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Jaque al hermano menor
Otrolunes.com - 9 de marzo de 2015

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El refranero popular, que rara vez yerra, asegura que no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Es de imaginar, a estas alturas del juego político desarrollado por décadas entre Cuba y Estados Unidos, que incluso los peores y más acérrimos ciegos ya vislumbren, al menos, la inercia de un movimiento tímido, irregular, pero movimiento al fin, en el momificado y todavía arcaico gobierno cubano. Negarlo no sería ya signo de ceguera, sino de estupidez.

Entre los dos bandos que intentan hacerse jirones para confirmar sus razones alrededor de la escuálida dinámica administrativa de la mayor de las Antillas, sospecho cierta ventaja para aquellos que destacan atisbos de cambios, en detrimento de quienes consideran que tales cambios son ficciones enarboladas por la cúpula jerárquica para contentar a la comunidad internacional más que a los propios connacionales.

A pesar de que, al inicio, pudieran mostrarse como dos grupos que se hallan en las antípodas, realmente, si tratamos de establecer un análisis objetivo (compromiso harto arriesgado pues es conocido lo difícil que resulta evitar las tentaciones por tomar partido) notaremos que una y otra facción se complementan mutuamente. Acaso, desde esa fusión de convergencias, se puedan desenmarañar dirección, sentido y objetivo de los anuncios que se publicitan con bombo y platillo desde La Habana, pero también entresacar las estrategias que se mantienen en silencio.

Partamos de una praxis ineludible. Los cambios se están generando: los encuentros que han tenido lugar entre las delegaciones de Estados Unidos y Cuba están ahí para demostrarlo. Un suceso impensable diez años atrás. Sin embargo, aquellos que acusan maquillajes en lugar de transformaciones, no lo hacen con la necedad de quien niega la existencia del sol sólo porque ha caído la noche, sino que señalan que estos movimientos no responden a las necesidades básicas de una sociedad que ha soportado, por más de medio siglo, la entelequia de una democracia que, para empezar, niega el principio básico de distribución de poder y eterniza a sus máximos representantes, sin contar las carencias siempre señaladas en cuanto a libertades económicas, políticas, sociales y humanas.

Me parece adecuado, no obstante, advertir que, el mero hecho del estatismo roto ya implica un avance que puede ser tomado (de manera muy optimista, claro está), como una victoria en ciernes. Lo peor que ha sucedido en Cuba, después que los gestores de la Revolución Cubana achantaron sus principios y amoldaron el sistema político a su favor, es, justamente, el que no sucediera nada más.

La arrolladora dinámica que caracteriza a todas las revoluciones (de ahí su nombre) en Cuba se multiplicó por cero una vez que sus líderes entendieron que ya obtuvieron lo que querían. Esa “meta alcanzada” castró (nunca mejor usado el verbo) las aspiraciones de millones de cubanos que habían asumido, en el triunfo de la revolución un inicio y no un final.

Por supuesto, nadie debe pensar que el acercamiento de Cuba a Estados Unidos, se justifica por un interés sincero de ayuda a la población. Se trata, ante todo, de un movimiento forzado, igual que si se tratara de un jaque a un rey abandonado, a partir de la debacle que atraviesa Venezuela, el nuevo padrino de nuestro archipiélago, la caída de los precios del petróleo y la necesidad de reivindicar las añejas intenciones de Fidel Castro de traer en calidad de héroes a los espías cubanos que aún sufrían largas condenas en suelo norteamericano.

Aun bajo este paupérrimo escenario, la sociedad cubana puede aprovechar las circunstancias y sacar partido a su favor. Sin duda alguna, no se trata de una práctica honesta por parte del Gobierno, pero antes daría peras el olmo. No importa si se trata de Cuba, Estados Unidos o la extinta civilización sumeria, la política no fue, no es y no será cómplice de la sinceridad.

Esta realidad sirve para revelar una verdad que, en Cuba, defensores y detractores del comunismo han coincidido en mantener oculta bajo el tapete de los discursos y los sacrificios impuestos. Al cubano promedio de hoy no le importa ideologías ni sistema político. No se trata de desidia o ignorancia, sino de urgencias. Cuando la práctica cotidiana de llevarse algo que comer a la boca se hace primordial, quien sea que aparezca, capaz de satisfacer esta necesidad vital, será bienvenido y aplaudido por la muchedumbre. No importa si habla ruso, inglés o enarbola las conquistas de una historia que el hambre torna nebulosa.

Si algo aprendimos los cubanos es que de palabras y consignas no se vive. Esas nos han llenado los oídos por más de medio siglo, pero jamás han saciado nuestros estómagos. Por eso debemos acoger con mañas y entusiasmo la brecha que, a fuerzas, se abre en el rígido sistema que se maneja desde el Comité Central.

La historia, paciente e implacable, se encargará, poco a poco, de generar la transmisión de aconteceres y permitir su posterior explicación. Ahora se trata de vivir. Es verdad que el gobierno no pretende ayudar por buena voluntad, pero está obligado a hacerlo. Al hermano menor ya lo obligaron a ejercer su movida. Ahora nos toca a nosotros responder.


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