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Ni un alpiste…
Sitio Web Edgar London - 27 de septiembre de 2015

Raúl Castro en la ONU
Satisfacción vs contenido
Raúl no disimuló esta vez su vanidad

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Decía mi madre que a alguien no le cabía ni un alpiste en el culo, cuando esa persona estaba tan oronda a causa de algún éxito (personal o no, aplaudible o no) que parecía embotar cada uno de sus orificios a tal grado que ni la más minúscula partícula podría violar su vanidad.

Es una frase que me acompaña desde niño, cuando yo no podía dejar de imaginarme el ano del presumido tan fruncido que hasta llegaba a dolerme a mí mismo como consecuencia de ese comprometimiento inexplicable que en ocasiones sentimos por el menos favorecido y terminamos por ponernos en su lugar para sufrir, o imaginar sufrir, lo mismo que aquel.

Con el tiempo, por supuesto, comprendí mejor el sentido de la frase y logré superar, poco a poco, mi adhesión a la masa de culosapretados que se fueron atravesando, de un modo u otro, en mi camino.

De hecho, creía haberlo superado por completo, hasta ayer, cuando me tocó presenciar fragmentos de la intervención de Raúl Castro en la ONU, por primera vez en su vida, paradillo allí, con los labios estirados hacia el micrófono, como ha sido siempre su costumbre, y tal rostro de satisfacción que sus cachetes, usualmente flácidos, parecían esta vez rozagantes, cual marmota con el hocico lleno.

Como cubano, no puedo menos que sentirme complacido (no satisfecho, pero sí complacido) porque nuestro país haya recobrado el espacio y el nivel que nunca debió perder en la ONU, a pesar de lo depauperado que hoy se haya este organismo internacional, lacerado por la falta de contundencia de sus infinitos acuerdos y que, durante los últimos años, ha venido a menos por su inexplicable rol de legitimador de guerras.

A pesar de ello, la llegada de Raúl Castro al podio de las Naciones Unidas resulta, sin duda, un histórico suceso. Es una lástima que el mandatario cubano no haya logrado aprovechar esta oportunidad para emitir un discurso que captara la misma atención que su figura. No se trata de que emulase las cuatro horas y veintinueve minutos que impuso su hermano Fidel, también en la ONU, durante la década del sesenta. A fin de cuentas, más vale una palabra cargada de intenciones, que un millón faltas de contenido. No obstante, la perorata de Raúl fue bastante soporífera y predecible desde el saludo. Sin la gracia de Fidel y hundido en su propia complacencia, los presentes tuvieron que verlo deshojar los minutos criticando la pobreza mundial, los embates del bloqueo y rescatando, en última instancia, la problemática migratoria que azota a Europa (espejo de un añejo dilema cubano que él bien conoce).

No hubo propuestas sostenibles, tampoco enfrentamientos, sencillamente, no corrió riesgos, a sabiendas de que el espectáculo estaba garantizado con su mera presencia. Por eso disfrutó cada palabra pronunciada, porque sabía que era la estrella del momento, como una diva experimentada que presiente de antemano la proximidad de los aplausos.

Raúl siempre lo supo. No importa lo que dijera. Nadie lo estaría escuchando. Lo observaban y eso era mucho, mucho mejor. Era un hombre haciendo historia. Como su hermano. A pesar de su hermano. Y se le notaba tan, pero tan henchido de satisfacción que, estoy seguro, en ese momento nadie le hubiera podido meter ni un alpiste en el culo.


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