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Las patas del zorro
Isliada - 12 de enero de 2013

Las patas del zorro
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(Brevísima aproximación a la teoría de volubilidad y volatilidad del canon)

No es pródiga mi memoria, pero también festejo cada esporádico regreso de algún recuerdo. Era (o es, porque, como casi todo, existe más allá de mis sentidos) un libro de carátula dura y naranja, pequeño, con un tigre (creo) echado. No se trata de un felino hermoso, parece una simulación impresionista del animal, dudo que por habilidad del diseñador; en mejor medida, figura una intención, un deseo inacabado del artista. Su título: Relatos de un naturalista (aunque el sustantivo pudiera ser “historias” o “cuentos”, de cualquier manera se trata de una traducción) y enumera sin orden preciso ciertas anécdotas vividas por el autor durante su trabajo en un zoológico ruso y múltiples visitas a los más disímiles parajes.

Sin duda alguna lo leí hace más de veinte años. Por tal motivo, considero correcto acoger con beneplácito la remembranza. Permítame decirlo, es a este inusual portento que debo la iniciativa de las siguientes palabras, en conjunción, claro está, con la celosa defensa que siempre se ha hecho del canon literario, únicamente comparable a los divertidos ataques que contra él se suscitan.

De todos aquellos relatos extraigo uno bastante peculiar. Hablaba sobre el zorro, sobre las patas del zorro, sobre los vellos en las patas del zorro. Aprendí desde entonces que estos mamíferos, a diferencia de sus primos (los perros) tienen una capa de pelo en la planta de sus extremidades, por eso sus huellas suelen aparecer borrosas y por eso, también, acepté con naturalidad, años después, que ciertos hobbits compartieran idéntica característica. Se trata de una adaptación maravillosa que le permite al animal escapar con facilidad de sus perseguidores en terrenos agrestes, igual que si calzara un par de zapatos. Mas no todo es sencillo para nuestro protagonista. Existe una temporada, cíclica y aciaga, cuando muda su pelaje y el vello nuevo, corto y áspero reaparece en la planta de sus patas. En esa época al zorro le cuesta incluso caminar pues pareciera que lo hace sobre agujas.

Las mismas agujas que se lanzan críticos, narradores, filólogos, semiólogos, simples (e inexcusables) lectores y toda sarta de intelectuales cada vez que alguien deja su rúbrica al término de una lista compuesta por obras pretendidamente indispensables, originales, referenciales, antonomásticas, recurrentes, incomparables... los calificativos varían según la percepción del compilador, pero a la postre, buscan justificar la condición canónica de un texto.

Hoy resulta fácil distinguir a  la vanguardia de estas veleidades al señor Harold Bloom (si bien, aclaro, su propósito nada tiene de frívolo o ligero) y su libro The Western Canon: The Books and School of the Ages (conocido entre nosotros, sencillamente, por El canon occidental) que desde 1994 levanta ronchas alrededor del mundo y muy especialmente en Cuba, aunque por motivos dudosamente literarios, derivados, eso sí, del citado título. No olvidemos que fue un cubano, Rafael Rojas, quien promovió en su ensayo “Un banquete canónico” buena parte de las dudas que se precipitaron sobre el neoyorkino, centradas, específicamente, en la bondadosa ración de compatriotas que poblaban el universo totalitario del supuesto canon occidental, al menos en los textos que se recogen y pertenecen al sur del Río Bravo. A propósito, asegura Rojas,  “tal preferencia, que podría exaltar nuestro ego poético hasta el paroxismo, tiene su explicación. Uno de los más cercanos colegas de Bloom es cubano: el catedrático de Yale Roberto González Echevarría”.

Por supuesto, el mentado catedrático respondió con otro trabajo (“Oye mi son, el canon cubano”) pues harto frecuente (y en ocasiones hasta vergonzosa, por la manera, que no la actitud)  es la costumbre criolla de “no quedarnos dados”. En ese sentido no pierde tiempo Roberto González para presentar su propia lista de los autores imprescindibles nacidos en la mayor de las Antillas y así, de camino, entre líneas cuando no de forma evidente, insinuar también media dosis de desconocimiento por parte de Rojas.

Uno y otro ejemplo mucho tiene que ver con la volatilidad que provoca el canon indistintamente en la conciencia de eruditos y pseudoacadémicos (posteriormente acusaron a Bloom de que su selección obedecía a intereses comerciales de una editorial. ¿Alguien acaso, tendencioso y sagaz, adivina el indicio de una autoexpiación en la frase “todas mis apasionadas soflamas sobre el valor estético del yo aislado se ven inevitablemente debilitadas cuando se me recuerda que el ocio necesario para la meditación es algo que debe comprarse a la comunidad.”1?), empero, aun así, no deja de ser interesante, por un lado, los títulos propuestos y, por el otro, acaso más ilustrativo, las razones que justifican tal cual clasificación.

Si se me permitiera la atroz simplicidad de poner los pies sobre la tierra, escribir como quien habla a un amigo y no a un contrincante en ciernes, podría decir que esa(s) lista(s) se agradecen. Son necesarias, y ¿por qué no?, imprescindibles. Así de sencillo. Cuando el mundo se desploma ante torrentes de datos y referencias de dificultosa veracidad, mientras los oportunistas se confunden con los oficialistas y ahogan a los libre pensadores, la existencia de una guía que nos ilumine el camino de la ilustración más prístina despierta, de inmediato, una sensación de tranquilidad que tarde o temprano habrá de transformarse en aplomo, cualidad imprescindible para asir con fuerzas las riendas de nuestra propia gnosis.

El origen de las disparidades intelectuales que tanto enturbian las selecciones propuestas por fulano o mengano, entonces, no atacan la concepción del canon per se, sino su naturaleza. Acogen la semilla, detestan la masa. Igual a esos países que, sin letra para sus himnos nacionales, comprenden la necesidad de contar con una composición capaz de reforzar sus melodías patrióticas, mas ninguna frase los convence y no les queda otro remedio que seguir enfrascados en la imposible encomienda de tararear notas musicales abstractas.

Desde esta perspectiva, (unilateral, sí; egoísta, también, convenenciera, otro tanto; empero indiscutiblemente cierta) cualquier refutación al canon evocaría un dislate total porque atenta, de manera directa, con la única herramienta disponible para abrirnos pasos por los miles y miles de textos que, no sólo recoge el acervo histórico cultural sino que, cada año, se multiplican con nuevas propuestas en librerías y bibliotecas, de mano con la aparición de distintos medios tecnológicos para favorecer la lectura, contradiciendo la lógica de una sociedad que tiende progresiva y fatalmente hacia el analfabetismo (y no por su incapacidad para leer, sino, acaso más peligroso, por su nula voluntad para siquiera acercarse a un libro) a la par que refuerza sus vínculos con el mercantilismo más feroz sino con las ideologías menos humanas.

Siguiendo esta falsa impresión de desarrollo intelectual, donde aceptamos gustosos clasificaciones matemáticas que dividen nuestro orbe en primer, segundo o tercer mundo (otra vez, sobrevolando espantos, a partir de una perspectiva exclusivamente económica, si bien en ocasiones se adorna con ribetes culturales, políticos o sociales) y otros alias como sociedad de la información se suceden de boca en boca, sin fundamento práctico aunque sobran impares procederes teóricos, se me antoja ridículo atentar contra la más pequeña intención de establecer un orden para los lectores que nos pisan los talones. Y no sólo para con ellos. ¿O somos tan ególatras que de verdad damos por sentado tener la última respuesta en torno a las disquisiciones literarias que constantemente surgen, se desarrollan y fenecen para, luego, volver a emerger?

Señalar un subrepticio cambio de enfoque en las líneas anteriores puede ser aceptable. De hecho, resulta pronosticable (y me disculpo de antemano si empujo argumentos hacia derroteros menos taloneados). Entiendo que muchos pueden sentirse timados, incluso ofendidos, por la insinuación de serles revocado su derecho a disentir ante la opinión de un colega. ¡Qué triste sería nuestra comarca literaria sin los dimes y diretes que suelen poblarla! No pretendo pecar de iluso a sabiendas que tal insinuación generaría suficiente caldo de cultivo para activar diatribas que, eso sí, siempre serían bien recibidas.

Nada de eso. La polémica deviene ingrediente básico; y desarrollo, la contradicción. Por demás, coincido con la atenuante enarbolada por González Echevarría quien, con carácter prolegómeno, advierte para su canon cubano, “en la vida cotidiana, en el diálogo, en el murmullo diario de opiniones, chismes, infundios, calumnias, difamaciones, y también alabanzas medidas y desmedidas que son la praxis de nuestra profesión, lo que prima es el juicio de valor”.

En realidad, (por supuesto, todos lo ven), quienes refutan un canon es porque defienden de manera más o menos consciente otro, el suyo, o escrito con parabólico rigor, el reino divino de la literatura no es lugar para ateos. Todos adoramos a nuestros dioses con idéntica pasión que otros millones de politeístas se postran con devoción a los pies de sus correspondientes. La religión define una práctica excluyente; la literatura, otro tanto.

Quizás, el error se agazapa en el origen porque, a fin de cuentas,  ¿cuál es el supuesto designio primigenio de todo canon? Digamos, su núcleo. Aceptémoslo, de un modo u otro, cada gesto de licitación en particular obedece a una empresa común y abarcadora: citar la fuente de las fuentes; el tema recurrente; la obra absoluta; el autor iniciación; la bibliografía arquetípica. Todavía puedo ensayar otras definiciones, pero a fin de cuentas, mírese por aquí o por allá, nada hay más parecido a la utópica faena de abducir el nombre de Dios. Y enfatizo el verbo desde cualquiera de las acepciones que ya avanza la vigésima tercera edición del Diccionario de la Lengua Española: prefiérase la intención de suscitar una poderosa atracción en alguien (los lectores, los críticos, los escépticos) o el alejamiento de un miembro del cuerpo (parábola aquí inmersa en el universo de interpretaciones que genera un supuesto texto definitorio y que lo aparta, a veces se infiere que “lo pone a salvo” ―¡horror!― del resto de obras mundanas) o, todavía más, del supuesto secuestro alienígena, porque hasta de extraterrestres suelen ser tildadas las recomendaciones que no llenan ciertas expectativas críticas.

La manufactura de una pieza canónica supera con creces la ambición de Pierre Ambroise Chordelos de Laclos, “escribir una obra que se salga de lo corriente, que haga mucho ruido, y que siga resonando sobre la tierra cuando yo haya muerto”. Su magnífica novela Les Liaisons dangereuses lo complació ampliamente (ya anheláramos muchos acariciar este portento), pero no suele formar parte de las listas canónicas. No se trata en ningún caso de alcanzar un triunfo individual sino, desde la intimidad, alcanzar la universalidad literaria que parte, como toda realización intelectual, de su carácter humano. Sin duda, una factura de incierto pronóstico y prácticamente imposible de consumar, no importa con cuánta fuerza, disciplina o talento dispongamos. Son incontables los elementos que se conjugan para decidir qué pertenece al canon y qué no, y, por si no bastara, el veredicto final depende de terceros… cientos, miles de terceros a quienes no les temblará el pulso para hacer válidas las contrariedades que emanan de sus argumentos. Los cuales pueden ser portadores de ideas provechosas o gérmenes nocivos.

De ese conjunto de elementos (incontables, insisto) pongo a disposición sobre esta improvisada palestra pública una tríada básica: tema, forma y compilador (con la indicación explícita de que, en completa medida, el compilador personifica, primero, al obligado receptor de un texto).

Siguiendo esta línea y su osado afán por establecer un orden justo ahí, donde el caos suele ser acogido con verdaderas loas porque frecuentemente emula el discurrir serpenteante de la vida humana o su psiquis (bien lo demuestra el siempre referenciado último capítulo de la novela Ulises de James Joyce) habríamos de converger en que la narración, entendida como sucesión lógica de hechos anecdóticos, colige un excelente punto de partida. Desde esta propuesta iniciática auguro fluxiones de las más diversas tipologías pues el propio Milan Kundera reconoció en la historia al verdugo de toda novela. Para el checo no se debe salvar otra cosa que aquello inasible e imposible de ser representado. No obstante, prefiero barajar mi teoría en estratos menos encumbrados y recalcar una certidumbre: al recomendar el título de un libro desconocido, una de las primeras interrogantes enarboladas es “¿de qué trata?”. Por tanto, algo ha de contarse. Esta causal nos obliga a ordenar vocablos, oraciones y párrafos acorde al reforzamiento y mejor provecho de la historia. Sería absurdo intentar remontar la corriente de este planteamiento. Ejercicio similar a la exhaustiva recopilación de palabras que luego provocarían una anécdota prescindible. Y no niego su posible hechura. El empeño resulta practicable; útil, no creo.2

Así pues, “había una vez…”3 puede que constituya la mejor frase de presentación para cualquier argumento. No sólo porque la conocemos desde niños y nuestros sentidos despiertan y se preparan con apenas escucharla sino porque sitúa el discurso en función directa de la historia. Las palabras pierden su significado, no se requiere interpretarlas, la semántica acapara completamente cada vocablo, igual a una fanfarria introductoria o a los aplausos tras el punto final. Es verdad que, con el paso del tiempo, aprendemos a disfrutar las variantes de una anécdota, pero al inicio estaba el verbo (la acción), no el adjetivo lacrimoso ni el adverbio ni los distintos complementos. Nos hacemos de la historia, a ella nos aferramos, por ella piden los niños que el cuento se repita.

Y, de repetición en repetición, descubrimos ángeles y demonios que metamorfoseados en palabras permanecen constantes, no nos abandonan ni nosotros los abandonamos a ellos. “Temas universales”, me conminaron a llamarlos desde último año de primaria. Los mismos que están presentes en cada obra presuntamente canónica y figuran un requisito inamovible para que una novela, un cuento, un poema sea clasificado tal cual.

Ahora bien, si el germen disidente no lacera el fondo, sí hiere a la forma. Hoy (también ayer, aunque sospecho que con menos bombos y platillos) se apuesta por la forma sobre el contenido. El discurso acalla o ensalza la historia. En buena medida gracias a una máxima que, tarde o temprano, terminamos aceptando con enojo y resignación los escritores: “todo está escrito”. Es el fenecer de los argumentos simples. Recurrimos, forzados, a variaciones de esos temas universales: la muerte, el amor, la traición... no importa cuántos enumeremos. Son finitos. Son estériles. Son escasos.

Me pregunto si Harold Bloom aprovechó esta circunstancia para implantar su criterio alrededor de la figura de William Shakespeare. En palabras de Carlos Gamerro, “elegir a Shakespeare como su objeto de estudio le permite a Bloom salirse por una vez de lo que algunos críticos consideran su caballo de batalla y otros una peligrosa monomanía: la angustia de las influencias”4. El argentino no se equivoca. Pareciera conveniente (insisto, pareciera) resumir en un solo nombre la fuente de la evocación de las pasiones humanas y reducir, de camino durante esa extensa jornada a la que Bloom nos invita en forma de argumentaciones atrevidas cuando no válidas, con carácter drástico y oportuno el cúmulo de influencias que el neoyorkino ya había tratado y puesto a disposición en otros títulos suyos. El primero de ellos (¿cómo negarlo?) The anxiety of influence: A Theory of Poetry, aunque el tiempo ha demostrado que sigue bajo idéntico influjo y desesperanza pues, apenas en 2011, sacó a la luz The Anatomy of Influence: Literature as a Way of Life. Sí, más de lo mismo.

Aquí agrego un apunte necesario. Que los temas sean finitos no los hace inamovibles. Ascienden y se despeñan en caprichoso orden dentro de nuestra escala de valores y ora pueden ocupar la cima de nuestras prioridades para mañana descansar en el fondo del imaginario colectivo. Un ejemplo clarísimo lo representa el despertar de Occidente después del 11 de septiembre. El temor hizo escala en el país más poderoso del mundo. Ello constituyó una singularidad inédita que dio paso a un corolario irrefutable: todos somos vulnerables. La fragilidad humana y sus mil y una nuevas interpretaciones eclosionaron por doquier. Evidentemente, también en la psiquis de Harold Bloom. ¿Habría sido The Western Canon el mismo libro de haberse redactado después que las Torres Gemelas fueron derribadas? Si alguien todavía considera que la literatura se mantiene a salvo del influjo de las circunstancias mundanas que nos rodean y afectan, cual si se gestara en una burbuja aséptica que levita en el espacio exterior, se equivoca. Y para demostrarlo arriesgo más. Primero, un axioma: lo escrito, escrito está (muy bien, de acuerdo). Segundo, una demostración tentativa por el viejo método de reducción al absurdo: la literatura sí escapa del entorno (supongámoslo, al menos). La fusión de ambas ideas deja a salvo palabras, frases, cuentos, novelas completas. Las coagula. Las solidifica cual estatuas, pero no sucede lo mismo con la lectura que de ellas se hace. Si no que le pregunten a Jonathan Swift, quien vio transmutada su obra mejor (Los viajes de Gulliver) de texto crítico contra la sociedad a clásico infantil. En 1726 buscó provocar lágrimas en los adultos, hoy, por el contrario, logra arrancarles carcajada a los niños. Es impostergable, entonces, dar paso a otra pieza del juego. En términos hermenéuticos, el lector modelo. Y con este personaje que todos, una y otra vez, interpretamos, entran tomados de la mano la competencia textual de quien se asoma al libro (escindida en los dominios sintáctico, semántico y pragmático), su formación psicológica, ideológica (esta, asimismo, dividida en discernimientos éticos, cognoscitivos y valorativos… no restringida a especulaciones políticas, como se acostumbra desde los albores de la guerra fría) porque el contacto con una obra literaria puede (y ha de) ocurrir en caóticas circunstancias e influidas por infinitos escenarios donde tales sapiencias, estéticas, doctrinas, credos o acotaciones morales, representan atributos permutables. Ninguno de ellos mejor que otro, mas todos absolutamente válidos al momento de esgrimir una opinión valorativa. Puede que los vocablos de un texto sean impermutables aeternum et semper. No ocurre lo mismo con sus múltiples exégesis. No concebimos hoy el amor (posiblemente, de todo tópico, el de mayor y mejor identificación) igual que a finales del siglo XVI. En consecuencia, tampoco disfrutamos de Romeo y Julieta con la pasión que, durante su estreno, lo hizo un inglés isabelino, y no resulta un disparate afirmar que, desde entonces, en períodos cíclicos no uniformes, Shakespeare ha muerto, revivido y muerto otra vez. LQQD, cabría decir.

Nota al margen, es curioso, sino paradójico y hasta mordaz, que mientras Harold Bloom ubica en la cima del canon a William Shakespeare, o sea cierto escritor5 entrona a uno de sus semejantes, otros cien intelectuales de cincuenta y cuatro países eligen a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, como el mejor libro del mundo de todos los tiempos. Ello a raíz de una votación organizada a inicios del milenio por el Instituto Nobel de Oslo y el Club del Libro Noruego. El insigne dramaturgo no se asoma siquiera entre los primeros siete. Sus obras Hamlet, Rey Lear y Otelo engrosan el elenco de los cien mejores, aunque no se aclara posición específica. Confieso que la apostilla no está libre de pecado (personal y literario) y dista mucho de pretender favoritismos a selección  alguna, empero sirve para apoyar mi breve hipótesis de volubilidad del canon. Aun cuando no escaseará, con sobrada razón, quien indique que no debe confundirse la añadidura de un autor por la calidad de su obra con la inclusión de otro por su sabor canónico, si bien es de esperar que las representaciones canónicas suelen exhibir elevados índices de calidad. Matrimonio mejor o peor llevado, pero matrimonio al fin.

Sin embargo, cometeríamos un error de principiantes si criticamos a los expositores de las polémicas listas por simplificar en demasía los criterios de selección de un texto para que se acomode a los requerimientos temáticos universales, es decir, para que los engulla y vomite a posteriori en un mosaico de infinitos textos repartidos por los cinco continentes.

Es el discurso (apuntaba antes sobre el germen que hiere a la forma), no el contenido, quien acude al rescate a sabiendas de que en literatura el orden de los factores sí afecta, y por mucho, el contenido. Evocando la leyenda de la consorte del zar, basta la sutileza de coma para trastocar el significado de una frase6. El propio Bloom ensancha la definición de Walter Pater sobre el Romanticismo con el claro propósito de abarcar todas las obras canónicas (la suma de la extrañeza y la belleza) aludiendo de forma sincera y directa a la manera en que están escritas.

Extrañeza y belleza. Dos términos que no pasan inadvertidos para ningún escritor. A favor del último podemos aseverar que simboliza el vórtice alrededor del cual giran las intenciones de quienes ayer nos precedieron, hoy nos acompañan y mañana, con suerte, nos heredarán. Hago constar que no se trata de la belleza en su sentido hollywoodense (corintelladense, encaja mejor). Nada de adjetivos primorosos, imágenes paradisíacas o frases cursis, si bien tampoco las excluyo por obligatoriedad porque ¿cómo corregir el cierre 7 de El amante, de Marguerite Duras? Dentro de esta joya literaria, con un discurso tan original e inimitable (a punto estuvo de arrastrar a la locura a su creadora), ¿existe algo más cursi que esas sentencias finales? Y cuestiono, ¿se le ocurre, acaso, mejor final? Su cursilería postrera se transmuta en el sello inequívoco de su autenticidad. Me sucedió, en carne propia (y abusando de su sentido elíptico) durante cierta reunión de artistas, en México, a la cual llegué con marcado retraso, consecuencia de un día difícil en el trabajo y vestido de cuello y corbata pues así lo exigía el canal de televisión donde colaboraba. Fue una sensación rarísima. Los presentes se quedaron mirándome. Ellos, que andaban en pantalones hechos jirones, con cabellos multicolores, gafas estrafalarias, piercings en lenguas, párpados y narices, ataviados indistintamente con camisetas, chanclas, botas militares, uñas pintadas de negros y tatuajes por doquier, observaban al bicho raro que personificaba yo, camisa de mangas largas, saco gris, pantalón formal y el nudo de la corbata ahorcando mi gaznate, en pose paradójica, forzadamente clásica y, para ellos, acaso experimental.

Conmino pues a la amplificación de los patrones de belleza literaria. Casualmente otro elemento dúctil, dada su esencia subjetiva. En lo personal, igual de hermosa se me antoja una novela de Marcel Proust que otra de Charles Bukowski. Y, créame, lo son.

Respecto a la extrañeza de un texto las contemplaciones merecen otro tipo de análisis. Dentro o fuera del panorama artístico, un elemento extraño es, ante todo, una pieza singular. Se presupone auténtico, original, léase (de vuelta al mundillo intelectual) expositor de un estilo único. El dilema, otra vez inmersos en las intenciones canónicas, es que tal estilo, además de único, ha de considerarse arquetípico. Su singularidad no puede atentar contra su efecto sugestivo. Debe fungir cual especie de masa primigenia de la cual surgen los moldes para las subsiguientes hornadas literarias.

No resulta descabellado subrayar que en Cuba, durante los últimos veinte o treinta años, ese signo de “extrañeza” vinculado al discurso literario ha ganado vigor, desplazando solapadamente los requerimientos de belleza, (sin anularlo, aclaro), quizás porque hemos atestiguado, poco a poco, la reducción de nuestras propuestas temáticas, ora provocadas por una fallida estrategia oficial (desde mucho antes, no olvidemos el quinquenio gris) lubricada ex profeso para decidir qué se publica y qué no, ora voluntariamente porque somos resultado de nuestra problemática social y a ella nos sometemos, ora impuesta por los cantos de sirena que editoriales extranjeras provocaron con especial tenacidad a inicios de los noventa y que, en la segunda década del siglo XXI todavía no dejamos de escuchar. Es una simplificación del fenómeno (soy culpable de ello), pero desandar con títulos, nombres y razones el pedregoso trayecto de nuestra metamorfosis temática en el período postrevolucionario amerita no un simple artículo ensayístico sino un libro completo y, sospecho, bastante voluminoso.

La armazón ha quedado establecida y una causa conlleva a la otra. El desplazamiento del centro de gravedad literario del fondo a la forma, y, dentro de la forma, de la belleza a la extrañeza (la belleza representa un logro demasiado sutil, por lo tanto, menos verificable y, a la par, menos tentador, en especial para los jóvenes, ávidos por ser reconocidos a la vanguardia de las experimentaciones formales) ha provocado que nuestro archipiélago sea prolífico en gestar tendencias, fórmulas y tanteos discursivos. Recuerdo con personal devoción los intercambios literarios del milenio recién depuesto, cuando, entre sorbos de ron y volutas de humo, decenas y decenas de textos aparecían contaminados por frases desfiguradas en una alteración a veces implícita, a veces explícita, a veces realmente burda de la sintaxis, y eran asediados por constantes mudas temporales, permutaciones de narrador, alteraciones (y agrego, a modo de confesión, que algunos de mis cuentos son culpable de tamaño despropósito) que hacían las delicias entre mis colegas y atormentaban a los pocos lectores que entonces teníamos y que, por demás, no eran exageradamente menor en número que los lectores que ahora persisten en seguirme.

Que conste aquí, en blanco y negro, que el gozo por la deconstrucción sintáctica o por el uso arriesgado de ciertas metáforas, elipsis, imágenes (¿por qué no?, gráficas inclusive) no era privativo de la sarta de mocosos que aparentábamos encubrir. Críticos de la estirpe de Salvador Redonet gustaban de estos ardides. Revísese, para mejor elucidación, los cuentos que incluyó en su famosa antología Los últimos serán los primeros. Ejemplos sobran.

El riesgo de la experimentación subyace, por lo general, en su frecuente desequilibrio estético. Ciertamente resalta la extrañeza citada por Pater, pero suele fatigarse en la búsqueda del segundo componente: la belleza. Son una explosión de creatividad que se erige, ruge, es aplaudida, premiada y, al rato, desaparece. Además, su peligro mayor lo conforma la propia intención, tanto más si se trata de un mecanismo preconfigurado, nada espontáneo, que termina por arrastrar la constante de su singularidad hacia caminos trillados, al punto que, si tomáramos un referente sintáctico, entre tantas deconstrucciones, nada sería más original que una simple oración tratada, a la vieja usanza, como sujeto y predicado, donde el sustantivo, antecede al verbo y este a los distintos complementos. Por demás, bien lo apunta Mario Vargas Llosa, la mejor técnica es aquella que resulta invisible para el lector. Y en todo caso, ídem lo señala el creador de La ciudad y los perros, si nos remontamos a las escrituras más antiguas, comprobaremos asombrados que los recursos artístico-literarios que hoy presumimos y a los cuales se les han dedicado arduos volúmenes narratológicos, ya cuentan con antecedentes suficientemente amplios y explícitos.

Tampoco es raro citar autores entre los cuales prevalece una singular comunión en torno a la inmutabilidad de la estética. Como si a la máxima “todo está escrito” le añadiesen la siguiente nota al pie “y escrito en todas las variantes posibles”.  Admito que todavía me cuesta mucho aceptar tal convergencia pues sospecho en la forma apenas el medio. A fin de cuentas no es el fondo ni la forma, sino su efecto conjugado, aquello que realmente nos conmueve y, en ese punto, se desploma el castillo de naipes que hemos defendido a capa y espada durante, ¿cuánto les gusta?, los últimos cincuenta o cien años.

Inquietante, no encuentro calificativo más acertado, resulta que en el proceso de aceptación o mentís de un canon, poca o nula vigilancia se preste al compilador. La licitación canónica implica, en esencia, una entrega. ¿Por qué,  antes de aceptar un regalo, usualmente sopesamos a la persona que nos lo obsequia y no hacemos lo mismo con quien aspira a establecer disposiciones en nuestra jerarquía o evolución histórico-literaria? Rememoro con lagunas y deslices cierta analogía de Jostein Gaarder en su best seller El mundo de Sofía, que pudiera aleccionar mis disquisiciones. Nos interroga el noruego cómo reacciona un hombre que, estando en una habitación, ve entrar rodando una pelota. Y de inmediato nos responde: intentará averiguar su origen. ¿De dónde salió? ¿Quién la lanzó? Si intercambiamos aportes filosóficos encontramos que Carlos Marx y Federico Engels, apuntaban para el primer capítulo de La ideología alemana: “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente.” Todos los cubanos conocemos de sobra la obstinación que marcó a este dúo prusiano respecto a las clases sociales, pero invito a una lectura menos social y más comunicóloga (ya sé que los términos lejos de anteponerse se complementan, no obstante, hagamos un esfuerzo) para percibir su aviso, clarísimo, además. La causa importa, diría Gaarder; la fuente de la causa, tanto o más, complementarían Marx y Engels. Es lógico. Deviene proceso consecuente determinar el origen de una selección canónica si el canon mismo busca acaparar la condición primigenia de otros orígenes (literarios, claro, en el asunto que nos ocupa). Y origen aquí no ha de ser liado con modelo, criterio o sujeto artefactual sino con persona física que piensa, arguye, expone, acierta, yerra y, además, defeca.

Si no habláramos de Harold Bloom en occidente, si no mencionáramos a Roberto González Echevarría en Cuba (y cito únicamente ejemplos traídos a colación en el presente trabajo) ¿por qué habríamos de aceptar los títulos que nos presentan? Sí, espero lo haya notado. Elásticos son lo criterios de selección para los compiladores de cualquier canon. ¿Qué decir en torno a la impresión que a priori nos ocasionan sus autores? Puede que usted lo tilde de injusto y puede, por inducción, que tenga razón, pero la verdad es irreversible, sin haber leído aún la primera página, sentiremos predisposiciones a favor o en contra, según nos dicte nuestra opinión acerca del autor. Si no lo conocemos, los escepticismos se acrecientan y avanzamos tanteando las palabras, cada sugerencia, con el recelo de quien se adentra en una gruta demasiado oscura.

Entiéndase que la materia con que se compone cada modelo literario es extremadamente maleable y se aleja de las sólidas bases con que se defienden, por ejemplo, los postulados científicos. Las diferentes manifestaciones artísticas concuerdan en un enunciado maravilloso: uno más uno puede arrojar por resultado dos, tres, cero o un millón. Los enjuiciamientos se concatenan, solapan, o estrellan sin orden aparente y los asentimientos o disconformidades comienzan a gestarse desde que se reconoce el nombre del crítico (sin haber repasado todavía sus elocuciones) para pasar después por las características de la pieza literaria sin que ello obligue la concreción de un plan estable.

Las obras canónicas entonces, tal cual intenta sugerir esta escuálida faena argumentativa, distan mucho de considerarse inamovibles. Por el contrario, las mutaciones se generan y a otro tanto se entregan también las dispares naturalezas de las causas por las cuales fueron elegidas. Inquebrantable hemos de considerar cada palabra escrita. Dúctil cada lectura de la misma. Así como la sombra, alrededor de un cuerpo absoluto, se encoge o extiende según lo descubra la luz del sol, el objeto literario resulta invariable, son sus proyecciones las que varían.

No quiero poner fin al juego. No podría y nadie podrá. Tal intención sería absurda, irrazonable y, por demás, me obligaría a rescribir de punta a cabo el presente ensayo pues sería clara señal de que mi hipótesis se transmutó en fútil circunloquio. Otro canon emergerá mañana. Sucede a menudo y con ansias lo espero. Entiéndase, de esta certidumbre no le doy la bienvenida al “canon” sino al “otro”. A las mutaciones pertinentes. Al deleite de compartir un nuevo ángulo evolutivo. Nos sumaremos a esa práctica, más cinegética que filológica, donde cada quien se lanza tras un criterio escurridizo que tarde o temprano será capturado y presentado ante nuestros ojos por un buen autor. Entonces le daremos vueltas al canon formulado, comprobaremos su tibieza, olfatearemos su aroma igual que un bocadillo recién horneado, lo saturaremos con opiniones más o menos válidas, lo aceptaremos, lo increparemos, si que falte la duda, el aplauso o el reclamo vigoroso, para luego vaciar nuestras ínfulas en artículos, ensayos, comentarios de pasillo que terminarán por fastidiarnos y a los cuales aún regresaremos una y otra vez hasta terminar rendidos, pero conscientes de que el ciclo pronto se repetirá y otra propuesta canónica ha de aflorar.

Como los pelos en las patas del zorro que reaparecen cada temporada y le ayuda (nos ayuda) a superar trillos azarosos. ¿Qué importa si, mientras crecen, le crean (nos crean) dificultades al andar? El beneficio trasciende la polémica. Eso sí, quizás haya un par de vellos que sobrevivan, durante toda la existencia del zorro, a cada muda, a cada celada del cazador, día a día, de generación en generación, por los siglos de los siglos, y sin amén o escarnio que los reduzca. Descubrirlos es el fin cimero de nuestros designios intelectuales porque en ellos (y no en los otros miles, permutables, efímeros, desechables) se agazapa la respuesta a nuestras inquietudes canónicas y humanas.


Notas al pie

1) Bloom, Harold. El canon occidental, Anagrama, 1994, Cuarta edición en Compactos 2005, Barcelona, p.33.

2) Por supuesto, abundan títulos cuyo éxito o aceptación más le deben al discurso que a la historia. Lejos de anotar una excepción, atestiguamos la praxis un suceso bastante común. Sin embargo, difícilmente acordemos que el autor lanzó por el barranco de las indiferencias el tema que provocó la idea de su relato. Aun Chejov, a quien se le atribuyen cuentos bastante insípidos, quiso contarnos un suceso. ¿Qué importa si lo utilizó a modo de excusa para sugerir otras vicisitudes menos explícitas?

3) “Érase una vez…”, para algunos países de lengua castellana.

4) Gamerro, Carlos. Harold Bloom y el canon literario, Alfaomega, 2003, Madrid.

5) Lo de “cierto”, (especialmente en el caso de un escritor de la talla de Harold Bloom) implica una calificación dudosa y que, en efecto, como se verá a continuación, incide de manera directa en la aceptación o no del canon propuesto. Espero, se me perdone el adjetivo y se acepte dentro del contexto en que lo utilizo.

6) Rememoro la historia, ya mancillada por disímiles versiones, ninguna de las cuales (incluyendo esta) ha de tomarse por original o cierta, donde la consorte de un ignoto zar intercepta la respuesta final del monarca ante la súplica de misericordia del amante que ella había mantenido a escondidas y que, una vez descubierto, fue mandado a decapitar. La orden rezaba “Perdón imposible, ejecutadle”. La esposa, astuta y hábil con el idioma, apenas movió la coma de lugar. La orden quedó entonces como “Perdón, imposible ejecutadle”. Suficiente para salvar la vida de su amor clandestino.

7) “Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte”.


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