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Cuba y EUA: la promesa de una nueva era
Espacio 4 - 6 de enero de 2015

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Queda por ver cómo viene la nueva era

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No muchos pensaron vivir para contarlo. Y, realmente, generaciones casi completas de cubanos se extinguieron antes de ver un acercamiento tan serio como el que acaban de anunciar el presidente de Estados Unidos, Barack Obama y su homólogo cubano, Raúl Castro, en torno al restablecimiento de sus relaciones diplomáticas.

Se trata de un acercamiento inédito que, antes de consolidarse, deberá erradicar el lastre “antiimperialista” que se ha gestado desde el triunfo de la Revolución, el 1 de enero de1959, en el seno de la sociedad cubana. A fin de cuentas, la más afectada por el embargo económico que, dos años más tarde, impondría Estados Unidos y con el cual, el gobierno de La Habana ha tenido que lidiar, así como por el peso de un sistema político asfixiante donde la libertad de expresión o el respeto a los derechos humanos se convirtieron en excusas para los discursos de sus gobernantes, pero jamás se consolidaron en la práctica.

El proceso no se presenta fácil ni rápido. Mucho odio acumulado a uno y otro lado del estrecho de la Florida atenta contra el desarrollo del mismo. Y no se trata, solamente, de un odio insuflado por ideologías. Nada de eso, miles de muertos y encarcelados lo justifican. Aquellos que se reviraron contra el régimen de Castro o, sencillamente, quisieron huir, lo pagaron caro. Algunos, incluso, todavía lo están pagando con extensas condenas en las cárceles del archipiélago.

Claves del cambio

Cuba, históricamente, se había mantenido reacia a aceptar un acercamiento a Estados Unidos. Y no sólo eso, al interior del país, por más de cinco décadas, se promulgó una doctrina antiimperialista que ubicaba al gobierno de Estados Unidos como la cabeza de la hidra a vencer. Bajo este sistema que devino extensión criolla de la extinta guerra fría, han nacido y madurado la mayoría de las generaciones que hoy habitan Cuba.

Justamente, el factor generacional constituye una de las piezas más importantes para comprender el conjunto de circunstancias que, bien engranadas, justifican este giro en la política cubana y le resta mucho al supuesto carácter sorpresivo que la mayoría le adjudica.

Para empezar, cada vez son menos los dirigentes políticos que vienen degustando por años las mieles del poder y se turnan (cuando no se perpetúan en) los cargos administrativos. Hoy, por supuesto, hay que incluir en este reducido grupo al propio Raúl Castro, de 83 años, que está a la cabeza de la nación, pero también a algunos de los llamados comandantes de la revolución, como José Ramón Machado Ventura, de 84 años, quien es el segundo secretario del Comité Central y Ramiro Valdés Menéndez, de 82 años, actual vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros de Cuba. Sin olvidar jamás a Fidel Castro, de 88 años, cuya palabra sigue teniendo peso en las decisiones que se toman en el Comité Central, aunque no sea de manera oficial.

El relevo de esta generación transfunde sangre nueva con ideas más frescas en la cúpula administrativa cubana, pero acaso más importante, los nuevos dirigentes, si bien son minuciosamente seleccionados por su afinidad a los lineamientos del Partido Comunista de Cuba, no pertenecen a la añeja guerrilla que hace más de medio siglo erigió la Revolución cubana. Su fidelidad al sistema, por lo tanto, es un recurso impuesto o heredado, si se quiere, pero nunca adquirido por haber formado parte del mismo.

De igual manera, Raúl Castro ha buscado establecer su propio estilo de gobierno, sin renunciar a la ideología defendida por su hermano. Esta estrategia lo ha llevado a decretar algunas aperturas, fundamentalmente en los sectores social y económico, que si bien son tímidas y no resuelven los graves problemas que enfrenta la nación caribeña, hubiesen sido impensables en tiempos de Fidel.

Otro elemento lo conforma el desarrollo de las tecnologías de la comunicación. Si bien es cierto que en el interior de Cuba un escasísimo porcentaje de la población tiene acceso a Internet, el cubano promedio se las ingenia para mantenerse actualizado a partir de fuentes alternativas que establecen un contrapeso a los canales oficiales de divulgación de las noticias. Al gobierno de La Habana se le complica cada día más ocultar sus propios defectos para resaltar los del mundo exterior y mantener así la imagen tenebrosa de los Estados Unidos.

Otra pieza significativa en este rompecabezas es la debacle por la que actualmente atraviesa Venezuela y la baja en los precios del petróleo a nivel mundial. Desde el año 1959, cuando triunfó la Revolución, Cuba siempre se ha mantenido a la sombra de una nación que la apadrina.

Durante cuatro décadas, ese rol lo jugó la Unión Soviética, al punto que muchos consideraban a Cuba una república adscrita (aunque no inscrita) de la antigua URSS.

Con el desplome del campo socialista a finales de la década de los ochenta, y tras pasar la más difícil crisis económica sufrida por la Cuba revolucionaria, etapa conocida eufemísticamente como “Período especial”, La Habana encontró en la Venezuela de Hugo Chávez un proveedor sustituto para las bondades que antaño le llegaban de Moscú.

Nadie puede equiparar los recursos que la Unión Soviética destinaba al gobierno de Fidel Castro con los que Venezuela hoy envía a su hermano Raúl, mucho más moderados estos últimos, pero aun así, se calcula que a Cuba arriban unos cien mil barriles diarios de petróleo venezolano desde hace casi una década y, a cambio, lo único que recibe Caracas es un pago en especie, conformado por médicos, entrenadores deportivos, maestros, servicios de seguridad, instrucción militar y apoyo político.

El problema es que la tendencia a la baja de los precios del crudo que ya ronda los 60 dólares el barril y sigue en picada, puede hacer que Venezuela se convierta en un lazo prescindible para La Habana y el gobierno cubano opte por buscarse un nuevo padrino. ¿Quién mejor que Estados Unidos, para muchos, su socio comercial por excelencia?

Los perdedores

Los medios de comunicación insisten en afirmar que con el restablecimiento de las relaciones entre EU y Cuba, todo el mundo gana. Esta generalización, tomada incluso desde la mejor perspectiva, no deja de ser un exceso de optimismo. En realidad, hay algunos perdedores bien definidos a partir de este cambio político.

Para empezar, en el interior del archipiélago, la oposición se sintió ignorada, cuando no excluida, por el giro político que su protector y aliado, el gobierno de Estados Unidos, practicó sin siquiera consultarles. De nada sirvió que el propio Barack Obama recibiera en noviembre del año pasado a una representación de la disidencia cubana, encabezada por Guillermo Fariñas, premio Sájarov a los derechos humanos del Parlamento Europeo en 2010, y Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, para tocar temas en torno a la resistencia pacífica dentro de la nación caribeña. En aquel histórico encuentro, el presidente de Estados Unidos le aseguró a ambos opositores que no levantaría el embargo porque “sería darle oxígeno” a la dictadura de los hermanos Castro. Casi un año exacto después, los pasos de Obama apuntan en sentido contrario.

Fariñas, protagonista de más de veinte huelgas de hambre, no ocultó su sorpresa y descontento al recibir la noticia, y en menos de veinticuatro horas advertía “creo que debemos mirar el día de ayer, 17 de diciembre del año 2014, como un día de traición a la nación cubana; a los que están adentro y a los que están afuera". En la misma entrevista, concedida a Ciro Gómez Leyva, adelantó que "a partir del mes de enero sabremos si el gobierno de Barack Obama va a ser cómplice, o no, de esta transición neocastrista que se está tratando de imponer".

Sin embargo, también al interior de Estados Unidos hay quien debe estar preocupado. El grupo de políticos que ha hecho su carrera atizando el odio entre las dos naciones, ve de pronto el peligro que se cierne sobre sus cargos. El primero de ellos es el senador republicano por Florida, Marco Rubio, quien dejó en claro que, desde su posición, intentará descarrilar la nueva política. Auguró que, como próximo presidente del subcomité del Hemisferio Occidental del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, hará “cualquier esfuerzo para bloquear este intento peligroso y desesperado del presidente por pulir su legado a expensas del pueblo cubano”.

Marco Rubio deploró la medida, diciendo que "esto no hará absolutamente nada para apoyar los derechos humanos y la democracia en Cuba”.

Sus declaraciones pronto encontraron respuestas, provenientes no sólo del bando demócrata, que cierra filas alrededor de Obama, sino también de los propios republicanos. Tal es el caso del senador por Kentucky, Randall Howard Paul, quien arremetió contra su colega, vía Twitter, al asegurar que Rubio "está actuando como un aislacionista que quiere replegarse a nuestra fronteras y quizá construir un foso defensivo. Yo rechazo este aislacionismo".

Pero, posiblemente, no sea ni a un lado ni al otro del estrecho de la Florida donde se cuezan las peores preocupaciones, sino más al sur, en Venezuela. El presidente Nicolás Maduro se encuentra, ahora mismo, en medio de una difícil confrontación con Estados Unidos, después que la Casa Blanca firmara una serie de medidas en contra de su país, que abarcan desde el congelamiento de activos hasta la prohibición de emitir visas a funcionarios acusados de violar los derechos humanos durante las manifestaciones de principios de año. En tiempos de Hugo Chávez, gracias a un intercambio que establecía, en su base, apoyo político a cambio de petróleo, Cuba se convirtió en la principal aliada de la nación sudamericana. Con el deceso de Chávez y la asunción del poder de Nicolás Maduro, esta relación parecía que iba a mantenerse de manera definitiva y sin claudicaciones. Hoy, cuando el precio del petróleo va en franco descenso y Washington tiende la mano a La Habana, las perspectivas que avizora Caracas ya no son tan absolutas.

No faltan los misterios

En el trueque de prisioneros que llevaron a cabo Estados Unidos y Cuba, sin duda un elemento fundamental para el posterior anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, se barajaron los nombres de Alan Gross, contratista estadounidense arrestado en La Habana, en 2009, y que dos años después fue condenado a 15 años de cárcel, acusado de intentar crear una red de acceso a Internet fuera del control del Gobierno cubano, así como de los cubanos Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero, arrestados en Miami, en 1998, por acciones de espionaje y que Cuba considera héroes.

Sin embargo, apareció otro elemento que nadie había considerado. Se trata de un enigmático espía, cuyo nombre no ha sido revelado y que purgaba casi 20 años de cárcel al momento de su liberación. En su declaración sobre la normalización de relaciones con La Habana, Obama lo calificó como "uno de los activos de inteligencia más importantes que Estados Unidos ha tenido jamás en Cuba".

Se especula que este sujeto es Rolando Sarraff Trujillo, un criptógrafo de 51 años que trabajó para la Dirección de Inteligencia de Cuba, y que el régimen encarceló, en 1995, por pasar información a la CIA.

Sin embargo, su hermana Vilma, que vive en España, niega que él sea el "hombre clave" del que habló el presidente de Estados Unidos y asegura que "es todo una mera especulación mediática". La mujer lleva 20 años defendiendo la inocencia de su hermano. Mientras tanto, permanece siendo una incógnita la identidad del sujeto que Washington logró sacar de Cuba.

Y es en Cuba donde prevalece otro enigma que no ha sido aclarado. Se trata del singular silencio que Fidel Castro ha mantenido tras el suceso. Apenas los mandatarios de una y otra nación anunciaron el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y ya los habitantes de la mayor de las Antillas esperaban la reacción del líder indiscutible de la Revolución cubana. Si no se ocurría en un comentario televisado, algo difícil de lograr dada la frágil salud del expresidente, al menos aparecería una de sus reflexiones firmadas en el periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba.

Pero nada. Ni una línea. Si bien Fidel ha estado lejos de la vida política y social de su país, no resultaba infrecuente leer sus opiniones acerca de diversos temas, relacionados tanto con sucesos nacionales como internacionales.

Inmediatamente, resurgen los rumores acerca de un posible deceso que se haya mantenido oculto. Máxime cuando la última vez que se le vio en público fue el 8 de enero, durante la inauguración de una exposición de arte en La Habana. Aunque, posteriormente, el 22 de febrero, a propósito de la visita a Cuba del presidente chino Xi Jinping, se difundió en medios oficiales una imagen de la reunión que sostuvo con el mandatario asiático.

Entre razones que no se esclarecen y otras que se fabulan, la realidad es que ni los cubanos ni la comunidad extranjera han pasado por alto el extraño silencio.

En el tintero

El anuncio de este acercamiento entre los gobiernos de ambas naciones despierta nuevas inquietudes. Se trata, apenas, de un paso necesario, pero que apenas marca el primero en un extenso trecho por recorrer para que tanto Washington como La Habana queden satisfechos con la nueva era que se avecina.

Raúl Castro ya señaló que el principal obstáculo a vencer, desde su perspectiva, sigue en pie. Y es el levantamiento del embargo económico impuesto por Estados Unidos y que Cuba siempre ha tratado bajo el término de bloqueo financiero y comercial. En su discurso de clausura del Pleno de la Asamblea Nacional, el presidente caribeño advirtió que "queda por resolver el cese del bloqueo económico contra Cuba. El camino será largo y difícil".

Por su parte, Estados Unidos no puede estar satisfecho con esta estrategia diplomática si antes no promueve cambios sustanciales en el seno del sistema cubano. El respeto a los derechos humanos y la libertad de expresión siguen siendo asignaturas pendientes para un gobierno que controla absolutamente todos los medios de comunicación y restringe gravemente el derecho a emitir críticas que vayan en su contra.

Asimismo, Elizardo Sánchez, quien preside la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) en Cuba, asevera que se mantiene un profundo secretismo sobre la lista de cincuenta y tres presos que el gobierno cubano prometió liberar como parte de las negociaciones y aún no se cumple.

Por último, y no menos importante, la comunidad internacional sigue de cerca y con esperanzas que La Habana deje de perpetuar a sus dirigentes en los cargos políticos. Washington ha de presionar para que se establezca la alternancia, pieza esencial de la democracia, en la cúpula del poder cubano. Raúl Castro ya prometió que este sería su último ciclo en la presidencia de la república (a finalizar en 2018) y que después cedería el cargo a otro político más joven. De cumplirse, sería una excelente señal de esperanza que Cuba le regalaría al mundo y, sobre todo, a sus propios ciudadanos.


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