Cuba
Edgar London
 
Edgar London
Reconocimientos
Mi desván
Con Voz Propia
Tamba Bay Cuba
Pero insisten en saber a quién le voy
Otros sitios
Cubaliteraria
Isliada
Lecturalia
Otrolunes
REMES
Vercuba
 




La inutilidad de las muertes útiles
Sitio Web Edgar London - 5 de septiembre de 2015

Aylan Kurdi
Aylan Kurdi
Otra muerte que nunca debió existir

Más textos con voz propia
Pero insisten en saber a quién le voy
Venezuela ya no es de Chávez
La maldición del Hipócrates cubano
Lázaro Vargas, ni ponche ni jonrón
Ni un alpiste…

No creo en las muertes útiles, menos en las apologías que se escriben sobre éstas.

Estoy harto de frases como “su muerte sirvió de ejemplo” o “su muerte no fue en vano”, sentencias que escuché hasta el hartazgo, primero en la escuela, cuando niño, y luego en actos políticos, discursos acomodaticios, panfletos oficiales, columnas de periódicos, arengas en los noticieros y hasta conversaciones de barrio.

Encomiar la muerte, para ensalzar a la víctima, camufla un acto perverso, donde se mengua la gravedad del suceso para ungirlo de valores que serán aprovechados, a posteriori, por los vivos. Se le despoja de su esencia —aquello que más nos asusta—, la certeza del fin, y se le otorga una extensión apócrifa de la cual jamás gozará la víctima porque, por mucho que repitamos que ésta vivirá en nuestros corazones, todos sabemos que no será verdad. Será, quizás, su recuerdo; será, sin duda, nuestro deseo de que aún exista porque es a nosotros a quien nos duele la ausencia. En cualquier caso, resulta fácil descubrir la marca del egoísmo agazapado tras las supuestas bondades que nos acarrea el deceso. Necesitamos otorgarle un valor añadido a esa expiración para no sentirnos tan mal nosotros mismos, como si la muerte del héroe valiera más que la del villano.

Entonces, así de pronto, así de duro, muere Aylan Kurdi.

Y con la imagen del niño sirio bocabajo en una playa, los medios de comunicación, inmediatamente, hacen eco de la solidaridad internacional. Alemania y Austria abren las puertas a los refugiados, Hungría les envía camiones, miles de europeos aseguran estar dispuestos a darles cobijo, Canadá extiende una invitación al padre de Aylan y hasta J.K. Rowling se percata de que este mundo contiene horrores mucho peores que Voldemort.

Desde esa perspectiva, pareciera incluso que la historia de Aylan Kurdi tiene un final feliz.

Pero no. Aylan Kurdi está muerto. Y las buenas intenciones que hoy su deceso despierta, durarán apenas el tiempo que tarde en surgir otra noticia capaz de disolverlas. Será ahí cuando su legado se cubra de olvido, así como su cuerpo ya fue cubierto por la tierra. La mayoría de los buenos ciudadanos que hoy levantan sus brazos furibundos para protestar contra el sistema que corrompe a hombres y mata a niños, ni siquiera recordarán su nombre.

¿Y adivinen qué? Aylan seguirá muerto.

No faltará quien alegue que, al menos, como consecuencia de esta trágica circunstancia, algunos accederán a un mejor futuro mientras los gobiernos interpretan el rol del buen samaritano. Y yo pregunto, ¿ha de ser ese nuestro aliciente? Que la muerte de un niño pague la felicidad de otros. Si alguien lo considera adecuado, lo convido a sacrificar a su hijo a favor del prójimo más jodido que conozca. No debemos olvidar que incluso Dios detuvo la mano de Abraham cuando se disponía a matar a Isaac. ¿Será acaso que tampoco a Dios le parece un trato justo?

Lo peor es que, en este caso, ni siquiera podemos afirmar que la muerte de Aylan conmocionó a la comunidad internacional. En realidad, fueron las condiciones de la misma. El impacto de una imagen. En este mundo tan gráfico, la foto del cadáver pesó más que el cadáver mismo. Días antes, setenta y un cadáveres de otros migrantes sirios fueron encontrados en un camión en Austria. Entre estos había cuatro niños y a ellos nadie les dedicó dibujos en Internet, ni marchas, ni sentencias de apoyo. ¿Cuántos otros niños no se han ahogado en el mismo mar que sentenció al pequeño Aylan? ¿Cuántos fallecen en el anonimato cruzando el desierto de Arizona? ¿Cuántos desaparecen tratando de escapar de Corea del Norte? ¿Cuántos suman ya en el estrecho de la Florida?

Y ahora pretenden convencernos de que Aylan cambió al mundo, que tras su partida, somos mejores seres humanos, más conscientes y comprometidos. ¿Cómo creerlo si el mismo día que el padre de Aylan enterraba a su hijo, se descubrió en Chile a otro niño siendo amamantado por una perra pues su madre andaba ebria? Aylan no nos cambió, reveló una vez más nuestra podredumbre.

La integridad de cada ser humano debe gestarse a partir de su propia conciencia y fortalecerse en el entorno que le toca habitar. No podemos depender del sacrificio de un niño, al otro lado del orbe, para intentar unirnos. Sin importar los millones que se sumen a la causa. Recelo de las masas, del gusto por la homogeneidad colectiva. A fin de cuentas, no por tener más eslabones, la cadena se hará más fuerte. Es en la voluntad del individuo donde radica la esperanza. Al pequeño Aylan ya nadie lo puede salvar. Pero todavía podemos salvar al hijo que nos acompaña. Amémoslo. Estoy seguro de que no existe mejor inicio.


Escriba aquí sus comentarios...
Por favor, llenar ambos campos.
   
Nombre:
Comentario::


Recomendado Recomendados
Sin excusas: ¿se hace o no se hace?
Fidel Castro: el fin de una era
Efecto post: tribulaciones de un cubano común
No hay pronóstico que valga
 
 

Inicio Libros Antologías Publicaciones Reconocimientos Mi desván Con voz propia
 
ARRIBA