿Cómo concebir el sentido democrático de un gobierno cuando durante tantos años, no hubo siquiera uno de sus principales representantes que discrepara de la opinión del presidente? La discusión, las contrapropuestas, el diálogo que nutre y fortifica la democracia, jamás estuvieron presentes —y siguen sin estarlo— en la Cuba post revolucionaria.

Si algún funcionario incurría en falta y no era del agrado de Fidel, resultaba inmediatamente destituido. Y no debe tomarse como falta una medida conspirativa contra el gobierno. En ese caso, sin duda, las consecuencias serían mucho más graves que una simple destitución. Bastaba con arriesgar cualquier iniciativa privada, a espaldas del Consejo de Estado, para que una escueta nota periodística anunciara el reemplazo, por motivos nunca suficientemente bien fundamentados. Ahí están, para probarlos, los ministros de Relaciones Exteriores, Roberto Robaina y Felipe Pérez Roque o el estratega económico y vicepresidente de Consejo de Estado, Carlos Lage Dávila, por citar sólo los nombres más recientes de quienes cayeron en desgracia ante los ojos del régimen.

La defensa de la Revolución —otro eufemismo que implica la defensa del poder político— fue una justificante perenne en el día a día de Fidel Castro. Lo dejó claro, desde 1961, en una reunión que sostuvo con intelectuales y artistas del país. Sus palabras son tristemente recordadas: “Dentro de la Revolución, todo, contra la Revolución, nada”.

Legado y futuro

Los tres pilares otrora presumía el gobierno castrista hoy están en ruinas: deporte, salud y educación. Si bien antes, Cuba podía considerarse una potencia en cada uno de estos rubros, la historia ha cambiado y para mal. Basta echar un vistazo a los resultados.

En los más recientes juegos olímpicos de Río de Janeiro 2016, Cuba obtuvo apenas cinco preseas de oro —igual sucedió en Londres 2012, sólo que en esa edición al menos sumó un total de 15 medallas, esta última vez sólo fueron 11—, para encontrar actuaciones perores a esa, hay que remitirse a Pekín 2008 en que fueron apenas dos oros para Cuba y luego un larguísimo salto hasta Múnich 1972, donde se obtuvieron tres metales dorados.

El sector salud cubano carece de los recursos necesarios para sustentar la fama que lo acoge y mima a nivel mundial. Además, los médicos y doctores más distinguidos en territorio nacional optan por desarrollar su trabajo al otro lado de las fronteras, dejando su puesto a estudiantes foráneos. Es una paradoja cruel e irónica, pero en los nosocomios de Cuba, es más probable que te atienda un extranjero, que un connacional.

La educación, si bien sigue siendo gratuita en todos los niveles, es otro eslabón que deja mucho que desear. Para muchos, se trata del sector menos atendido por el gobierno. La baja remuneración y las dificultades que afrenta a diario el personal docente ha obligado al gobierno a adoptar estrategias que inflen sus cifras de cara al mundo, en detrimento de la calidad educativa. De ahí la inclusión de los llamados “maestros emergentes”, la mayoría de los cuales son adolescentes con poca o nula preparación académica, o el uso de las llamadas “teleclases” donde una pantalla de televisor busca sustituir a los maestros de carne y hueso que, sencillamente, no son suficientes para cubrir las demandas de las escuelas.

La ausencia de respeto a los derechos humanos es nota constante cuando de Cuba se trata. Las cárceles siguen llenas de presos políticos, la represión contra los opositores se ha recrudecido en los últimos años y la libertad de expresión es una quimera en un país donde todos los medios de comunicación están en manos del gobierno.

La muerte de Fidel Castro, además, tiene lugar en un momento crítico para los cubanos, que han visto y sufrido una debacle económica que ya roza las tres décadas, y que tuvo su eclosión tras el desplome del campo socialista en la extinta Unión Soviética y las naciones de Europa oriental. A esa etapa, iniciada en 1989, en Cuba se le llamó “período especial” —sí, ya se lo imaginan, otro eufemismo— y fue particularmente cruda por la escasez de alimentos, insumos médicos y los continuos apagones que minaron el territorio de punta a cabo.

La estrategia económica parasitaria que ha mantenido el gobierno de La Habana, no acaba de rendir verdaderos frutos, pero todavía se insiste en ella. Durante los primeros años de la Revolución, Cuba se convirtió en un apéndice de la Unión Soviética. Vínculo que casi cuesta el desate de una guerra nuclear, a causa de la crisis de los misiles en octubre de 1962.

Posteriormente, con el desmembramiento de las repúblicas soviéticas, el gobierno castrista encontró un nuevo proveedor de recursos en Venezuela. Por ese entonces, Hugo Chávez campeaba por sus fueros y el petróleo llegaba a costas cubanas a cambio de médicos, maestros y, sobre todo, apoyo político por parte de la mayor de las Antillas.

El cáncer le vence la batalla a Chávez y la promesa de oxígeno llega de donde menos se esperaba. El 17 de diciembre de 2014, la administración de Barack Obama establece un acercamiento inédito con la Cuba revolucionaria. La bandera de Estados Unidos, otrora vituperada, se asoma en las calles del archipiélago y la gente empieza a esperanzarse con la posibilidad de que un verdadero cambio.

Sin embargo, Fidel, con su muerte, hace su última y no menos peligrosa jugada porque llena de ínfulas a alguien que no las necesita para cometer locuras: Donald Trump. El actual presidente electo de Estados Unidos, apenas se enteró de la noticia del fallecimiento del archienemigo de su país, expresó: “Hoy, el mundo marca el fallecimiento de un brutal dictador que oprimió a su propio pueblo por cerca de seis décadas. El legado de Fidel Castro es uno de escuadrones de fusilamiento, robo, sufrimiento inimaginable, pobreza y la negación de los derechos humanos fundamentales.

“Mientras Cuba sigue siendo una isla totalitaria, es mi deseo que este día signifique alejarse de los horrores que han durado demasiado, e ir hacia un futuro en el que el maravilloso pueblo cubano finalmente viva en la libertad que tanto merece”.

La mesa está servida.


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