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Venezuela ya no es de Chávez
Sitio Web Edgar London - 7 de diciembre de 2015

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Después de años de críticas por la hegemonía de un sistema político y económico que amenazaba con perpetuarse a pesar del rechazo de la mayoría, el pueblo venezolano logró, mediante el voto ciudadano (la herramienta más poderosa en una sociedad democrática) alcanzar un equilibrio que le favorezca en la Asamblea Nacional, su máximo órgano de poder, y con ello, el mensaje resulta más que claro: aún hay esperanza.

Esperanza para otras naciones latinoamericanas, como Cuba, que aún aguardan por la oportunidad de alternar con opciones de gobierno más frescas y atemperadas a las circunstancias que prevalecen en el mundo actual. Puede que mejores, dudo que peores, pero capaces, en todo cado, de inspirar confianza cuando se piensa en la titánica tarea de sacar a la nación del estatismo donde se encuentra a causa de su obsoleto modelo ideológico.

Esperanza para países como Bolivia, Nicaragua y Ecuador que ven marchitar sus incipientes brotes democráticos al fortalecerse la esencia del caudillismo, rasgo principal de las dictaduras del pasado siglo y que, otra vez y otra vez y otra vez, se asoman en el presente milenio.

Esperanza para los millones de errantes que marcamos huellas en los lugares más recónditos del mundo y, desde la distancia, hacemos nuestra la posibilidad de atestiguar un cambio en la tierra que nos vio nacer y, con suerte, también nos acogerá al morir.

El ejemplo que acaba de ofrecer Venezuela pesa mucho más que el de Argentina, (que también dio con Macri un golpe de timón al rumbo de su nación) por dos razones bien definidas.

La primera de carácter simbólico. La oposición se impuso en el seno de la nación que, por encima de Cuba, intenta imponer hoy en día la pauta de ese socialismo, antaño dulce y promisorio, pero que ya se ha vuelto rancio. Desde ahora, Venezuela ya no será más la tierra de Hugo Chávez como proclamaba el oficialismo, pero tampoco lo será de Leopoldo López o Henrique Capriles. Venezuela es de los venezolanos, tal cual siempre ha debido ser.

La segunda es de corte pragmático. La oposición venezolana aprendió (y demostró) que la unidad sigue siendo la clave del éxito político. Sólo cuando todas las células contrarias al gobierno convergieron en su propósito y armaron un único frente de lucha democrática, lograron arrebatarle el mando al oficialismo.

Que tomen notas los partidos, los grupos y hasta los lobos solitarios que se hacen la guerra unos contra otros, peleándose por un hueso que ni siquiera han logrado mantener en sus mandíbulas. Las rencillas internas invalidan la posibilidad de la alternancia mucho más fácilmente que la cárcel, la muerte o el peor de los tiranos.

Pero no se trató solamente de la labor conjunta desarrollada por los grupos de oposición venezolanos, sino por el pueblo (el real, no ese otro que se desgasta en metáforas literarias o discursos vacíos) que, al fin, salió de sus hogares y evidenció su hartazgo con una participación de más del setenta por ciento en las urnas y así dejar en claro que no hay lugar para dictadores donde el pueblo realmente manda.

No se puede desestimar, tampoco, el reconocimiento público de Nicolás Maduro sobre la derrota sufrida. Más allá de aprovechar su salida para exhibir una actitud democrática y plural que tanto al interior de su país como a ojos de la comunidad internacional se antoja ficticia, la realidad es que asumió el rol que le corresponde al representante de la propuesta menos favorecida, en este caso, el oficialismo. Admitir la derrota sin rasgaduras de vestimentas ni amenazas de sabotajes, forma parte también de la democracia.

Es una verdadera lástima, ahora que el control de la Asamblea Nacional favorecerá a la oposición, no poder presumir una victoria perfecta en términos democráticos porque, para llegar a este triunfo, muchos tuvieron que escapar al exilio, otros purgan condenas carcelarias como si se trataran de criminales comunes y, algunos, los que ya jamás podrán salvarse, perdieron la vida durante enfrentamientos en las calles. Desde toda perspectiva, un precio irreconciliable con la factura de cualquier gobierno, que hiere, además, la esencia misma de la democracia y el desarrollo político, social y humano.

Pero al menos, Venezuela ya empieza a palpar una realidad que para otros pueblos sigue siendo una eterna promesa. Y desde ya, el mundo aprenderá que Venezuela no es sólo un lugar de carencias, despotismo y manifestaciones multitudinarias como insisten en exhibirla los medios de comunicación. Es también tierra de cambios, de libertad y, por siempre, de esperanza.


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