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Ciberliteratura al acecho
10 minutos - 18 de junio de 2013

Selmer Bringsjord
Selmer Bringsjord
Autor del primer programa "escritor"

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Bastante ha llovido desde que tuviera la enorme suerte y privilegio de ser reconocido en la Universidad de La Habana por un cuentecillo que abordaba el tema de la computación como eje central. Reconozco que la ciencia ficción, si bien me agrada en películas y selectas lecturas, no forma parte de la cotidianeidad de mis parcos escritos. Sin embargo, en aquella ocasión este punto reclamaba atención inevitable pues el concurso que me motivó a escribirlo estaba auspiciado por la Facultad de Cibernética y Matemáticas, misma que, entre sus bases, exigía la correspondencia de manera evidente. Ahora que lo menciono, dejo a su consideración este curioso, anecdótico si se quiere, mas no contraproducente, interés de los científicos de la Universidad de La Habana por promover la literatura entre sus allegados.

El texto ―si no me traiciona la memoria se titula “*.pas”― versa sobre la relación de un escritor con su computadora, la cual un día aciago decidió, primero, corregir las obras de su dueño y, más tarde, crear las suyas propias. El final de la historia no se las adelanto para que usted pueda disfrutarla si así le pluguiera y porque no viene al caso en el artículo que a propósito arriesgo. En cambio, sí le comparto mi sorpresa al encontrar cierta noticia que resalta al programa Brutus One, elaborado ―¡hace diez años ya!― por el catedrático y especialista en inteligencia artificial, Selmer Bringsjord, y único hasta el momento capaz de crear un relato por sí mismo.

Explica el sitio Actualidadliteraria.com ―curioso que se llame actualidad y evoque algo sucedido hace una década― que Bringsjord “colgó cuatro relatos en una web dando instrucciones: uno de ellos estaba hecho por su programa, llamado Brutus One, y los otros tres por humanos... Solo el 25 por ciento de los lectores dieron en el clavo.” Con este experimento probaba a plenitud la eficiencia de su invento, al estilo de los grandes genios que pulularon durante la Revolución Industrial. A pesar de las limitaciones del software el autor de la noticia advierte, un poco en broma, un mucho en serio, sobre la posibilidad de que en un futuro próximo esta especie de ciberliteratura nos deje sin empleo a los escritores. Por supuesto, no deja de ser una chanza, pero se me antoja muy ilustrativa la participación artificial en todo proceso creativo. Quizás porque ―divinidades a un lado― es justamente la capacidad de originar ideas complejas y desarrollarlas exitosamente lo que nos distingue a los seres humanos del resto de las especies vivientes.

Si nosotros mismos, en el colmo de las presunciones tecnológicas, llegásemos a implementar un ente digital habilitado para crear, el resultado sería un triunfo para la ciencia a la par que un desastre para nuestro ego intelectual, porque habríamos reducido a una limitada combinación de ceros y unos nuestro mayor prodigio. Entiéndase, habríamos encontrado orden al caos y, con ello, lo estaríamos matando para siempre. Todo se sometería a reglas, a leyes. El universo, de pronto, dejaría de parecernos infinito.

Esperemos pues que este portento demore o, mejor, que jamás llegue.


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