Cuba
Edgar London
 
Edgar London
Reconocimientos
Mi desván
Con Voz Propia
Tamba Bay Cuba
Pero insisten en saber a quién le voy
Otros sitios
Cubaliteraria
Isliada
Lecturalia
Otrolunes
REMES
Vercuba
 




Lázaro Vargas, ni ponche ni jonrón
Sitio Web Edgar London - 26 de noviembre de 2015

Lázaro Vargas y su hijo
Lázaro Vargas y su hijo
Padre, además de pelotero

Más textos con voz propia
Pero insisten en saber a quién le voy
Venezuela ya no es de Chávez
La maldición del Hipócrates cubano
Ni un alpiste…
La inutilidad de las muertes útiles

En Cuba, desde su época como jugador de béisbol en el equipo Industriales, a Lázaro Vargas se le han endosado tres atributos que siempre lo acompañan, cual si los llevara tatuados más que en su piel, en su propio espíritu. El primero de ellos, negativo; el segundo, positivo; el tercero, por demostrarse.

Respetando ese orden, habría que comenzar por mencionar su carácter difícil, que algunos tildan de egocéntrico, otros de caprichoso, siempre polémico, y que le valiera críticas lo mismo por llevar arrastrando el bate, del círculo de espera al cajón de bateo, que por detener un juego cuando las luces del estadio no resultaban suficientemente brillantes para él. Dicho en buen cubano, para muchos, Vargas es “un pesao”.

Sin embargo, contrapone a esta característica una virtud que varias veces le aplaudimos en el estadio Latinoamericano. La valentía que mostraba en los momentos cruciales, cada vez que se necesitaba el batazo oportuno y desde las gradas se escuchaba la rechifla de los fanáticos contrarios. Pareciera que mientras los abucheos e insultos disminuían el ánimo de sus compañeros de equipo, a él lo engrandecía y terminaba por responder a la hora buena. Otra vez, dicho en buen cubano, Vargas es “un tipo cojonudo”.

El tercer atributo, sin duda resulta el más controvertido. Se rumora (y también se grita en la esquina caliente del Parque Central en La Habana) que Lázaro Vargas siempre ha sido un delator. Especie de policía infiltrado dentro de la selección de Industriales o de la propia Selección Nacional de Béisbol de Cuba, cuya labor consistía en avisar a las autoridades sobre cualquier posible caso de deserción, comentarios contrarrevolucionarios o complot en contra de los dirigentes deportivos o nacionales. Labor que, aseguran sus detractores, le valió para alistarse en determinados torneos a los cuales nunca hubiese accedido por su desempeño deportivo o que, como colofón tras sus años de servicio, le sirvió para que lo premiaran con la dirección de la novena azul. Así que, de mano con la jerga del buen cubano, Vargas también es “un chivato”.

Y ahora resulta que este tipo “pesao, cojonudo y chivato”, abandona Cuba y arriba a Estados Unidos con la esperanza de que su hijo, Miguel Antonio Vargas, encuentre una oportunidad para participar en las Grandes Ligas.

Realmente, se trata de un hecho que se ha repetido en las filas de peloteros cubanos, una y otra vez, de un modo u otro, con ayuda de familiares o sin ella, montados en balsas o cruzando fronteras, tras sufrir persecuciones como Kendry Morales o con la aparente venia del gobierno como José Ariel Contreras, desertando de torneos, huyendo de hoteles y a veces hasta disfrazados de mujer (aunque Adrián Hernández, “el Duquecito”, negó posteriormente esta versión que bien pudo ser cierta).

Entonces, ¿por qué la decisión de Lázaro Vargas ha causado tanta polémica desde que se hiciera pública la semana pasada? La razón es sencilla de explicar, no tanto de asimilar. A Vargas no se le juzga desde una perspectiva deportiva o social, sino política.

Su presunta condición de “chivato”, combinada con la antipatía que ha cultivado por años, le ha valido duros comentarios en Internet, único espacio donde la libertad de expresión no tiene cota lógica ni moral y todos los internautas presumen de aguerridos. De más está decir que los ataques más duros provienen de cubanos… afortunadamente, también las más sonadas defensas.

Poco valen ahora, para sus críticos, los momentos emocionantes que nos regaló mientras estuvo en Cuba o cuando representó a nuestro país. Quienes lo recuerdan y aun así lo aborrecen, argumentan que cada batazo suyo sirvió para consolidar una victoria que se apuntaría, frente al mundo, el régimen de Fidel Castro. Otra vez, una disquisición política. ¿Y saben qué? Tienen razón. La grandeza del deporte cubano y, en especial, el éxito del béisbol (hoy en jaque), ha sido una de las piezas que la Revolución Cubana siempre ha presumido frente a la comunidad internacional como un logro particular, casi ideológico. De ahí las bochornosas dedicatorias que, sobre todo en la década del ochenta y aún en los noventas, los deportistas solían enviarle a Fidel Castro después de un triunfo.

Sin embargo, hay quien olvida que en la misma coyuntura de Lázaro Vargas, estuvieron, por sólo citar algunos nombres, René Arocha, Rey Ordoñez, Osvaldo Fernández, Liván Hernández, Rolando Arrojo, Orlando “El Duque” Hernández, José Ariel Contreras, Danys Baez, Yuniesky Betancourt, Aroldis Chapman, Kendrys Morales, Yoenis Céspedes… la lista prosigue en su inmensidad y a ninguno de sus integrantes lo crucificaron cuando escapó a Estados Unidos como a Lázaro Vargas que, a propósito, no se fugó de una competencia y, aparentemente, tampoco se montó en una balsa porque, según una fuente no confirmada, tenía visa por cinco años para entrar a Estados Unidos. En tal caso, sencillamente, emigró.

Por esta razón, intento dilucidar, ¿de qué se le acusa a Vargas?

¿De ser un representante encubierto del oficialismos cubano? ¿De haber sido una persona que disfrutó las mieles del comunismo —así dicen— y ahora quiere hacer lo mismo en el mayor representante del capitalismo en el mundo? Si así fuera, entonces se le acusa de querer una vida mejor, de no enquistarse en las posibilidades que Cuba le ofrece, para él extintas o insuficientes; de cambiar porque a pesar del riesgo que implica todo cambio, considera que en Estados Unidos puede encontrar una mejor oportunidad de vida para él y los suyos.

¿O será de no tener credo ni bandera? En ese caso, habría que aceptar que tampoco lo tuvieron quienes abrazaron la directriz del sistema político cubano –desde sus orígenes, cuando el triunfo revolucionario de 1959 representaba la idílica promesa de cambio que el mundo esperaba– y terminaron por rechazarla para convertirse, no pocos, en sus más sonados detractores.

¿De traidor? Habría que definir, primero, ¿qué está traicionando? ¿A la patria? ¿A la revolución? ¿Al socialismo? Por favor, ese es el discurso oficial que utiliza el gobierno de Cuba para recriminar a los “desertores” o el de Estados Unidos para alabar a los “refugiados” cubanos y que a, fin de cuentas, refiere al mismo conjunto de personas que sólo lucha por una esperanza de vida. Entonces, ¿traiciona a la gente que lo sigue?, que es la misma gente que ahora lo fustiga y no le perdona que mute de bando cuando buena parte de quienes le reprochan su decisión, desde el exterior, hizo exactamente lo mismo años antes o, desde el interior de Cuba, en secreto les aterroriza comprobar que se van quedando solos, acompañados únicamente por su propia intransigencia.

No compliquemos las cosas, sólo por tratarse de un tipo “pesao, cojonudo y chivatón”. Vargas no pretende convertirse en el sexto héroe de Cuba, por el cual organizarán marchas en La Habana, ni tampoco en un integrante de la oposición que agarrará el micrófono para despotricar contra el gobierno cubano desde Miami.

Puede que las leyendas sobre Lázaro Vargas sean ciertas, pero por encima del pelotero, el policía o el apátrida, yo veo un hombre que acaba de tomar una decisión personal muy difícil, veo al padre que renuncia a lo que sea, con tal de echar adelante el futuro de sus hijos y, al margen de todas las argumentaciones, reconozco al ser humano que cuenta con el derecho inalienable de escoger un destino mejor. Si Vargas es culpable de eso, entonces todos deberíamos aspirar a ser condenados.


Escriba aquí sus comentarios...
Por favor, llenar ambos campos.
   
Nombre:
Comentario::


Recomendado Recomendados
Sin excusas: ¿se hace o no se hace?
Fidel Castro: el fin de una era
Efecto post: tribulaciones de un cubano común
No hay pronóstico que valga
 
 

Inicio Libros Antologías Publicaciones Reconocimientos Mi desván Con voz propia
 
ARRIBA