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Una historia (de balseros) infinita
Otrolunes.com - 6 de octubre de 2014

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Este no es un artículo literario, menos un panfleto incriminatorio. Es, en el mejor de los casos, una revelación tardía de mano con una confesión necesaria.

Así debe leerse.

Y así fue.

Recuerdo que sucedió en un pequeño concurso municipal de Talleres Literarios en Cuba, a finales del siglo pasado. Yo participaba junto con un grupo de aspirantes a escritores que debíamos leer nuestras historias frente a un jurado que determinaría, en juicio sumario, el ganador que pasaría a la siguiente ronda.

Mi cuento, ¿cómo negarlo?, era bastante malo… pero fue seleccionado. La razón, lo entiendo ahora y sospecho que lo entendí aquella vez también, pero no quise atender a mi lógica, poco le debía a la calidad literaria. En cambio, resultó bendecida por las circunstancias sociopolíticas que entonces laceraban al archipiélago y que, verdaderamente, no se diferencian mucho de las que ahora lo ahogan.

No puedo precisar cuántos concursantes éramos, pero sí aseverar que la inmensa mayoría, sino todos los demás, habían presentado anécdotas plagadas de jineteras, ancianitas quejumbrosas, madres atormentadas, niños desvalidos y balseros, muchos y muchos balseros que rara vez alcanzaban la costa promisoria para fenecer, de página en página, de línea en línea, devorados por tiburones o calcinados por el sol o vencidos por la sed o asesinados por sus propios compañeros de viaje o víctimas de una combinación fatal de cualquiera de estos avatares para, en el párrafo final, sentenciar con crudas palabras la situación de inhabitabilidad que sufríamos los cubanos. Y cuando utilizo el adjetivo “crudas” no enfatizo solamente el carácter apocalíptico de esa especie de moraleja o sentencia definitoria por parte de los autores, también advierto la ausencia de un estilo literario que los rescatara de la desaprobación del jurado, único, en esa instancia, capacitado para emitir juicios condenatorios hacia nuestros trabajos.

Mi cuento no rondaba, ni de cerca, tópicos semejantes, pero su dudosa originalidad, causa principal por la cual se me adjudicó el premio, no se debía a mi sagacidad como escritor. Al contrario, revelaba mi asombrosa ignorancia ante fenómenos que me tocaban directamente y que yo no atinaba a dilucidar, menos a criticar, ya sea disfrazado entre las articulaciones de una obra literaria o, abiertamente, en la esquina de mi barrio.

Acepto entonces, por inducción y por un necesario ejercicio de sinceridad, que aquel opaco certamen lo gané gracias a mi entropía cívica, política, casi natural y, al mismo tiempo, inaceptable para un adolescente que poco honor hacía a los miles de jóvenes que en décadas pasadas gritaban consignas en contra del gobierno en turno y corrían, piedras y bombas molotov en mano, por las calles que yo también circulaba sin más arma que unos cuantos pliegos rebosantes de esperanzas literarias.

A los otros concursantes los liquidó, irónicamente, su compromiso ideológico y la misma libertad de pensamiento que he intentado rescatar, a posteriori, en infinidad de ocasiones desde los pliegos de un periódico impreso o navegando las digitales aguas de Internet. Me resulta imposible, a tantos años de distancia, dilucidar cuan acertado fue para ellos, en términos artísticos, el manejo de un tema que los miembros del jurado catalogaron de manido y, hasta un elevado grado, tedioso.

Sin embargo, he de aceptar que, en modo alguno, se trató de un asunto pasajero o un recurso de moda cuando el tema de la emigración ilegal amenaza con eternizarse en Cuba como el conflicto entre judíos y palestinos o la discriminación étnica en Centroamérica.

Ahora que las puertas del Aeropuerto Internacional José Martí en La Habana se entreabren y, parece más creíble, la posibilidad de viajar a otras latitudes, las balsas que tanto nos distinguen en el panorama migratorio mundial, como los autos de mediados del siglo XX en el sector turístico, siguen echándose a la mar. De esta suerte se engrosa el número de cubanos que tratan de llegar a salvo a tierra estadounidense para acogerse al programa “pies secos” y, también, se multiplican las cifras de quienes perecen en el intento.

Apenas el mes pasado nueve cubanos arribaron a una playa del sur de Florida en un bote casero después de una travesía marítima de diez días. Esos lo lograron. Una semana antes, otro grupo conformado por treinta y dos personas había tentado un portento similar y sólo quince sobrevivieron a la aventura. Éstos fueron rescatados en precarias condiciones en las costas de México, donde, por si no bastara, se les internó en centros de retención para indocumentados que muy poco tienen que envidiarles a las cárceles erigidas para albergar a convictos violentos y, de los cuales, algunos saldrán prestos a alcanzar la frontera con Estados Unidos mientras otros serán repatriados a Cuba, víctimas de un proceso de selección que más parece aleatorio que avenido a un sistema preconcebido.

No hay Odiseo que se niegue a cruzar los mares cuando es punzado diariamente por las vejaciones de un socialismo arcaico y, a la par, seducido por los cantos de sirenas del norte que ocultan, entre bellas promesas, los colmillos de lobo.

Y aunque en esta fecha, luego de escuchar testimonios directos e indirectos de decenas, cuando no centenas o miles, de compatriotas que se les adelantaron en el camino, son pocos los cubanos que se creen las fantasías rosas enarboladas en la propaganda norteamericana, sí están conscientes de que es al otro lado de las fronteras, y no en el suyo, donde único se puede hallar la posibilidad (e insisto en el término “posibilidad”) de un verdadero cambio. No de maquillajes ficticios que se publicitan en discursos y presentan como panes recién horneados lo que en realidad no pasan de ser migajas secas, sino de una mutación real, muchísimas veces harto dolorosa, donde el ser humano retome su condición a partir de la libertad que le es intrínseca como derecho natural, no político, no económico, no social.

Iluso quien pretenda arribar a la otra orilla en busca de panaceas milagrosas. Del otro lado del mar no hay otra cosa que una lucha feroz, pero también se tiene la posibilidad de luchar. Nadie nos atará de pies y manos. Tras esa simple posibilidad es que veintitrés mil cubanos han llegado a Estados Unidos durante el último año, ya sea por mar o cruzando la frontera de México o Canadá. Sin contar, por supuesto, los otros miles que lanzan su ancla en los más disímiles parajes de Latinoamérica o aterrizan en Europa, Asia, África y, nadie lo dude, hasta en la lejana Australia.

La Historia ha probado que el Socialismo es el camino más largo para llegar al Capitalismo. Algunas naciones lo hicieron de una manera violenta, otras de forma paulatina, enmascarada, como si se tratara de un acto vergonzante, aun así, a todas les llega su turno porque, intentar lo contrario, no refiere ya la imposición de una ideología, sino eternizar el estatismo de la misma. Algo, sencillamente, imposible de lograr para cualquier particular de nuestro universo. A partir de este axioma, los cubanos sólo intentamos acortar la distancia. Dejar en claro que muchos nos sustraemos a la prolongada espera.

Me pregunto cuántos de aquellos concursantes que me acompañaron en aquel evento municipal transitarán, todavía, por tierra cubana. A todos y cada uno de ellos, si tras la gracia de un capricho del destino o el azar, les tocara leer estas líneas, les extiendo mi más sentida disculpa. No debí haber obtenido aquel premio. No, al menos, por la razón que se me concedió.

Y, si de algo sirve, que se atengan al consuelo de que, en la ronda siguiente del certamen, mi historia apenas fue mencionada.


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barbara cuba 30 de noviembre de 2014 - 4:00 PM
son muy buenos tus comentarios ,pero por suerte en la vida no todos tenemos la misma opinion ,si uno quiere cambiar algo no debe huir sino luchar para que el cambio llegue.
 

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