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Cuba en maletas
Vercuba - 15 de febrero de 2013

Cuba en maletas
¡Sálvese quien pueda!
Aunque no habrá cupo para todos

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Una visión internacional de un problema nacional

Lo demás ya parece resuelto, así que el reto ahora se limita a acomodar todo en maletas. Y no porque falte espacio, sino porque sobran divergencias políticas, rencillas históricas y hasta devaneos culturales. ¿Por ejemplo, qué dirán los pinareños si los dejamos al fondo del equipaje? Después de tanto sabotear su intelecto nadie los podrá convencer de que las provincias más largas (no confundir con grandes) deben extenderse sobre el primer nivel para que sirvan de colchón a las siguientes. Sospecharán que los quieren engañar como tontos y exigirán ser los primeros en llegar pues, a fin de cuentas, los mapas también se leen de izquierda a derecha. No obstante, ese privilegio se lo cedemos a Santiago, por aquello de ser cuna de la Revolución. Camagüey, Villa Clara u Holguín, de superficies exageradas, habrán de entrar dobladitas o a la fuerza. Todo lo contrario de Matanzas, enorme también, sí, pero celosa defensora por siglos de sus ínfulas burguesas y quien pretenderá ocupar un compartimiento privado. A La Habana habremos de envolverla en plástico, no por causas estéticas sino para cuidar su maltrecha arquitectura. De ser posible, incluso, le estamparemos un sello donde se lea “frágil” pues no quisiéramos, al final del viaje, toparnos con un montón de ladrillos sueltos, callejuelas desfragmentadas y salideros de agua putrefacta capaces de arruinar el pequeño, pero brioso malecón cienfueguero. Ninguna provincia habrá de quedarse, incluyendo las novatas Artemisa y Mayabeque. Cuba completica se repartirá en maletas. Ahhh, claro que no la olvido. ¿Qué hacemos con la Isla de la Juventud? Ese pequeño pedazo de tierra, siempre en guerra con la ínsula mayor para que no la relegue al sur de las extintas evoluciones económicas y los recién multiplicados resquemores libertarios. Bueno, si las maletas se acaban, puede escapar en un bolso de mano.

El resultado es que todos salen. O eso se piensa al otro lado del charco. Nadie critique tamaña utopía. “Somos lo que hacemos”, dicen por ahí, y a esta máxima agrego, “hacemos lo que vemos”. Pregunto entonces, ¿acaso convergemos en la percepción de terceros? Claro que no, pero en el extranjero con ese lente nos miden, aprecian, sospechan y sienten. Una aglomeración amorfa de personas que, día tras día, hacen filas interminables para abandonar Cuba bajo el lema: ya se puede. Lamento no poder estar en dos lugares al mismo tiempo e hilvanar el desarrollo de estas ideas, desde México, al tiempo que me asomo a cada consulado en La Habana. Convertirme en una especie de narrador omnisciente capaz de rearmar mi propia psiquis en forma de aproximaciones reflexivas por un lado y hechos palpables por el otro. Para que se me entienda, decir, desde acá, lo que veo desde allá. Se limita a un problema elemental de geografía. Quizás Dios pueda con una ojeada salvar la distancia entre Saltillo y La Habana, pero yo no. Tampoco por ello me ofendo ni me siento disminuido. A fin de cuentas, Dios, allá arriba, ocupa mejor asiento que yo.

Ahora, conjeturemos, amigos extranjeros. Si bien es cierto que en la mayor de las Antillas no faltan los ricachones o los pobretones que cuentan con el apoyo de ricachones trashumantes, bajo cierto rigor estadístico su proporción frente a los resultados del último censo poblacional en Cuba, peca de irrisorio. Y los boletos de avión, cuestan caros. Por lo tanto, no todos los que quieran salir, podrán hacerlo. Curiosamente, idéntico al charro que se muere por conocer París y no le alcanza la magnificencia de su bolsillo o al francés que sueña con arrastrar sus erres por La Habana, pero la crisis de Europa se lo impide.

Además, (esta vez) estimados nacionales, ¿ya revisaron la lista de los países que no habrán de exigirnos visa? Lo sé, lo he percibido, los cubanos nos multiplicamos por el mundo a mayor velocidad que un gusano en una red computacional (y aclaro que lo de gusano es pura coincidencia), pero el hecho de que estemos en cuanto lugar disponga de fronteras no significa que siempre seamos bienvenidos. No creo que sean muchos quienes se animen a viajar hacia países como Liechtenstein, Moldavia o San Cristóbal y Nieves. No porque sus culturas sean menos espléndidas que otras sino porque apenas tienen puntos de contacto con la nuestra. Por otro lado, los primeros cubanos en salir, por lógica, serán los menos propensos a regresar. Puede que San Cristóbal y Nieves represente un excelente destino turístico, pero el cubano que hoy (subrayo el hoy) oriente sus pasos hacia allá, no va en busca de playas y palmeras.

Algunas naciones serán sencillos puntos de pivote para redirigirse hacia terceros países. Estados Unidos a la cabeza de todos ellos. Me hostiga la curiosidad y me lacera el desconocimiento cuando pienso en las múltiples reuniones que los implicados en políticas migratorias de Canadá y México habrán sumado durante los últimos meses porque “a estos cabrones cubanos se les ha ocurrido dejar que la gente salga” y son esas dos inmensas naciones no menos inmensas tentaciones para los turistas novatos criollos pues comparten frontera con la panacea de los sueños tercermundistas.

Temo que la preciosa hojita roja de arce se convierta en herbácea venenosa para las pretensiones de muchos cubanos resueltos a ingresar a Estados Unidos desde el norte y, en el punto cardinal opuesto, el panorama no tiene por qué ser mejor pues habrá un águila enojada capaz de abandonar a su sempiterno reptil con el único fin de picarle la cabeza al migrante desertor, máxime si ya ha sido entrenada con guatemaltecos, nicaragüenses y hondureños que atraviesan constantemente sus dominios en pos de vencer su frontera superior. Las visas negadas, a nadie le sorprenda esta máxima, se reflejarán con números grandes.

¿Y los que lleguen? Será interesante observar de cerca la posición del gobierno estadounidense con respecto a la Ley de Ajuste Cubano. A regañadientes han de aceptar que las condiciones vigentes el 14 de enero de 2013 (día que se dio luz verde a la reforma migratoria) no son las mismas que las de aquel 2 de noviembre de 1966, cuando el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley Pública 89-732, “The Cuban Adjustment Act”.

Sí, es innegable, persisten algunos nacionales que emigran porque están en desacuerdo con el régimen de los hermanos Castro (así te acostumbras a llamarlos una vez que pisas suelo foráneo, nada de Fidel y Raúl, tal cercanía parece concedida sólo a quienes se mueven dentro del terruño cubano), pero resulta un secreto a voces... a voces, no, a gritos, que la inmensa mayoría de quienes abandonan nuestro famélico caimán verde lo hacen huyendo, justamente, de su hambre postrevolucionaria. Por eso hoy andan muy preocupados los congresistas republicanos cubanoamericanos Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz-Balart. Porque escuchan los estertores de la Ley de Ajuste Cubano, un estatuto elaborado, presuntamente, para proteger a refugiados políticos y que ya perdería todo sentido. Es más, podría incluso beneficiar, como bien señala el senador Marco Rubio, a quien visita los Estados Unidos, se pasea un año por sus calles (período determinado por la Ley para obtener la residencia permanente) y luego regresa al barrio natal para visitar a su viejo tío Elpidio y presumirle las maravillas de su nuevo tío Sam.

Empero, si de replanteamientos estratégicos se trata, en Estados Unidos la puesta en marcha de estas ligeras aperturas cubanas agrega presión a migrantes y residentes. Dona Rich Kaplowitz, profesora asistente de la Universidad Estatal de Michigan, califica de “reliquia anticuada” la política migratoria de su país con respecto a nuestro archipiélago pues aun los ciudadanos estadounidenses no pueden visitar a sus familiares en el interior del mismo si no tienen permisos específicos del gobierno mediante programas educativos o de “persona a persona”.

Y es que no sólo los cubanos gustamos de preparar maletas, aunque somos los cubanos quienes (con)fundimos los verbos viajar y emigrar. Sin embargo, para lograr uno u otro propósito habremos de costearnos el pasaje, a costa de nuestros ridículos salarios o del auxilio extraterritorial; seguramente adquirir una visa, a pesar de la fama que nos antecede y nos hará propenso a una negación; y quienes pretendan permanecer en Estados Unidos que se apuren o en apuros estarán próximamente (si cae la Ley de Ajuste Cubano) huyendo de los agentes de migración como actualmente lo hacen el resto de los migrantes ilegales en cualquier rincón del mundo. Por uno u otro motivo no resulta descabellado afirmar que los cubanos jamás extenderemos los pasajes bíblicos del éxodo. Léase: habrá quien no pueda hacer sus maletas y se quedará, gústele o no, para resguardar el patrimonio nacional.

Sin embargo, en un país donde se anquilosan hasta los ánimos y la burocracia política teje telarañas, cualquier cambio es bien recibido. Escuálido, leve, exiguo, no importa mientras se haga evidente. Claro que aún quedan asuntos importantes por resolver. Muchos cubanos se preguntan cuándo liberarán a los presos políticos, cuándo pondrán fin a las restricciones para desarrollar medios de comunicación que no respondan exclusivamente a los intereses del estado, cuándo la apertura económica se extenderá a inversionistas de mediano y alto alcance, no sólo a pequeños propietarios; cuándo se dejará abierta la posibilidad de una sana alternancia política (¡ya no ideológica!) sobre la base de un ambiente pluripartidista.

Son preguntas que han de retrasar sus contestaciones. Nos corresponde a nosotros, los cubanos de adentro y afuera, provocar su lógica evolución al margen de histerias y enconos. Sin prisa, pero sin pausas. Eso sí, acorde a nuestros tiempos, nada de violentas revoluciones, no sea que, por ignorancia o premura, troquemos nuestra Cuba en maletas por otra Cuba en muletas.


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