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Las paradojas del iceberg
Espacio 4 (Suplemento) - 11 de noviembre de 2014

Ernest Hemingway
Hemingway, excelente periodista
Y aún mejor escritor

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Me resulta inevitable.

Cada vez que, por alguna razón, alguien me pide combinar los universos de la literatura y el periodismo, tengo que pensar en Ernest Hemingway. Me pregunto cómo ese “cubano sato”, maestro del escamoteo argumental, lograba invertir su sistema de trabajo cuando abandonaba las páginas de la ficción para adentrarse en los pliegos de un periódico cualquiera. No se trata, solamente, de evidenciar en un artículo de ocasión los datos que, receloso, hubiera ocultado en algún cuento o novela, sino de transitar sin mayores descalabros por una prosa objetiva en ambos casos, sí, pero con distinguidos signos de diferenciación estructural y estilística, dejando in perpetuum, y al parecer sin mucho esfuerzo, esa impronta definitoria que muy pocos escritores logran alcanzar: un estilo único.

Muchas son las diferencias entre el discurso periodístico y el literario, aun cuando alguien pudiera suponer que el primero no es más que un apéndice gigantesco y extendido del segundo, como si se tratara de un tentáculo enorme, capaz de aparentar vida propia o, en mejor medida, como un organismo que existe a consecuencia de una osmosis artística y comunicacional que, en efecto, cuenta con una identidad característica, pero que, desde cierto ángulo no puede evitar la referencia al ser que le dio vida. Idéntico a esos hijos que reniegan de sus padres, pero siempre llevan marcados en el rostro los rasgos de su progenitor.

No en vano, muchos talleres y cursos literarios dedican alguna que otra sesión al análisis descriptivo de la redacción periodística, tomada por un estilo narrativo más entre los muchos que abarca la literatura. Y aunque desde mi experiencia personal, que me obliga a diario a incursionar en uno y otro mundo, considero menos temerario el salto que ha de practicar el escritor de ficción hacia el periodismo que esa misma aventura en sentido contrario, tengo que aceptar que el ejercicio periodístico demanda una vinculación con la realidad, a favor, por supuesto, del oficio noticioso, imposible de ser alcanzada por la más brava de las novelas de corte realista.

No se trata, aquí, de simplificar la noción de ambas prácticas a un análisis cualitativo. La tarea, además de inoperante, sería fútil. En cambio, resulta interesante atisbar uno y otro desempeño para encontrar los detalles que lo caracterizan y comprobar sus virtudes en perfecta comunión con sus defectos. Mientras el escenario descrito por el escritor de ficción “puro” (si se me permite la facilidad del término) suele estar contaminado por algunas imprecisiones que el lector perdona u omite para favorecer la persecución del argumento, en el caso del escritor de ficción “periodista”, la aparente necesidad de ilustrar con objetividad puede gravar con detalles, a veces innecesarios, a veces inasibles, el disfrute de la lectura.

Quizás por eso, por la libertad que le concede a la imaginación, es que Emilio Salgari encanta a sus múltiples seguidores con las peleas de Sandokán al enfrentarse, solo y acorralado, a cientos de enemigos… y llevarse la victoria, además. En cambio, Jack London (quien también fue periodista), nos arrastra durante decenas de páginas a la tortuosa tarea de un hombre que intenta, apenas, encender una hoguera para no morir a causa del frío… y anotarse la derrota, además.

Admito que son ejemplos puntuales dentro de un espectro cuasi infinito de opciones que incluso encubre diversos contraejemplos, pero intento advertir la autonomía que pende sobre ambos sujetos y su apego tácito a las reglas que le son intrínsecas, ídem a planetas que giran alrededor de un sol común, configuran una órbita similar, comparten el mismo universo, pero tienen cuerpos independientes, con dimensiones, masas y hasta colores impares.

Lo difícil, entonces, no es concebir esta correlación, matizada por sus singularidades, sino descifrar en qué consiste. Sería un error asumir, a partir del ejemplo anterior con la dupla Salgari-London, que los periodistas forzosamente abordan la ficción de la misma forma en que desarrollan sus reportajes y que los literatos hacen otro tanto a la inversa.

Otra vez, Ernest Hemingway, refuerza el entuerto. Un lector novicio se arriesga a salir confundido porque, contrario a lo que podría inicialmente suponer, los cuentos de “Míster Papa”, harto conocidos por su sobriedad y aparentar una economía de recursos que, verdaderamente, son resultado de una concienzuda selección a favor de su estilo, contrastan sobremanera con sus notas periodísticas. Invito, ante todo, a leer las descripciones de corridas de toros que Hemingway firmó para algún medio de comunicación y que son verdaderas joyas de lo que, en otro contexto, alguien pudiera sintetizar como literatura romántica. Es encomiable descubrir la belleza que Hemingway extrae y comparte a partir de escenas donde abundan la sangre, el miedo y entrañas de animales malheridos.

Y es que, quizás, el discurso no sea más que la consecuencia de una intención. Una herramienta no siempre empleada de manera correcta, mas imprescindible para alcanzar un objetivo establecido a priori, posiblemente por la agenda de un medio de comunicación. A diferencia del escritor “puro” quien, si acaso, ha de lidiar con un editor una vez que la obra esté confeccionada, el periodista debe respetar las reglas (muchas veces definidas incluso en un manual de estilos) del medio para el cual trabaja y dejar que sus textos pasen por el filtro de otro editor, un coordinador y, ¿por qué no? hasta de un director.

Hoy, uno de los mayores lastres para el periodismo es, justamente, su apego al término que lo define. Aunque suene axiomático, un artículo periodístico tiene que verse, leerse, sentirse casi, como un artículo periodístico y nada más. Por eso resulta a veces imposible adivinar, desde la lectura de una noticia, a qué medio corresponde. Algo que no suele suceder, por ejemplo, con un cuento o una novela que, usualmente, denuncia favorablemente a su autor.

Para la inmensa mayoría de los directivos de medios de comunicación impresos (especialmente los diarios) apostarle a un discurso novedoso no es una opción viable. Al lector se le ofrece únicamente aquello que está acostumbrado a consumir y, por lo tanto, espera. No se percatan esos directivos que son justamente los medios de comunicación los responsables de diversificar las propuestas. Imposible para la persona que va al estanquillo a comprar un periódico optar por otro tipo de lectura cuando esta, prácticamente, no existe. A menos, claro está, que resultases ser otro Hemingway, tu pluma fuera ampliamente reconocida, y se te permitieran innovaciones estilísticas con tal de que el periódico pueda vender tu nombre.

Es justo establecer un punto y aparte para algunas revistas cuyos formatos aportan la flexibilidad imprescindible para aunar distintas propuestas discursivas. Los diarios, en cambio, difícilmente accedan a estas libertades y los periodistas, en consecuencia, se tornan grises, opacos y aunque dejan sus nombres al margen de cualquier artículo, no existe otro detalle que los distinga.

El mal, a propósito del tema, se gesta en las propias universidades, donde estudiantes de comunicación o periodismo han de priorizar el respeto a los dogmas estilísticos en detrimento de la creatividad. Cada nueva generación de graduados, por inercia, abandona el recinto docente como un compacto grupo de autómatas, buenos para reproducir, limitados para gestar.

Nadie debe sorprenderse pues, si alguno de estos graduados se sacude el traje y prueba suerte escribiendo una novela o un libro de cuentos. Desde los cuales, además, puede ser tan incisivo como desde las páginas de un diario. La libertad, si no infinita porque tarde o temprano habrá de sucumbir a los criterios de una editorial (a menos que se autopublique, pero eso ya es harina de otro costal), sí lo ha de favorecer con creces. El tiempo, en cambio, pondrá a prueba su paciencia y tenacidad.

Mientras el periodista ve el resultado de su trabajo de un día para otro (literalmente, en ocasiones), el escritor de ficción tendrá que esperar meses o años para tener en las manos su libro publicado. Por supuesto, así también ha de resultar el impacto que se causa en el receptor, por lo general, más efímero en el caso de quien adquiere un diario, se entera de las noticias y ya está listo la mañana siguiente para la próxima sesión de repaso. Aquella persona que hojea las páginas de una novela, en cambio, suele degustar más tiempo la impresión que ésta le causa… si la novela lo merece, por supuesto.

De ahí se deriva una relación, matemática si se quiere, que los narradores debiéramos tratar de alcanzar. El efecto de una obra, en el lector, nunca debiera ser menor al tiempo que se empleó en crearla. Aunque, intuyo, muchos estarán en desacuerdo con establecer una relación numérica entre la elaboración de un texto y su posterior impresión, por incluirse, la una, en un plano científico y, la otra, en un ámbito humanístico, tengo la leve sospecha de que, al menos en ese sentido estricto, se agazapa la certidumbre de un trabajo correcto.

La simbiosis y escisión entre literatura y periodismo seguirán turnándose continuamente sin pretender atenerse a un orden lógico, pero respondiendo a una estructura implícita que algunos aprenderán entre libros, otros adoptarán de manera intuitiva y muchos conseguirán dominar con base en el esfuerzo diario. No importa cuál sea el caso que nos atañe. Lo único realmente valedero es el resultado final, empero no ante los ojos de nuestro jefe en la oficina central del periódico donde laboramos ni tampoco bajo la lupa del lector que, recostado en la banca de un parque, escudriña las peripecias de nuestra última novela. Nada de eso nos hará sentir verdaderamente satisfechos si antes no quedamos complacidos con nosotros mismos y con la sinceridad que debemos insuflarle a todo acto creativo.


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