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Cuando Dios visitó la casa del Diablo
Otrolunes.com - 11 de octubre de 2015

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No creo en Dios, pero sí en la necesidad de creer. Es innegable que todos los seres humanos, en algún momento de la vida, sentimos nuestras fuerzas flaquear y requerimos de una ayuda extra. La mayoría de las ocasiones acudimos al prójimo, sea este un familiar, un vecino o un amigo, pero la naturaleza del dilema pudiera exigir facultades superiores a las de quienes pretenden auxiliarnos. Sin duda, resulta un aliciente cuasi vital, la certeza de que hay un “alguien” o un “algo” disponible para sacarnos del atolladero, las veinticuatro horas del día, los siete de la semana, como si se tratara de una excelente tienda de autoservicio con carácter divino.

Renegar de este prodigio, una vez aceptado, pudiera parecer necedad. Y sospecho que, realmente, lo es. A fin de cuentas, ¿a quién no le gusta contar con un soporte extra cuando sentimos que el mundo se desploma a nuestro alrededor? Por supuesto, la verdad es otra, solemos ser nosotros quienes nos estamos derrumbando, pero pocas cosas son más difíciles y exigen mayor esfuerzo que superarnos a nosotros mismos. Por eso, sin importar la edad, los hombres nos comportamos con harta frecuencia como bebés que tienden la mano para que alguien nos ayude a caminar y simulamos ser fuertes ante los ojos de los demás, “vean, todo está bien”, gritamos, sin querer mirarnos a nosotros mismos y confesar que el miedo o la frustración nos habita.

Siempre he tomado por paradoja que los portentos divinos, a los efectos prácticos, restrinjan su existencia al mundo terrenal. Evidentemente, la fe es la única herramienta que puede desterrar esta opinión y considerar un absurdo tratar con leyes naturales un asunto sobrenatural. De cualquier manera, es en el reino de este mundo donde notamos los efectos de la religión, la mayoría de las ocasiones por manipulaciones que nada le deben a lo divino. Incluso antes de las cruzadas, más allá de la “limpia” de moros en los reinos que ocupan hoy los territorios de Portugal y España, ya los hombres sacaban provecho, no de Dios, pero sí de Su Nombre.

Por tal motivo, me pregunto ¿cuál de las dos consideraciones (consecuencia de fe o coyuntura política) harán suya los tres mil quinientos veintidós presos cubanos que recibieron amnistía gracias a la visita del Papa Francisco a La Habana? Desde que otro Papa, Juan Pablo II, plantara sus pies en la mayor de las Antillas, los cubanos, de un modo u otro han salido favorecidos, así fuese con un día extra para festividades como lo es, desde entonces, el 25 de diciembre. Nada mal para una nación donde coexisten al menos un par de generaciones que fueron amamantadas con la leche del materialismo más radical. Sin embargo, cuando de ventajas se trata, creyentes, agnósticos y ateos, por igual, agradecen la buenaventura que, a veces, arrastran consigo los movimientos eclesiásticos.

Me gustan, entonces, los clérigos que hablan del Cielo, pero hacen su labor en la tierra. Lástima que abundan en demasía aquellos que hablan de los problemas de la tierra y se la pasan viviendo como si habitaran el Cielo. Los cubanos debemos reconocer el trabajo que ha realizado la Iglesia para romper, en la medida límite de sus posibilidades, el anquilosamiento político y social que por décadas ha lacerado a Cuba y que, de camino, ha de servir también para ir desentumeciendo la triste situación económica. Resta por atestiguar, advierto, qué concesiones habrá hecho el sector eclesiástico para tratar con el gobierno. Algo que, sin duda, se revelará a posteriori.

Mientras tanto, es innegable que la valentía (y astucia) de Juan Pablo II sirvió como parteaguas en las relaciones entre el gobierno de Cuba y la Santa Sede. Su visita a Cuba, en enero de 1998, inició esta costumbre de otorgar amnistías como si el gobierno cubano tratara de demostrarle a la Iglesia que también es capaz de practicar la misericordia. Un propósito difícil de creer para los propios cubanos, pero que suele ser así interpretado a los ojos de muchos, al otro lado de la frontera.

Recordemos que, con la llegada de Juan Pablo II se liberaron alrededor de trescientos reos. Catorce años después, en marzo de 2012, se repetía la intención con Benedicto XVI y salieron libres poco menos de tres mil reclusos. Ahora, con Francisco, ya era de esperarse una estrategia similar.

Que se trata de un ardid político, es cosa sabida, pero sobrepongo el efecto positivo humano por encima de las reminiscencias gubernamentales. Habría que estar muy ciego para no percatarse de que este tipo de acciones son el equivalente a querer taponear una hemorragia con una bandita. Sin embargo, para quienes abandonaron las rejas, poco importa este ajedrez de estado. Son libres y punto. Ojalá que no sean asesinos y violadores los que disfruten otra vez de la luz del sol. El oficialismo anunció que se trata de personas mayores de sesenta años o menores de vente sin antecedentes penales, algunos extranjeros, enfermos crónicos, mujeres, presos a punto de recibir la libertad condicional y otros que ya cumplían condena en régimen abierto, pero con el hermetismo informativo que se estila en La Habana, la verdad, en esta ocasión, quizás ni Dios la sepa.

De todas maneras, siempre es un acontecimiento digno de admirar, el arribo de un Papa a cualquier país comunista. Máxime si de Cuba se trata, donde suelo imaginarme a Dios tocando la puerta en la casa del Diablo. Veremos qué acontece tras este encuentro. A Francisco no le falta sapiencia ni a Raúl deseos de sacarle provecho. La comunidad internacional, con Estados Unidos acomodado en primera fila, seguirá de cerca el proceso. Y nosotros tendremos que sentarnos a esperar, asimismo, por que suceda lo que Dios quiera.


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