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Cuba y EUA… érase otra vez
Sitio Web Edgar London - 17 de diciembre de 2014

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No fue el anuncio del embargo, no fue la crisis de octubre, no fue el Mariel, tampoco el derribo de las avionetas de “Hermanos al rescate”, ni el hundimiento del remolcador “13 de marzo”, menos las protestas de agosto de 1994, el conflicto por Elián González, ni siquiera la salida oficial de Fidel Castro de la cúpula del poder… es ahora, con el anuncio que los presidentes Barack Obama y Raúl Castro acaban de hacer, que recibimos la noticia más importante del período revolucionario cubano. Por primera vez, ambas naciones, al unísono, se tienden la mano con una acción concreta: el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas. El gesto no deja escapar su matiz irónico porque intenta ubicarnos justo donde todo comenzó, hace cincuenta y cinco años, cuando cubanos y estadounidenses no pasábamos de ser ciudadanos con pasaportes de colores diferentes y los gobiernos, entonces como ahora, practicaban sus rejuegos administrativos, pero a pocos les importaba.

Hoy, la mayor diferencia, no radica en las artimañas políticas que se hilan desde Washington y La Habana, sino en los odios que se han ido acumulando en los cubanos a uno y otro lado del estrecho de la Florida, nutridos por más de cinco décadas con el rencor que generaron estrategias desacertadas de los gobiernos anteriores.

No podemos olvidar que mientras millones de personas aplauden lo que ya muchos califican como el principio del fin del distanciamiento entre las dos naciones, otros muchos cargan con el dolor de la muerte o el encarcelamiento de familiares que se atrevieron a enfrentar al régimen de los Castros o, sencillamente, a huir de su tiranía y perecieron en el mar.

No habrá satisfacciones directas para estos parientes ultrajados, tampoco para quienes se fatiguen en encontrar a un ganador (llámese Cuba o Estados Unidos). Representa una tarea fútil sopesar cuánto cedió una u otra nación, si el intercambio implícito de prisioneros es equitativo o no, si el restablecimiento de las embajadas, en un corto plazo, justifica el sufrimiento del pueblo cubano por las carencias que el embargo le ha provocado desde 1961 o, peor, si la promesa implícita de una mejora económica vale la vida de miles y miles de cubanos que lucharon por un destino personal (o nacional) más digno. No se pueden medir las negociaciones entre naciones con la sencillez que se interpreta una justa deportiva. Hablamos de vidas, no de marcadores.

En esta inédita fase que, entre bombos y platillos, abre sus puertas, lo más difícil para todos los cubanos no es aceptar los cambios propuestos o ajustarnos a ellos, sino convencernos de que es hora de pasar la página a la enemistad que nos han inculcado por años si, de verdad, queremos aprovechar la oportunidad.

Si no somos capaces de pasar esa terrible página, entonces también deberíamos aborrecer a España que, por siglos, saqueó nuestras tierras y asesinó a mayor cantidad de cubanos. Hay quienes pueden pensar que la comparación no es válida porque se trata de historia antigua y ya todo está olvidado. Ante tales argumentos sería una excelente propuesta comenzar a “olvidar” hoy nuestras diferencias con los Estados Unidos, pero, sobre todo, con la posición contraria que asumen algunos cubanos en la otra orilla y que ese “olvido” (sí, hago hincapié en las comillas) no sea sinónimo de ignorancia, sino de tolerancia.

Quienes claman justicia en nombre del pasado, han de comprender que no podemos sentenciar a los jóvenes de hoy por causa de los muertos de ayer. No vale la pena heredarles nuestras fobias a las generaciones de cubanos que ni siquiera recibieron las migajas de la URSS y nacieron o maduraron en medio de aquel crudo eufemismo que conocimos como Período Especial. Si ellos tienen la posibilidad de un futuro mejor, ¿por qué negárselos? ¿Acaso porque a nosotros no nos tocó? Una actitud de esa índole, por encima de egoísmo, representa un acto de total cobardía.

Tampoco podemos esperar que, como si se tratara de un cuento de hadas, de la noche a la mañana las relaciones bilaterales fluyan dinámicamente. El respeto a los derechos humanos, la libertad de prensa o el pluripartidismo (indispensable para la democracia) son (y serán aún) asignaturas pendientes en Cuba. Incluso, la suspensión del embargo económico, que muchos dan por sentado, está en manos del Senado y, es importante destacar, que en un par de semanas la Cámara Alta de Estados Unidos tendrá mayoría republicana y todo puede venirse abajo.

Aun así, la inmensa mayoría de los cubanos aplaudimos este acercamiento y, no podemos menos que sentimos azorados. ¿Alguien recuerda a Fidel Castro asegurando en público que la decisión de un presidente de Estados Unidos “merece el respeto y el reconocimiento de nuestro pueblo”, como lo acaba de hacer su hermano Raúl? La sensación es muy parecida a la que experimentan quienes viajan en una montaña rusa, que alegra y a la par asusta, aun cuando en Cuba, de los rusos ya no nos quedan ni sus montañas. Por supuesto, que despotricarán aquellos cuyo negocio o puesto político depende de los desencuentros entre ambas naciones. Financiar la rabia, queda demostrado, es un negocio lucrativo, pero, afortunadamente, son más los que, en esta ocasión, recibirán beneficios.

Nadie debe dar por concluidas las diferencias entre los dos gobiernos y menos pensar que los roces incómodos van a desaparecer. No, la perspectiva es otra, posiblemente inaudita para Cuba, cerrada por años a la comunidad internacional, aprender que se puede tener relaciones con otros países sin coincidir en políticas e ideologías. Ahí está China, ahí está Vietnam. Ahí, confiemos, estará Cuba también.

Y si de escepticismos se trata, comprobemos que todo esto pasa el día de San Lázaro… cachetada de guante blanco para los que, como yo, insistimos en no creer.


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