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Literatura en do re mi fa sol
Espacio 4 - 25 de octubre de 2016

Bob Dylan
Premio Nobel polémico
¿Otra pifia de la Academia Sueca?

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Seamos claros. El Premio Nobel de Literatura se había convertido en algo muy aburrido, donde prácticamente la única expectativa que se mantenía viva, edición tras edición, era comprobar si se lo otorgaban o no al japonés Haruki Murakami —quien, a propósito, ya admitió que estaba hastiado de su perenne nominación porque ni siquiera pasaba a ser finalista—. Y de pronto, de la nada, la Academia Sueca hace una movida inesperada. Le concede el galardón a Bob Dylan, ¡un músico!, y la comunidad de escritores no sabe si echarse a llorar o a reír.

De inmediato, los medios de comunicación, las redes sociales y tertulias de toda índole se atiborraron de opiniones enardecidas que vitoreaban o vituperaban el suceso. Como suele suceder —sobre todo, en redes sociales— las primeras reacciones fueron consecuencia de un ímpetu desbordado, donde no faltaron las incoherencias, el sarcasmo, ni las ofensas directas. Después, cuando las aguas se calmaron, aparecieron los primeros argumentos ensamblados desde la razón. Casi todos coincidían en un punto. No se trata de poner en duda el talento artístico de Bob Dylan —su extensa y exitosa carrera lo avala con creces— sino de concederle un premio literario a un músico. Y sí, coincido que sus letras tienen alto vuelo poético y un contenido que marcó pautas en diferentes épocas. Sin embargo, todas, absolutamente todas, vienen aderezadas con cierta melodía. Se trata de una literatura dopada por acordes que la resaltan a conveniencia. Por tal motivo, miles de personas se pueden dar cita en un estadio para escucharlo cantar por horas y no hay escritor o poeta que logre hacer lo mismo —insisto, congregar durante varias horas a miles de personas en un estadio o plaza, — para escucharlo leer.

Ya Borges, en su conferencia sobre la metáfora, advertía que todas las artes, —literatura incluida, por supuesto— debían aspirar a la condición de la música porque ésta era capaz de despertar sentimientos sin que mediara siquiera una palabra. Un cuento, decía el argentino, puede narrarse; una melodía, no. Para nadie es secreto que no se escribe una historia de la misma forma si va a ser compartida en voz alta a si va a ser leída a solas. La lectura, per se, implica un ejercicio íntimo. Esa intimidad, en cambio y por ser parte de su naturaleza, suele ser constantemente violada en el caso de la música.

Sin embargo, a principios del siglo XXI son muchas las fronteras que han comenzado a diluirse —sólo Trump apunta a lo contrario—, así ya se habla en política de derecha, izquierda, junto con centro-derecha o extrema izquierda; del mismo modo la tecnología funde funciones y paradigmas en dispositivos que parecen teléfonos cuando son computadoras o televisores que se conectan a Internet, como si se tratara de computadoras… en fin, la Academia Sueca, imagino, también ha dilatado la frontera de sus clasificaciones y, en el caso de la literatura, la ensanchó notablemente.

Ahora, tratemos de sacarle provecho al asunto y mirar el lado positivo. A la larga, el evento —no el reconocimiento—, sí sale ganando porque la polémica generada a su alrededor despertó el interés no sólo de quienes seguimos, año tras año, el anuncio del nuevo ganador sino de aquellos que tomaban el Premio Nobel de Literatura como algo abstracto, siempre lejano y que ahora se convirtieron en copartícipes improvisados, pero muy bienvenidos, de la discusión.

En momentos donde el ejercicio de la lectura se toma, cada vez más, por una actividad elitista, circunscrita únicamente al ámbito intelectual, en lugar de conservar su carácter masivo y universal, cualquier espaldarazo que sirva para impulsar la pasión por las letras, ha de ser aceptado. Y quiero ser enfático en un punto axiomático. Para que la literatura exista, no necesita de premios ni otra clase de reconocimientos. No obstante, sí necesita de escritores y lectores. De personas que se entusiasmen con el uso de nuestra lengua y no que la mutilen a partir de prejuicios clasistas que solo sirven para elevar el ego de unos pocos e impedir la entrada de otros muchos que pueden disfrutarla.

Quienes realmente defendemos la literatura, no estamos para exquisiteces, así que si ese espaldarazo viene en forma de escándalo, pues adelante. Critíqueme, si lo desean, por ser demasiado pragmático, pero si esta querella en torno a Bob Dylan sirve para que surja, no digamos ya un nuevo escritor, si acaso un anónimo lector, entonces valió la pena.

Es fácil vaticinar que el siguiente año, serán muchas más las miradas atentas a la decisión de la Academia Sueca sobre el Premio Nobel de Literatura y, con eso, créanme, el oficio de escritor también se nutre. Eso sí, esperamos todos que esta iniciativa —de arriesgar los límites de la literatura— no se convierta en hábito porque entonces, lejos de sumar adeptos, multiplicaremos deserciones.


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