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Los seis años de Daniela
10 minutos - 27 de septiembre de 2012

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De números estoy harto. Me dan igual las setenta mil muertes de Calderón que los ciento treinta y dos reos que escaparon de Piedras Negras que los próximos seis años de gobierno para Peña Nieto que los ocho cadáveres recientemente contabilizados en Torreón tras la última balacera en un funeral (“última” mientras escribo estas líneas). ¿Cuándo entenderán los señores gobernantes que basta una vida cercenada para que el dolor se haga presente con idéntica intensidad a que si se tratara de mil? ¿Cuándo dejarán de tratar a las personas como simples dígitos?

Y a estas cifras agrego otra: el seis. Acaso la más terrible de la presente semana y con seguridad la peor para los padres de Daniela porque seis años tenía su nena cuando una bala violó sus trémulas carnes.

La muerte de un hijo no solo desgarra, confunde. Parece haber un error en el guión de nuestras vidas. Escapa de la lógica que nos enseñaron en la escuela, donde un ciclo natural nos prepara, poco a poco, para la partida de nuestros padres. Así, desde niños, apertrechamos el alma con la suficiente dosis de resignación para llorar a nuestros progenitores, a veces demasiado pronto, nunca con suficiente tiempo, pero siempre aferrados a la útil advertencia de que sucederá. Nadie nos entrena jamás para despedir a nuestros hijos, para verlos custodiados por las extrañas paredes de un ataúd, cual si se tratara de la cuna en que aún los recordamos, mucho menos si ese ataúd apenas sobrepasa un metro de largo.

Sin embargo, en México la escena asquea por recurrente. Así sucedió con la Guardería ABC, así con la pequeña Paulette Gebara, ahora con Daniela, (para las autoridades, otro nombre escrito en la aberrante lista de víctimas colaterales). A ella no le dieron oportunidad de reflexionar sobre esta realidad. Ni siquiera pudo terminar las clases que recién comenzaba. Tampoco, por supuesto, le permitieron despedirse de sus padres y, (no imagino el ahogo, la impotencia, el rencor recién despierto), a sus padres les fue negada la oportunidad de escucharle decir “te amo” por última ocasión.

Desafortunadamente es el mundo que hemos creado, el mismo que alguna vez pretendimos tomar por un lugar mejor. La frase “mujeres y niños primero” ha cambiado diametralmente su sentido. Hoy mujeres y niños van a la vanguardia de las víctimas asesinadas. Si no que pregunten en Ciudad Juárez. Y los medios de comunicación yerran al tildar estas atrocidades de inhumanas. No, colegas periodistas. Son muy humanas. Así somos. En este tipo de monstruos nos hemos convertido.

Hoy, como nunca antes, debemos agradecer cada salida de sol que se refleje en nuestras pupilas porque no sabemos cuándo se cerrarán nuestros párpados. En México las balas matan más que el cáncer, que los accidentes domésticos, que los años acumulados.

Seis primaveras tenía Daniela. Nadie lo olvide. Ojalá podamos convertir el dolor del prójimo en amor propio. Ojalá, por ejemplo, tengamos esta noche la dicha de besar a nuestros hijos antes de dormir. Si está a su alcance, no pierda la oportunidad. Abrácelos. Cobíjelos bien. Dígales “te amo” y obsérvelos respirar como quien presencia el más maravilloso de los milagros.


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