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En Colombia, la paz pierde, la democracia gana
Espacio 4 - 11 de octubre de 2016

Paz vs Justicia
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El dilema colombiano

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Esta vez, ninguna encuesta predijo el resultado, pero apenas se tuvieron las cifras, el plebiscito sobre la paz en Colombia devino noticia —y extrema sorpresa— a nivel mundial. El “no” había ganado, por estrecho margen —50.2 por ciento contra 49.7 por ciento—, pero victoria al fin, sobre el “sí” que hubiese puesto término a 52 años de conflicto armado entre el gobierno y las FARC.

Sin duda, resulta un duro golpe para el presidente Juan Manuel Santos, que ni siquiera estaba obligado a llamar a consulta al pueblo y lo hizo para cumplir una promesa que, de haber obtenido el resultado esperado, habría engrandecido su imagen de presidente pluralista y democrático. Sin embargo, no fue así, y lo que habría supuesto el mayor logro de su administración, se convirtió, de la noche a la mañana, en su peor fiasco. Difícil se asoma el futuro para el mandatario y sus seguidores, especialmente cuando siempre resultó enfático sobre la no existencia de un “Plan B” que implicara renegociaciones con la guerrilla. Hoy, en cambio, Colombia requiere, le urge incluso, hasta un “Plan C”.

En principio, el cese bilateral al fuego que se mantiene vigente, continuará mientras se traza un nuevo camino que acerque a Colombia a la tan ansiada paz. El problema es que esta garantía no satisface a toda la población, en especial a quienes habitan las zonas rurales, los más afectados por las incursiones de la guerrilla y que, casi en su totalidad, votaron por el “sí”. Desafortunadamente para ellos, el número de pobladores del campo que decidieron acudir a las urnas, no equipara la cantidad de citadinos que hicieron lo mismo. Estos últimos impusieron su mayor aprovechamiento del ejercicio democrático, a sabiendas de que, desde hace muchos años, las ciudades apenas se ven afectadas por los ataques de las FARC.

Otro factor que ayudó al triunfo del “no” fue la organización y el poder de convocatoria exhibido por el Partido Centro Democrático, con Álvaro Uribe a la cabeza. Bajo el lema “La paz es ilusionante, los textos de La Habana son decepcionantes”, el ex presidente convenció a muchos de sus seguidores para que rechazaran los acuerdos alcanzados. El exceso de confianza del gobierno —que como casi todos esperaba una fácil imposición del “sí”— lo llevó a desatender los mecanismos de acopio y convencimiento popular, imprescindibles para lograr la victoria en el ámbito democrático.

Pero hay más. Venezuela y Cuba. En efecto, la oposición, primero, creó y, luego, resaltó vínculos entre el proceso de paz y los sistemas políticos de esas dos naciones. Al llevarse a cabo los diálogos en La Habana y tener, además, como acompañantes a funcionarios provenientes de Caracas, el uribismo homologó el vencimiento del “no” a un no apoyo al “castro-chavismo”.

A todo ello debemos sumar el sentir de muchos colombianos que están en franco desacuerdo con que los integrantes de las FARC no pisen la cárcel tras confesar sus crímenes y que sus líderes puedan optar por puestos políticos en el gobierno.

De más está decir que Colombia sí ansía la paz, sólo que la información y la participación activa de las masas, son dos instrumentos imprescindibles en el seno de una sociedad democrática. Los campesinos de Colombia no cuentan con la primera ni acostumbran a hacer uso de la segunda. Es alarmante que el índice de abstencionismo durante el plebiscito superó el 60 por ciento. Así, la paz que reclaman los más necesitados se vio aplastada por las exigencias de justicia que se promueven desde las urbes metropolitanas, en buena medida, gestadas por Uribe, que aún sueña con regresar al poder en Colombia.

El mundo sigue de cerca, y con tristeza, los próximos pasos de la nación sudamericana. La decisión de este pueblo —¿o debería decir, de los pocos que votaron representando a este pueblo?— será respetada, pero es innegable que la paz ha de tener un costo, si queremos alcanzarla. Toca a los colombianos, y sólo a los colombianos, ponerle precio. Ya han demostrado con creces su madurez democrática, falta ahora que pongan en vigor su unidad nacional.


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