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El niño de Alepo, el hombre del EI
Espacio 4 - 30 de agosto de 2016

Niño de Alepo
Hoy es el niño de Alepo
Mañana, ¿quién podrá ser?

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Otra vez un niño llama la atención sobre las atrocidades que se cometen en Siria. Afortunadamente —si es que fortuna puede llamársele a vivir en medio de un sangriento conflicto bélico—, el pequeño de cinco años, Omran Daqneesh, sobrevivió al bombardeo que arrasó con buena parte de su barrio de Al Qatergui, al este de Alepo, una zona metropolitana bajo dominio rebelde. No sucedió lo mismo con su hermano Ali Daqneesh, de diez años, quien falleció a causa de las heridas que le causaron los proyectiles, como tampoco la tuvo, casi un año antes, Aylan Kurdi, el pequeño sirio de tres años que se ahogó al intentar huir de su propio país y cuya foto recorrió el mundo entero, incitó promesas de líderes mundiales, pero poco cambió la situación de una nación que emula los peores castigos del infierno, especialmente por su amenazante eternidad de sufrimientos.

Ahora le tocó el turno a Omran cubrir la portada de los medios de comunicación. Las redes sociales explotaron con su imagen de infante resignado y perdido. De nueva cuenta —tal cual sucedió con Aylan— comentarios airados se suscitan aquí y allá y sus autores exigen desde la comodidad de sus hogares que los gobiernos cesen las hostilidades en territorio sirio, como si se tratara de agarrar el teléfono y pedirle a Bashar al Assad, a Vladimir Putin y a los rebeldes que, por favor, dejen de lanzar bombas porque molestan a los vecinos.

La repetición de estas simplistas reacciones ya provoca repulsión en lugar de solidaridad. Desde el 2 de septiembre de 2015, cuando la instantánea de Aylan muerto en una playa estremeció la sensibilidad de la comunidad internacional hasta el pasado 18 de agosto en que se tornó viral la foto de Omran, los activistas de ocasión parecían dormidos. ¿Es que acaso ha de morir un niño a diario para que no se les olvide a esos defensores humanitarios de medio pelo las atrocidades que provocan las guerras? ¿Es que no saben que ya mueren muchos más niños a diario por esas mismas guerras? El problema es que no todas las víctimas de las masacres tienen la suerte de ser fotografiadas.

¿Alguien se ha cuestionado cual puede ser el futuro de Omran Daqneesh? Se trata de un menor que crecerá —si las bombas del gobierno ruso y sirio lo permiten— con su familia diezmada por la guerra, sin conocer las bondades del ser humano, sólo su lado más oscuro, escuchando día a día que hombres de otros países vienen a lacerar el suyo, a apoyar a presidentes tiránicos y corruptos, que desde la seguridad que le garantizan su tecnología armamentista pueden liquidar a familias enteras como casi sucede con la suya.

¿Alguien —insisto— realmente se sorprendería si mañana Omran Daqneesh, ya convertido en hombre, se ata una cinta de explosivos y se inmola en un centro comercial de Damasco o Moscú? ¿Cómo explicarle que matar inocentes no son formas de hacer la guerra cuando es la única forma que ha conocido desde que tenía cinco años?

¿Alguien —vuelvo, otra vez— pagará sus sesiones en el psicólogo para que se recueste en un sofá y aprenda que el mundo puede ser diferente? No lo creo. Pero sí creo firmemente que este tipo de acciones son las que enriquecen el caldo de cultivo de los extremistas, llámese Estado Islámico, Al Qaeda, Boko Haram, o el nombre que adopten. Sus filas, se comenta, están llenos de fanáticos y creyentes vehementes, algo que no pongo en duda, pero ¿cómo llegaron a ese nivel de exacerbación? Muchos son huérfanos, desamparados, seres humanos que de tanta angustia cayeron por debajo de la lógica o los sentimientos y pueden ser manipulados por líderes extremistas que les ofrecen si no es en esta vida, pues en la próxima, un alivio para sus penas. Hoy, Omran Daqneesh es un niño aturdido tras un bombardeo criminal, que mañana nadie lo culpe si occidente lo llama terrorista.


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