Cuba
Edgar London
 
Edgar London
Reconocimientos
Mi desván
Con Voz Propia
Tamba Bay Cuba
Pero insisten en saber a quién le voy
Otros sitios
Cubaliteraria
Isliada
Lecturalia
Otrolunes
REMES
Vercuba
 




José Emilio Pacheco y la gracia de una muerte increíble
10 minutos - 28 de enero de 2014

José Emilio Pacheco
Dicen que el poeta se marchó
Yo sospecho que sólo nos espera

Más de Arte y Literatura
Kazuo Ishiguro, un Nobel bicultural
El Quijote, ese popular desconocido
Literatura en do re mi fa sol
José García Rodríguez y tres hermanas sin fronteras
El lado oscuro de la razón

La muerte de José Emilio Pacheco, repentina y absurda como casi siempre, nos empequeñece un poco a todos. Esta disminución, que no física, sí se torna palpable en el orden intelectual. La literatura se despide de uno de sus grandes creadores, curiosamente, detrás de otro grande ―Juan Gelman― a quien el propio Pacheco le dedicara sentidas líneas, sin sospechar que muy pronto se las podría ofrecer personalmente.

Sí, su obra sigue ahí y, con ella, el verdadero espíritu de todo escritor. Sin embargo, al margen de convenencieros romanticismos, tenemos que apuntar un detalle menos halagador. Su obra perdura, pero ya limitada ab aeternum. Habrá de conformarse con un crecimiento apócrifo, a partir de la buena o mala pericia con que otros escritores se acerquen a sus poemas y narrativas, para luego intentar deshilvanarlos, explicarlos, hacerlos menos creación y aportarles un peligroso sentido.

Mucho, muchísimo, se comentará por estos días sobre la vastedad creativa de Pacheco. La finura con que trabajaba su lírica, de mano con los mecanismos innovadores que intentaba prodigarle a su prosa. Como suele ser costumbre, se alabarán sus premios ―con el Cervantes a la cabeza― y saltará de boca en boca este o aquel título pudoroso que ha de rescatar su nombre del olvido.

Esa, para muchos, es la principal tarea de los vivos: no dejar que se extravíen los buenos muertos. Y a tal encomienda nos dedicamos hoy, sin duda, con mayor efusividad que mañana. Los días pasarán de largo y, en el primer aniversario luctuoso volveremos a retomar estos propósitos, empeñados en evitar esa otra muerte atroz y mucho más terrible que la física, el fenecer del artista.

Por suerte, la estatura intelectual de José Emilio Pacheco es enorme y, si bien no crecerá ya más, sus dimensiones artísticas son lo suficientemente vastas como para asegurarse un espacio en el sentir de los lectores. No sólo de aquellos con quienes compartió generación y que pronto lo acompañarán en su descanso. Sino con las hornadas posteriores, con los que aún están por nacer, pero que encontrarán en las palabras de Pacheco una explicación para lo que les tocará sentir, la complicidad exacta que los ayude a comprender que no están solos, un pedazo del México de antaño, de la América actual, y un exquisito apoyo para el ser humano de siempre.

Serán sus palabras, y no su aliento, las encargadas de insuflarle nueva vida. De hacerlo perdurar como fantasma correcto entre las tapas duras de sus libros y los anaqueles de alguna biblioteca.

Será entonces, y no antes, que nos susurre al oído, todavía tibio de enigmas: yo jamás he muerto.


Escriba aquí sus comentarios...
Por favor, llenar ambos campos.
   
Nombre:
Comentario::


Recomendado Recomendados
Sin excusas: ¿se hace o no se hace?
Fidel Castro: el fin de una era
Efecto post: tribulaciones de un cubano común
No hay pronóstico que valga
 
 

Inicio Libros Antologías Publicaciones Reconocimientos Mi desván Con voz propia
 
ARRIBA