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Stan Lee, protector de géneros
Sitio Web Edgar London - 17 de noviembre de 2014

Stan Lee en Monterrey
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Seamos sinceros. No a cualquier artista se le permite cancelar dos de tres días de trabajo previamente contratado, dejar los platos servidos para una cena a beneficio de una organización de asistencia social a la cual nunca se presentó, negarse a ofrecer declaraciones a los medios de comunicación y, por si no bastara, en el único día de trabajo, perdonársele un retraso de dos horas para dialogar con sus fanáticos que, en selección exclusiva, tuvieron que pagar algo más de doscientos cincuenta dólares para compartir una hora con el caprichoso creador.

Y no se trata de Mario Vargas Llosa, J. M. Coetzee o Patrick Modiano, premios Nobel todos ellos, sino de alguien que casi nadie considera siquiera un real novelista (excepto algunas revistas de dudoso corte literario), aunque sí es indiscutible su rol de guionista, editor de comics… creador, en fin.

Stan Lee, con su primera ausencia, posterior tardanza y señales de humor, hizo de las suyas durante la 45 Convención de Juegos de Mesa y Cómics, en Monterrey, donde sus seguidores no sólo le perdonaron sus excentricidades sino que, incluso, se las aplaudieron, a sabiendas de que estaban frente al máximo exponente vivo del género fantástico, por encima de J. K. Rowling, Stephenie Meyer y demás exponentes de las inacabables realidades soñadas.

Está demostrado, tras años de existencia y número de seguidores, que los llamados súper héroes, como Spiderman, Iron Man, Hulk y demás personajes salidos de la rebosante imaginación de Lee, compiten, si no superan, al mago de Hogwarts, así como a los sensuales vampiros y convenientes hombres lobos que conforman una nueva, cuando no renovada, generación de protagonistas de historias fantásticas.

Creo que todos le debemos algo a Lee. No importa si firmamos textos de corte realista o artículos periodísticos. Cualquier gesto de preservación a favor del universo literario implica una práctica loable. Máxime si ese ejercicio se hace por puro gusto, como sucede con Lee, pues me cuesta mucho imaginarlo trabajando exprofeso para proteger el género fantástico, curiosamente bien definido y, al mismo tiempo, tan vapuleado por aquellos defensores de la literatura seria, de la cual, en contraste, todavía no hallo consenso sobre su naturaleza.

Eso, quiero pensar, es la más importante aportación de Stan Lee. Mientras sus personajes corren, saltan y vuelan para salvar al mundo, él ayuda a salvaguardar al género fantástico. Habrá, por supuesto, quien quiera minimizarlo por el uso de cómics, pero sería un señalamiento estúpido. A fin de cuentas, los cómics también conforman un estilo narrativo excelente, cuenta con millones de seguidores, especialmente en Oriente, y una historia riquísima que lo sostiene, para muchos, previa incluso a las Aucas y Aleluyas que surgieron en Francia, alrededor del siglo XVI.

Quizás por eso, en Monterrey, le perdonaron a Lee sus desplantes. La polémica lo sigue como si él mismo fuera la personificación del género que representa, polémico también. Así, no faltó quien se sintió dolido por no poder duplicar la cuantiosa suma para dirigirle un par de palabras, de mano con quien considera una ridiculez tamaño esfuerzo para hablar con un viejo medio decrépito.

Aunque, por supuesto, con 91 años y 46 millones de dólares en el bolsillo, obtenidos apenas por su labor durante el último año, a Stan Lee le importa un comino lo que opinemos de él, sea a favor o en contra, y eso, por supuesto, incluye todo lo descrito en el presente artículo.


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