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Una Alemania nueva en un mundo viejo
Sitio Web Edgar London - 9 de noviembre de 2014

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Soy pésimo para recordar efemérides, cumpleaños, fechas en general, pero el 9 de noviembre representa un punto en el calendario que me resulta imposible pasar por alto.

Especialmente esta vez, cuando se completa un cuarto de siglo desde que los alemanes aceptaron que tienen más elementos en común que diferencias y resolvieron reunificar a las dos repúblicas para lograr echar adelante la enérgica nación que hoy habitan.

Parece increíble que se trate de la misma región que terminó devastada tras la guerra, lacerada por los forcejeos dominantes de terceras naciones y que se alimentó por años con la rabia de ideologías divergentes para mantener, durante casi tres décadas, una escisión vergonzosa.

Hoy, sin embargo, la solidez de Alemania es indiscutible. Ella sola genera el 27% de la producción en toda la eurozona; el año pasado cerró con un superávit comercial que rozó los 19 mil millones de euros; carga sobre sus hombros la difícil encomienda de oxigenar a sus vecinos más débiles, ahogados por una crisis económica que, desde 2008, afecta a toda Europa y, poco a poco, su imagen comienza a hacerse evidente en los conflictos internacionales como el que afecta a Medio Oriente o a Ucrania.

El mensaje para todas las naciones no puede ser más claro: en la unión está la fuerza. Que tomen nota de ello Escocia, tras su fallido intento de separación del Reino Unido, así también Quebec o Cataluña que, irónicamente, hoy mismo celebra su consulta separatista para definir su posición en España.

Temo que los libros de historia edulcoran, con exceso de adjetivos, los pretéritos y necesarios afanes libertarios y confunden a las nuevas generaciones, las cuales, muchas veces, son incapaces de descubrir las cadenas que se esconden tras los propósitos pseudoindependentistas que enarbolan algunos gobiernos locales.

Por detrás de esos furibundos discursos liberales se manejan intereses comerciales que favorecerán a la cúpula de poder regional, en nombre de una supuesta aspiración de índole social.

Nadie lo dude, son ya veinticinco años de firmeza teutona que contrastan con los más de cincuenta años que naciones como Cuba han mantenido de política segregacionista, calificando a sus habitantes de revolucionarios o contrarrevolucionarios, fidelistas o disidentes, patriotas o gusanos, y atizando un odio que los más jóvenes ni comparten ni entienden, sólo para rendirle pleitesía a las luchas del pasado.

Ese pasado que Alemania ya decidió dejar atrás. No podrá negar jamás sus sangrientas guerras expansionistas ni el horror del holocausto. No intentará siquiera ocultar que todavía en su seno persisten gestos xenófobos y grupos neonazis. Pero nada de eso le impide mirar hacia delante y consolidarse en el presente.

Alemania ya se cansó de pedir perdón por lo que hicieron otras generaciones. Así lo deben hacer todos los países del mundo. Es tiempo de que hombres y mujeres se sacudan el chantaje que implica sufrir el presente en nombre del pasado.

Ya no hay RDA ni RFA ni muro que aísle a los alemanes. Con la caída del muro, cayeron también prejuicios, odios e intolerancias. No se trata de ser iguales, sino inclusivos. Gracias a esa máxima, Alemania es ahora líder incuestionable de Europa, referente económico en todo el orbe, ejemplo de consolidación política… ¡ah!, y por si no bastara, campeón mundial de futbol.


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