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La maldición del Hipócrates cubano
Sitio Web Edgar London - 2 de diciembre de 2015

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Los cubanos volvemos a ser noticia... y para mal. Aunque lo correcto sería delimitar responsabilidades pues, esta vez, es el gobierno de Cuba el que repite sus desafueros.

Justo cuando aplaudíamos los visos de reconciliación, no entre La Habana y Washington, como se advierte en primera instancia, sino entre Cuba y el mundo, —lo cual insuflaba aires de esperanza hacia una sociedad más democrática— reaparece, de manera mal encubierta, la vieja y nunca bien recordada “tarjeta blanca”, sólo que en esta ocasión restringida a los médicos cubanos. No se llama así, claro está, y oficialmente ese nunca fue su nombre, pero el sentido es el mismo de antaño, un permiso especial, emitido por una instancia de gobierno, en este caso ya no migración sino el ministerio de salud (que en Cuba, tras bambalinas, todo es lo mismo), para que un ciudadano pueda viajar fuera del país.

La razón de esta abominable anomalía, explica el gobierno de Cuba mediante un comunicado, es garantizar “la accesibilidad, calidad, continuidad y estabilidad del funcionamiento de los servicios de salud”. Un discurso que a nadie convence pues conocemos, algunos en carne propia, que en la praxis, las variables para otorgar estos permisos pueden distar mucho de un simple análisis sobre “las fechas de salida del país, teniendo en cuenta el relevo de cada profesional”, según agrega el mismo comunicado.

A todas luces la medida implica un retroceso en la tímida apertura —pero apertura al fin y al cabo— que tuvo lugar el 14 de enero de 2013, cuando se abolió el procedimiento de solicitud de permiso de salida para los viajes al exterior y quedó automáticamente sin efecto el requisito de la carta de invitación. Ambas exigencias, además de ser obsoletas en el contexto de cualquier sociedad democrática moderna, resultaban denigrantes, pues la primera coartaba la libertad intrínseca del ciudadano cubano y lo convertía, ipso facto, en un apéndice controlado por el gobierno, mientras que la segunda lo convertía en una criatura dependiente de las “bondades” —igual podría decirse “misericordia” o “conveniencia”— de un tercero desde el exterior, capaz de facilitar con un documento, muchas veces apócrifo, el destino migratorio de los cubanos residentes en el archipiélago.

Pasaporte y visa del país destino, son, desde entonces, los únicos documentos requeridos para viajar al exterior en Cuba… aunque no para los médicos. Ellos, por representar uno de los tres estandartes de la Revolución Cubana —salud, deporte y educación— están obligados a pagar con su libertad individual, el aporte colectivo que ofrecen a la sociedad, gracias a su trabajo. Algo que no ocurre (todavía) con los deportistas o los maestros.

Quizás porque son los galenos la mejor ficha de cambio que tiene el gobierno cubano para negociar en el exterior. Se calcula que, actualmente, alrededor de veinticinco mil médicos cubanos se hallan cumpliendo misión, desperdigados en unos cincuenta países alrededor de todo el mundo, no sólo Latinoamérica. El ingreso que ellos generan y va a parar a las arcas del estado, ronda los diez mil millones de dólares anuales. Una cifra nada despreciable para una nación con una economía en franca quiebra y que la élite del poder, instalada en La Habana, no está dispuesta a perder.

Por tanto, otra vez se evidencia y sale a relucir con descaro el sentido de posesión hegemónica que tanto se critica a los regímenes totalitarios. Para el gobierno de Cuba, sus habitantes, antes que ciudadanos o seres humanos, son inversiones, y con ello les ofrecen un trato idéntico al que siempre han criticado en el sistema capitalista. Sólo que en lugar de comprar al capital humano con dinero, lo retienen creando nuevas y cada vez peores restricciones, cuando deberían idear estrategias que seduzcan al connacional a no abandonar su patria o, de hacerlo, que no se pierda en su totalidad la necesaria aportación económica.

Vale la pena señalar un par de consecuencias directas que tendrá esta medida. En primer lugar, lejos de apaciguar los ánimos migratorios, ahora en el sector médico, se multiplicarán. Más de un profesional de la salud aprovechará el otorgamiento de su permiso (en caso de contar con esa suerte), para nunca más regresar pues ya sabe, a priori, que pudiera no existir una segunda oportunidad. En segundo término, a las dificultades que siempre han tenido que enfrentar los aspirantes a la carrera de medicina, con sus primeros seis años de estudio universitario (la más extensa carrera que se cursa en Cuba), más los de servicio social, especialización y otro sinfín de sacrificios, se deberá agregar esta limitante. Es de imaginar los comentarios entre amigos o entre padres e hijos: “si estudias medicina, no puedes viajar afuera”. Sentencia que, a la postre, hace dudar más que el peor de los exámenes.

Pero si aun así, el amor por la medicina resulta tan grande como para asumir el riesgo, sería bueno agregar una cláusula al juramento hipocrático que rindan los cubanos, algo así como una versión criolla, donde aparezca en algún punto, después de haber jurado por Apolo médico, por Esculapio, Higía y Panacea, que el desempeño de esta profesión se pagará con la libertad individual y que nunca, pero nunca jamás, se dejará el país, a menos que el gobierno así lo quiera.


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