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Mareas democráticas
Otrolunes.com - 4 de enero de 2016

Victorias derechistas
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Mucho se habla hoy sobre la plausible tendencia hacia la derecha que Latinoamérica exhibe, a partir, primero, de la victoria de Mauricio Macri en Argentina —poniendo fin a una extensa era kirchnerista— y después, quizás no más ni menos importante, pero sí más simbólica y representativa, el dominio de la oposición en Venezuela, durante las última elecciones, que le sirvió para obtener el control de la Asamblea Nacional.

Otra prueba, que con razón se esgrime, es el descontento que prevalece en Ecuador por la presencia de Rafael Correa, cuando amenaza con eternizarse en el cargo, al más puro y viejo estilo de los regímenes dictatoriales, e incluso, me atrevería a añadir, la crisis de credibilidad y prestigio por la que atraviesa el gobierno de Dilma Rousseff, en Brasil, a partir de los escándalos de corrupción que la ligan a los millonarios desfalcos e irregularidades detectados en Petrobras.

La comunión de todos estos factores impulsa a sacar conclusiones y emitir valoraciones que no siempre parecen bien sustentadas. La primera de estas conclusiones advierte que la presente tendencia derechista demuestra, ipso facto, el fracaso de las ideologías de izquierda.

En lo personal, preferiría pisar ese suelo especulativo con mayor cautela. Los pregones derechistas de hoy se asemejan peligrosamente, en su euforia y falta de contenido, a las proclamas izquierdistas de años atrás, cuando se afirmaba, con idéntica certeza, que el modelo capitalista estaba destinado al mayor fiasco.

Antes que victorias y derrotas, llamo la atención sobre la constante fluctuación de poderes que ha prevalecido en la historia política de la humanidad. La necesidad constante de mejoras insta a las sociedades a cambiar el estatus que les ha tocado vivir una y otra vez y una y otra vez.

Desde esta perspectiva, la única condición que realmente se afianza y fortalece en la actualidad, es la práctica de la democracia, gracias a la posibilidad de alcanzar la frescura que trae aparejada toda alternancia, sin necesidad de recurrir a sangrientas revoluciones, asesinatos de máximos dirigentes o golpes de estado. Sin embargo, así como el mar, en cada playa, refresca la arena con aguas frescas, la marea, tarde o temprano, terminará por arrojar nuevos sargazos que habrán de ser eliminados.

Hoy aplaudimos (sí, también me incluyo) los cambios de colores, partidos, estrategias, nombres, rostros… al menos rostros… en la cúpula de poder de algunas naciones latinoamericanas, pero en el futuro, muchos de nosotros estaremos levantando la voz para exigir el próximo cambio.

No es que estemos equivocados hoy. Tampoco que tendremos razón mañana. Sencillamente, estaremos imbuidos en un nuevo cúmulo de circunstancias que ameritarán otras transformaciones. Aceptar y aplicar esa dinámica infinita nos hará sentir vivos y aferrados a la esperanza.

Por eso, no hay nación más muerta que aquella incapaz de romper su estatismo y se momifica empotrada en un sistema arcaico, mismo que intenta transformar en un rostro nuevo mediante el uso de acuerdos convenencieros y tímidas aperturas que se aplican como maquillaje sobre una piel ajada.

Esperemos, por el bien de las sociedades latinoamericanas y la salud de los sistemas democráticos, que países como Nicaragua, Cuba, Bolivia y Ecuador, sigan el ejemplo de Argentina y Venezuela. Y que ahora, más que nunca, todavía la consideren naciones hermanas.


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