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El soy que todos somos
10 minutos - 18 de febrero de 2014

Ángel Santiesteban
Ángel Santiesteban
Un escritor que siempre "confunde"

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La experiencia personal ―refiero la vida que cada quien intenta, más o menos, sobrellevar a diario― resulta inextricablemente apoyo, secreto y luz de cuanto aflora desde las ideas de un escritor. Empero, ello no significa que cada autor plasme su vida en las páginas que después nos regalan. Aun cuando no falta, desde Henry Miller, los defensores de la biografía y la autobiografía como modelo literario diáfano, es imprescindible la escisión que se establece, muchas veces, entre el argumento de una novela (el género es lo de menos, asumo) y el “argumento” que rige la existencia de quien escribe.

Insisto en un axioma común para todos los escritores, es imposible recrear una historia cien por ciento desapegada de nuestra realidad. Sin embargo, a los escritores, con nuestras historias, nos sucede frecuentemente lo que a los actores con sus personajes. El público asume, de manera subconsciente por lo general, a pesar del individuo oscuro que se arriesga, ex profeso, a establecer peligrosos paralelismos, que así como el actor “es” el personaje, la vida del escritor deviene excusa para su narrativa.

O sea, que a veces somos un cruel asesino y en otras ocasiones nos convertimos en la damisela que se ha de rescatar. Por eso, los frecuentes desencuentros. Recuerdo una anécdota, a propósito de esta suerte de simetría impuesta, que me contó Ángel Santiesteban cuando, en cierta presentación de su libro “Dichosos los que lloran”, alguien se le acercó por un autógrafo. Ángel lo complació y le dedicó un par de frases. El lector, afeminado sino gay (a juicio de Santiesteban) le dijo, “tengo que confesarle que me lo imaginaba diferente”. Para quienes no lo conozcan, en ese momento, Ángel rozaba las doscientas libras y siempre ha sido un tipo muy diáfano y directo a la hora de hablar, nada metafísico o sugerente como muchos de sus mejores cuentos.

Sorpresa y risas a un lado, la confusión de este sujeto representa el arquetipo de aquellos lectores incapaces de separar al narrador del escritor, (ni qué decir de sus personajes) aunque, pueden comportarse como individuos divergentes. El primero con una vida mucho más estrecha que el segundo.

Entonces, ¿de qué manera justificar los lazos existenciales de uno y otro? Pues no siempre tiene que ser en la trama de un cuento o de una novela. Muchas veces las correlaciones se establecen en la caracterización de un personaje, su estado psicológico, forma de pensar, sentir o, incluso, en la separación forzada que a veces el escritor, de manera elocuente, le imprime a sus creaciones en relación con su vida.

A fin de cuentas, no hay mejor historia que aquella que todos somos capaces de reconocer ni mejor personaje que aquel que personifica el soy que todos somos.


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