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Peña, la patria en los calzones
Espacio 4 - 13 de septiembre de 2016

Peña Trump
Saludo repudiado
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Ok, lo acepto, me gusta nadar contracorriente. Es un rasgo típico de este carácter mío que a todas partes me acompaña y no siempre me hace quedar bien. Soy de los que justifican al lobo tras la mordida y desconfían siempre del héroe que rescata princesas. Porque, a veces, el lobo apenas busca saciar su hambre y el héroe, a solas con la doncella, pretende agotar otras urgencias no menos animales.

Por eso, cuando Enrique Peña Nieto invitó a Donald Trump a dialogar sospeché, de inmediato, que tendría material para escribir. Y no me equivoqué

Como era de esperar, todos cargaron contra el presidente. Lo han llamado de mil y una maneras, ninguna afable. Entreguista, débil, cobarde, sinvergüenza y, sobre todo, algo que ya se convierte en costumbre, ignorante. En las imágenes seleccionadas por los medios de comunicación se le ve con la mirada perdida, los labios fruncidos. Esta vez ni su copete altisonante lo ha logrado salvar. ¿Dónde quedó aquel presidente que se ufanaba de haber hecho converger a todos los partidos con el —supuestamente, histórico— Pacto por México? ¿Quién piensa hoy en las reformas que promovió y terminaron como materia prima para inflar propagandas gubernamentales? ¿Alguien recuerda la imagen de mandatario fuerte que presentó al meter tras las rejas a la lideresa Elba Esther Gordillo, estrenando apenas su administración? Ni qué decir de la captura de “El Chapo” —antes que escapara, claro, y lo volvieran a capturar—, ¿alguien? No creo.

En cambio, están muy frescos sus escándalos y fracasos. Empezando por el embrollo de la “Casa Blanca” y sus oscuras relaciones con el Grupo Higa; las múltiples masacres sucedidas durante su administración —algunas perpetradas por agentes del orden—; la pérdida por parte del PRI de más de la mitad de las gubernaturas en juego este 2016; el desplome del peso frente al dólar que agravia, más que hiere, a los mexicanos; el fiasco de México en las recientes Olimpiadas de Río y, para colmo, las acusaciones de plagio que penden sobre su tesis y que Peña intenta minimizar en términos de un “error metodológico”. No en balde, todas las encuestas apuntan a que los niveles de aceptación de su mandato van en picada.

Y sin embargo, de pronto y de la nada, invita a Donald Trump a dialogar. Una movida, en principio, inexplicable, y que dejó aturdido a más de un analista porque nadie, en su sano juicio, invita a su casa a la persona que ha estado ofendiendo de manera cruda y continua a quienes la habitan. Reconozco que fui uno de los confundidos, ¿cómo?, ¿por qué?, me preguntaba, pero pensé en Mahatma Gandi, Juan Pablo II, Nelson Mandela, incluso, más cercano en tiempo, geografía y estatura política, en Juan Manuel Santos y sus exitosas negociaciones con las FARC.

Sin duda, Peña Nieto preparaba un discurso ejemplarizante, que resaltara, sin ofender pero con firmeza, el nombre de los mexicanos y pusiera en su lugar al magnate neoyorkino. Visto desde esa perspectiva, resultaba una oportunidad única para un mandatario ávido de respaldo popular, un gesto capaz de hacerle recuperar, frente a todos sus connacionales y la comunidad internacional, parte de la dignidad perdida. Lo único que debía hacer era mostrar capacidad de liderazgo. Dejar en claro, la valía y el honor de los mexicanos, igual que lo hicieron los próceres que él mismo nombra y vitorea, con forzado entusiasmo, durante el grito, cada mes de septiembre.

Pero nada de eso sucedió. Peña Nieto se dedicó a justificar lo injustificable, a reinterpretar las declaraciones de Trump en un ejercicio fútil y, por demás, denigrante. En lugar de exigir disculpas, las ofreció; en lugar de agigantarse, se minimizó. Olvidó que su cargo, otorgado por el voto popular, lo convierte en el máximo representante de su pueblo, mismo que en lugar de defender, traicionó, tal como hizo Antonio López de Santa Anna, pero sin necesidad de participar en guerras, caer preso, perder una pierna o ser llamado héroe de ciudad mexicana alguna.

Con ello, Enrique Peña Nieto, garantizó que su nombre se perpetúe en las peores páginas de la política mexicana pues, si bien es cierto que, durante las últimas décadas, la sociedad se ha resignado a lidiar con presidentes corruptos, mentirosos, cobardes, asesinos inclusive… los traidores habían quedado relegados a los libros de historia. Hoy Peña Nieto ha logrado revivirlos y se ha metido la patria, ya no en los bolsillos como Santa Anna, sino en los calzones. La vende por miedo. La vende por nada. Y eso no tiene justificación posible, ni siquiera para mí, que me gusta nadar contracorriente, pero no me llama la atención morir ahogado.


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