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En Cuba como en Gillette
Otrolunes.com - 15 de julio de 2013

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La barba era de seis días. Estaba en ese punto donde un hombre se plantea con seriedad la posibilidad de dejarla crecer al estilo Dostoievski o afeitarse de una bendita vez. Ya pasaba ese bondadoso límite en que la excusa “lo olvidé esta mañana” resulta válida y la imagen hollywoodense de chico rudo (que nunca me ha favorecido) cedía su lugar a la de tipo indigente.

El problema es que esos seis días eran mis primeros en México —hoy el tiempo acumulado supera con amplitud los seis años— y no tenía máquina de afeitar. Así pues, eché mano de mis ahorros tan duramente logrados en La Habana y fui a la primera tienda disponible. La transacción, tal cual suele ser costumbre en tierras capitalistas, sucedió rápida e indolora.

Al día siguiente mi rostro relucía nítido y libre de todo vello. Sin otra cosa que hacer ―en aquel entonces las obligaciones y el empleo brillaban por su necesidad y ausencia―, me senté frente al televisor en espera de que mi esposa regresara del trabajo.

Fue cuando la descubrí o, para ser exacto y sincero, la redescubrí. Estaba en manos de un modelo que se rasuraba con movimientos teatrales. La máquina de afeitar, color verde y gris era idéntica a la mía. Luego comprendí que la comparación correcta se establecía a la inversa, es decir, la mía resultaba idéntica a la del anuncio publicitario.

Fui al baño y comprobé la marca: Gillette. Sinceramente no me había fijado en ese detalle cuando la agarré del anaquel de la tienda. La selección se llevó a cabo en alguna capa de mi subconsciente según lo había programado ―correctamente, es justo decirlo― el equipo de trabajo a cargo de la publicidad de este producto.

No pensé jamás en una marca específica, sólo en el arquetipo de una cuchilla capaz de satisfacer mis necesidades. Sin embargo, fue Gillette la que seleccioné. Se trata de una relación objeto-función que curiosamente Cuba, siendo un país socialista y, sobre el papel, contrario a las especulaciones comerciales, ha mantenido no sólo desde el triunfo de la Revolución, sino desde la época de la guerrilla en la Sierra Maestra, y que, en la actualidad, parece ir en franca picada.

La distinción máxima dentro de la estrategia propagandística gubernamental cubana radica en que el objeto puesto a consideración no refiere a un servicio o producto manufacturado tal cual podemos esperar acorde a las acostumbradas reglas de marketing, sino que la nación entera, de mano con su sistema político y las singularidades que lo caracterizan (valor diferencial, dirían los economistas), constituyen ―más que simbolizan― el producto per se.

Cuba ―y explicito la Cuba Socialista o la Cuba Revolucionaria, como prefieran llamarle― se ha vendido siempre a partir de la imagen que proyecta. Recordemos que, idéntico al modus operandi de las campañas comerciales, la Revolución ya se promocionaba desde las montañas de Oriente sin haber salido aún al “mercado”. Para ello se utilizó de inmediato Radio Rebelde, entonces emisora clandestina que destacaba las virtudes del proceso en curso, e incluso Fidel Castro le concedió una entrevista a Herbert Matthews, en el año 1957, en plena gestión guerrillera, la cual sirvió para agenciarse la simpatía de buena parte de la comunidad internacional.

Ahora, no hay rincón donde se cobije duda alguna respecto a los tres pilares que Cuba ha levantado como estandarte de su éxito ideológico por más de medio siglo: salud, deporte y educación. Tanto que, al pisar polvo extranjero, suelen ser las tres primeras naturalezas que nos aplauden inmersas en el panorama idílico de la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto.

Mas, cuando de Cuba se trata, ¿qué ven realmente los ojos de un extranjero? Igual a Cristóbal Colón, el foráneo actual, no advierte las carencias que ocultan estas nuevas indias semidesnudas (que, a propósito, nunca han sido verdaderas indias, aunque insistan en lucir semidesnudas y muchas veces se les trate tal cual). Sus sensuales caderas, a duras penas embutidas en un minúsculo bikini, impiden atisbar las necesidades que, unos centímetros más arriba, el estómago disimula. No hay revista turística capaz de asomarse a los escombros y edificios derruidos que pululan en cualquier barrio del centro de La Habana. Menos aún retratarán las indigencias de los suburbios periféricos, acaso en peores condiciones que los primeros.

Pero nada de esto es censurable. Hacerlo sería incurrir en una necedad apostólica. No hay medio turístico, en país alguno, que lo haga. Converge en un axioma, además de lógico, correcto. No entra en sus responsabilidades sacar a flote la hediondez imperante, en su lugar dibujará entre olas y espumas blancas los yates y catamaranes que, curiosamente, a pesar de las modificaciones en su política migratoria, muchos cubanos todavía no pueden alquilar, a menos que radiquen en el extranjero.

La crítica, entonces, se desglosa por otros ángulos de la propaganda chovinista. En realidad, por la falta de los mismos, porque en cualquier otra región se encontrarían alternativas críticas ―a fin de cuentas, es de las contradicciones que emana el desarrollo― que en Cuba fermentan entre proyectos negados, incapaces siquiera de alcanzar el estatus de promesa.

No es de extrañar entonces que los habitantes del archipiélago alternen entre el espanto por la denuncia explícita y la bobería más inocente ante la irrupción de la nueva señal de Telesur, donde los amigos de la izquierda exhiben las mismas mañas que los enemigos de la derecha. Incluso Venezuela, nación que, en más de una ocasión, ha sido objeto de críticas por escamotear algunos principios democráticos con el cierre de emisoras de radio y televisión, presenta un escenario político mucho más rico y variado que el cubano, versión criolla, por su arcaísmo y rigidez, apegado al modelo norcoreano que sobrevive al otro lado del mundo.

A pesar de que la propaganda persiste entre tonalidades de un optimismo desmedido, los cubanos no podemos menos que extrañar aquellos tiempos cuando el desempeño en las áreas de salud, deporte y educación, justificaban los titulares de los medios de comunicación pro comunistas. Hoy la escasez de recursos médicos lacera en su semilla la gratuidad de la atención en los hospitales y policlínicos. ¿De qué vale recibir un dictamen gratuito si, a continuación, no se dispone de los fármacos o instrumentos adecuados para combatir la enfermedad detectada? Claro, muchos sacarán de la agenda el bloqueo económico para justificar estas carencias, pero lo cierto es que el intercambio de personal galeno por barriles de petróleo cuesta caro. En ese sentido, la calidad y el profesionalismo representan hoy un recurso exportable de alta demanda y lentísima renovación.

El vetusto chiste donde Cuba aparece como un país que sólo sirve para estudiar o estar enfermo ya ni siquiera surte efecto. Y es que, junto con el sector de la salud, la educación va de mal en peor. Una labor que demanda total entrega no puede subsistir sobre la base de los llamados maestros emergentes ―jovencitos que aceptan pararse frente a un salón de clases para agenciarse otras bondades materiales― ni de teleclases, ―medio cuya efectividad como herramienta de apoyo se difumina cada vez que es empleada para sustituir al maestro de carne, profesión y hueso―, ¿es necesario, además, comentar las míseras condiciones en que laboran los docentes cubanos y sus magros salarios?

El caso del deporte posiblemente sea el más evidente. Si recurrimos al beisbol, por amplio margen nuestro deporte consentido, ¿a dónde fueron a parar los recurrentes y pregonados lauros? Desde hace ocho años no somos campeones mundiales, ni olímpicos pues en 2008 Corea del Sur nos quitó el último galardón disponible (en el medallero general, además, durante la más reciente edición efectuada en Londres rescatamos la posición décimo sexta, después de haber malogrado el escaño veintiocho, cuatro años antes, aunque siempre demasiado lejos del quinto lugar alcanzado en Barcelona 1992) y del mentado Clásico Mundial de Béisbol, donde se asoman algunos deportistas profesionales de alto nivel, hemos salido con el rabo entre las patas los dos últimos torneos y nunca saboreamos el acostumbrado primer lugar.

Pero estos son apenas escurridizos y glaciales números que se insertan con facilidad dentro de una página en blanco y pueden ser manipulados de mil y una maneras. Hazaña mayor se ha propuesto el gobierno castrista al intentar embadurnar con lechada blanca las manchas de moho que, junto a los edificios apostados al margen del Malecón, van apareciendo en los engranajes de un sistema político con más de cincuenta años de herrumbre y que se sustenta desde una filosofía todavía más rancia: el marxismo.

¿Qué conservamos entonces? La imagen. Igual que la vieja y desdentada actriz que se recrea con las fotografías en blanco y negro de décadas pasadas, Cuba intenta mantener a costa de un enorme sacrificio los fuegos fatuos de estaciones arcaicas. Si vives en el archipiélago y tienes mañana la suerte de tocar suelo foráneo no te extrañes cuando aplaudan tu bondad anatómica (¿cómo se las arreglan los cubanos para estar siempre tan delgados?, me han preguntado y la respuesta se me antoja un chiste de mal gusto) o nuestros alardes educativos (cuidado con las faltas ortográficas) sino el desarrollo deportivo (al momento de una invitación para jugar beisbol, acude a un oportuno dolor de barriga, será mejor).

Desafortunadamente para nuestro querido y herido suelo patrio, el que amamos y no debemos abandonar sin importar dónde se horaden nuestras huellas pues el amor no se justifica en la cercanía sino en el corazón, esta imagen se autodestruye a partir de infinitas discordancias, las cuales no deben ser trocadas por discrepancias —aun cuando algunos diccionarios de poca monta insistan en emparentarlas desde un sinónimo inoperante— pues la oposición inherente a la naturaleza del segundo término se sobrepone a (y enriquece) la arbitrariedad del primero.

No habría entonces sitio para escritores de renombre convertidos en criminales de poca monta, funcionarios críticos del racismo disminuidos a desempleados comunes ni emigrantes tratados históricamente bajo el calificativo de gusanos. Sólo así la bandera —de cinco franjas, un rubí y una estrella— dejaría de acariciarnos como una cuchilla de afeitar a la altura de nuestra yugular. ¿Qué importa si es Gillette o no?


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