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Los héroes siempre llevan un nombre
Espacio 4 - 12 de noviembre de 2013

Cayetano
Cayetano
Un héroe que no encaja con Hollywood.

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Mientras desafía las llamas, Cayetano desconoce que en Cuba, como en muchos otros países, existe un monumento al héroe desconocido. Realmente se erigió pensando en tiempos bélicos, eras pasadas, pero todavía dolorosamente recientes para el archipiélago, donde los hombres entregaban sus vidas por causas que muchas veces desconocían o le eran ajenas, tal cuales desconocidos y ajenos resultaban sus cuerpos tendidos al final de cada batalla. Una carta a los familiares, una cifra que se engrosa y una referencia turbia en el discurso de algún político de turno, concentraban todas las evidencias de su existencia y su osado devenir.

Cayetano no puede, entre los chillidos y el humo, comprender que la condición de héroe, si bien ha sido ampliamente enlazada por la historia humana a cruentos desafíos bélicos, también le corresponde a un ser humano común, que no luce uniforme ni porta un arma en sus manos, pero que a fuerza de coraje, se entrega a los más disímiles duelos, en ocasiones a costa de su propia integridad o la de sus más allegados.

Muchos conocen el nombre de un prócer nacional o internacional, memorizan su fecha de nacimiento, deceso, contiendas importantes en las que participó, pero, al mismo tiempo, ignoran cómo se llamaba su esposa o sus hijos que, a final de cuentas, eran quienes soportaban con entereza la partida del caudillo y le guardaban, junto con las medallas, sus tristezas, sus miedos, cada uno de sus más recónditos y temidos secretos.

Por supuesto, a Cayetano no le eran desconocidos los retos que implica una vida dura. Esa amalgama de desafíos diarios que debía afrontar con valor para subsistir hasta la mañana siguiente. Mientras otros pelean por un puñado de dinero extra, él debía vencer las vicisitudes que le impone un sistema egoísta con el único fin de llevarse a la boca un pedazo de pan. En buena medida, aunque no lo conciba, mantenerse vivo durante las próximas horas significaba la mayor y mejor de sus proezas. Sin embargo, la gente no se detiene a pensar en los portentos que no registran la radio o la televisión.

De imaginarse siquiera la trascendencia de ese detalle, al menos Cayetano hubiera intentado contar cada uno de los niños que cargaba en sus brazos. Los periodistas, después, le preguntarían y el estaría en condiciones de responder seis, siete, ocho. Igual que se suman medallas. Igual que se cuelgan trofeos en la pared de una casa. Los reporteros, de esta suerte, podrían justificar con dígitos su hazaña. Se le imprimiría una dosis más elevada de credibilidad a la historia y, entonces, la gente podría llamarlo héroe. Como en las películas, donde el bueno se queda con la muchacha más hermosa y se besan al anochecer y ella levanta una pierna y los créditos aparecen y el público se levanta y le prodiga una lluvia de aplausos.

Nada de eso le sucederá a Cayetano, quizás porque no contó, quizás porque no tiene casa, quizás porque en lugar de una lluvia de aplausos, él debía salvarse de una lluvia de pedazos de concreto, madera y hollín que caían por doquier, amenazando con cercenar su vida y, de camino, su aventura. Un golpe en la cabeza podría trocar para siempre el sentido de estas líneas. Entonces no sería un héroe, sería un número perdido en las páginas de un par de diarios locales. Los fieles ciudadanos no conocerían su nombre porque los periodistas jamás se preocupan por la identidad de las personas una vez que se han convertido en cifra.

Y es que hoy, sin comparación con pretérito alguno, se hace impostergable la necesidad de sobresalir por entre la muchedumbre y gritar “heme aquí, esto hago, esto soy”. Por eso nos armamos de cámaras fotográficas, por eso nos suscribimos a redes sociales, porque sentimos la imperiosa necesidad de dejar constancia de cada paso que damos. Hoy, más que la muerte, nos aterroriza el anonimato. Como si nuestra propia existencia dependiera de la aprobación de quienes nos rodean. De cierto modo, asociamos el desconocimiento de nuestra existencia a la muerte. Si el prójimo no nos reconoce, entonces no existimos, nunca nacimos. Desde esta perspectiva nuestra ausencia es peor que un simple fenecer porque, mínimo, para morir alguna vez tuvimos que estar vivos.

Lejos han quedado las enseñanzas bíblicas y sus rígidas ordenanzas. Da igual qué le comentas a Dios, si le pides o le exiges. Lo que cuenta es que los demás te vean hacerlo. Que te consideren una buena oveja porque vas a misa los domingos, rezas a la vista de todos o tu empresa abonó capital para erigir, en la plaza, la nueva efigie de la Virgen. Es curioso... Cayetano también tiene una pequeña figura de la Virgen a un lado de la choza en que vive y le pide, y le suplica, pero nadie lo ve y, al parecer, la Virgen tampoco lo escucha.

Tampoco santo o Dios alguno pareció escuchar los gritos de los niños cuando comenzó el incendio. O quizás sí, y la deidad, pudorosa, los silenció con el humo en sus pulmones para que no molestaran mientras morían. Nadie puede asegurar qué sucedió en realidad. Después de cuatro años de la tragedia en la guardería ABC, el dictamen de las autoridades poco convence y las redes sociales no dan abasto para proponer nuevos ángulos del dilema. Seguramente Dios sí lo sabe, pero Dios no comparte sus comentarios en Facebook.

En cambio, de boca en boca se comparte el perfil de un sujeto que responde al nombre o al apodo incierto de (El) Cayetano. En sus gustos está la droga; en sus preferencias marcaron robo de cobre y allanamiento de morada; y en su dirección de domicilio anotan un lote al borde de cierto riachuelo. La culpa debe ser de Hollywood porque quienes leen su biografía no pueden aceptar que ese tipo, al momento de entrar a la guardería incendiada, no llevase puesta una capa o un traje de látex ceñido al cuerpo. Vestía como mendigo. Quizás porque lo sea. Y su único súper poder consistía en la capacidad de poner a riesgo su vida para salvar a los hijos de los mismos que en la calle lo despreciaban.

Aseguran algunos medios que fueron ocho niños los que Cayetano salvó. Otros difieren con el conteo. No creo que importe, ya se ha dicho que la muerte de cualquier ser humano a todos nos disminuye. Por lo tanto, basta con que haya rescatado a un solo niño para sentirnos agradecidos por su gesto. Me pregunto si ese niño simbólico será capaz mañana, ya convertido en hombre, de heredar la actitud que lo salvó de la muerte. Si ese portento fuera posible, entonces no todo estaría perdido pues el mundo podría, poco a poco, poblarse de seres anónimos que responden a la condición legítima de los héroes.

Desafortunadamente, este anhelo hoy no traspasa siquiera el umbral de las suposiciones. Idéntico a Cayetano hubo otros valientes que, sin pensar en nada más que no fuera salvar a esos niños, se adentraron en el fuego para intentar el rescate. No todos lo lograron, mas todos merecen ser distinguidos. Señalados. Nombrados.

El resto es pura bazofia. Aproximaciones intelectuales como esta que intentan destacar lo mejor del ser humano. A veces para aportar un minúsculo ejercicio espiritual a la grandeza de esos hombres y mujeres que estuvieron presentes en aquella catástrofe y sirva de basamento a otros que pueden asumir su relevo en las más ignotas y disímiles circunstancias. A veces porque emerge la necesidad de rendir homenaje a quienes verdaderamente lo merecen, al margen de su estatus social o sus más extravagantes vicios personales. A veces por la urgencia de pactar un equilibrio entre la faena del escritor voluntario, libre de escoger un tema con el cual se sienta comprometido, y el que a cambio de un salario a fin de mes, se presenta por dictamen en el lugar de los hechos para transcribir a la mañana siguiente las cinco W del ejercicio periodístico.

Así, no faltaron después del 5 de junio de 2009, los recuentos del incendio. Tampoco las entrevistas. Ni, durante los días subsiguientes, las crónicas o los reportajes que dramatizaron el suceso hasta el hastío. Con el tiempo, otros héroes ocuparon el espacio de aquellos que sacaban, uno tras otros, niños de la guardería ABC. Recuerdo un perro que intentó sacar de una autopista a otro can malherido y todavía escucho los gritos de gol por causa de otro héroe, este sí con nombre y apellido, que rescató las esperanzas de la selección nacional en un partido de futbol.

El compromiso colectivo suele sufrir de una levedad inquietante y el carácter efímero de todo agradecimiento social a duras penas es camuflado por efemérides y homenajes de ocasión. Por eso, otra vez, es el libre albedrío aquel que nos salva de la miseria de las consideraciones ajenas. Cuando Cayetano decidió rescatar a los niños, no pensó en la subsistencia de su nombre. No pensó en otra cosa que salvar a cuanto pequeñín estuviera en peligro y fue así, que no de otro modo, cómo logró realmente hacerse de una identidad propia pues los héroes siempre llevan el nombre de sus acciones y éstas son las encargadas de mostrarle al mundo y a nosotros mismos quiénes realmente somos.

Ya sea por la indolencia humana o la misericordia divina, la tragedia de ABC, lentamente, se diluye en el olvido. En una década o dos sólo será tratada como un hecho nebuloso del pasado. Sin embargo, difícilmente eso le sucederá a quienes perdieron allí sus hijos o los que trataron de librarlos. Dice Cayetano que todavía tiene pesadillas con la imagen de una niña que no habla, no llora, no grita y se mantiene sentada frente a la guardería en llamas. Lo más terrible es que, aunque la pequeña no dice su nombre, Cayetano sabe, siempre sabe, que desde el sitio en que se encuentra, la niña espera por un reencuentro al que tarde o temprano él tendrá que asistir. Solo así hallará la paz.


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