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Los costosos dislates de Maduro
10 minutos - 7 de noviembre de 2013

Nicolás Maduro
Nicolás Maduro
¿El Calígula del siglo XXI?

Decían que a Hugo Chávez le faltaba un tornillo (en la cabeza), de ahí sus múltiples ocurrencias, tanto las aplaudidas como las criticadas. Si esto es verdad, entonces de su sucesor, Nicolás Maduro, podemos asegurar que no le queda un solo tornillo porque ya traspasan los límites de la cordura sus incontables idioteces, para vergüenza de los propios venezolanos que no tardan en reprocharle cada excentricidad.

Ponerse a hablar con pajaritos fue la primera señal. A partir de ahí sus desatinos han conformado una gama de sandeces que ya abarcan todos los ámbitos de la vida política, económica y social de su nación. No obstante, crear el Viceministerio para la Suprema Felicidad Social, adelantar las celebraciones navideñas o proponer un proyecto para establecer una red social sudamericana que suplante a Twitter, no se comparan con su más reciente aberración: imponer, de manera oficial, la fecha del 8 de diciembre como "Día de la Lealtad y el Amor al Comandante Supremo Hugo Chávez y a la Patria". ¿Es que acaso no cuenta este señor con asesores o consejeros que lo alerten de cada una de sus ridiculeces? Al inicio, se entendía perfectamente la necesidad de aferrarse a la imagen de Chávez para superar a Capriles en unas elecciones precipitadas y con un país estremecido por la muerte de su presidente cuasi vitalicio, mas seguir la misma línea con el objetivo de mantenerse en el poder denota falta de personalidad, dinamismo y una ausencia absoluta de liderazgo.

Lo peor es que mientras Maduro idea su próximo extravío, tanto, los venezolanos tienen que lidiar con una crisis que recuerda, por mucho, las peores etapas de la Cuba socialista, cuando los vecinos tenían que estar pendientes de cada reingreso de abastecimiento alimenticio para, al grito de “corre que se acaba”, sumarse a filas enormes en los mercados con la esperanza de llevarse un pedazo de carne a la casa porque el gobierno, sencillamente, no era (ni es) capaz de mantener esta especie de subsidio colectivo.

Aun con tropezones, contradicciones y no pocas imposiciones de último minuto, es curioso ver cómo los gobiernos de La Habana y Caracas se distancian en su lento, pero diario, recorrer. Raúl Castro, no exento de inconsistencias, apuesta por una apertura económica, que sigue siendo escasa, retráctil y convenenciera, pero apertura al fin. Nicolás Maduro, por el contrario, bajo el pretexto de ser asediado hasta en sus sueños por el imperialismo yanqui cierra puertas, ventanas y posibilidades de desarrollo de su nación para terminar prisionero de sus propias frustraciones. Mismas que se traducen en falta de libertades, algo que ya Chávez había impuesto, sólo que ahora también hay escasez de productos básicos y alternativas para obtenerlos.

Lo más triste de esta realidad es que Cuba jamás ha tenido recursos que la sustenten. Sin embargo, ¿cómo justificar la debacle de Venezuela siendo uno de los países con mayores reservas de combustible en el mundo? Queda demostrado entonces, para sus ciudadanos, que ante las locuras de Maduro, no hay petróleo que los salve.


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